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Psicrófilos. Amantes del Frío

11 enero, 2010

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Muchos organismos tienen modos de vida que superan con mucho a nuestras propias habilidades. Aún con toda la tecnología de la que disponemos. Miremos por ejemplo el frío. A la mínima caída de temperatura echamos mano de abrigos y toneladas de ropaje para no sucumbir a él. O nos buscamos refugio y encendemos una buena hoguera. O ponemos en marcha la calefacción, precisando así de un elevado gasto energético para sobrevivir a cualquier ola de frío.

En el mundo natural los seres vivos no se pueden permitir tales lujos. Y sin embargo, aún así hay seres que no solo no huyen del frío, sino han colonizado ambientes helados. Grandes cetáceos y juguetones pinnípedos navegan en aguas que rozan el punto de congelación; los osos polares salen de caza a temperaturas entre -20 y -25º C; mientras que los pingüinos emperador incuban sus huevos mientras que la temperatura ambiental no supera los 60º bajo cero, envueltos por el temible invierno antártico.

Todos estos seres poseen plumajes o pelajes, así como densas y gruesas capas de grasa que los protegen de las inclemencias del tiempo. Sin embargo, hay organismos que sin tener abrigos de piel ni capas de grasa, también sobreviven en un mundo tan gélido. Hablamos de seres cuya temperatura interna depende de la temperatura del medio externo. No se protegen del frío, sino que viven inmersos en él.

Los peligros del Frío.

Psicrófilo es un palabro derivado del griego <<psychro, frío>> y <<philos, atraído, enamorado>>. Literalmente significa “amantes del frío” y tiene su razón de ser: El comportamiento del agua cuando se encuentra bajo el punto de congelación plantea problemas tan serios para la vida que solo unos cuantos organismos han logrado superarlos.

El más inmediato es la ralentización del metabolismo. Generalmente, la velocidad de toda reacción química depende de la temperatura: a mayor temperatura, mayor velocidad de reacción; luego si tenemos menor temperatura, la misma reacción será mucho más lenta. Esto también es aplicable a las enzimas, esas pequeñas factorías encargadas del metabolismo celular. De modo que si la célula se encuentra a una temperatura muy baja, su metabolismo (respiración, síntesis de nuevas sustancias, degradación de otras, mantenimiento y reproducción celular…) será mucho más lento (Ref. 16).

Efecto de la temperatura sobre la velocidad de reacción de la enzima Ureasa. Crédito: Universität Regensburg

Desde abajo hacia arriba, formación del hielo. Crédito: ANKN

Otras consecuencias de las bajas temperaturas son el incremento de rigidez de las membranas celulares, lo que provoca que pierdan parte de su elasticidad , volviéndose más frágiles. Esto también provoca que muchas proteínas situadas en las membranas pierdan funcionalidad. De forma semejante, los ácidos nucleicos (DNA y RNA) también pierden elasticidad, dificultando los mecanismos de replicación, transcripción y traducción celular (Ref. 16).

Pero aparte de todo lo anterior, la más drástica y peligrosa consecuencia de una temperatura lo suficientemente baja es la formación de cristales de hielo, un fenómeno que a nivel del mar sucede a 0º C para el agua destilada; a -1.9º C para el agua de mar (por lo general a 3.5 % de salinidad); y a -21º C cuando se encuentra en su punto de saturación (~30 % salinidad) (Ref. 16).

El primer efecto de la congelación es por todos conocido, el agua congelada tiene un volumen mayor que la del agua en estado líquido. Para nosotros, cuando el agua congela en un recipiente cerrado, este corre el riesgo de romperse; lo mismo le sucede a la célula. Mas no solo eso, además se pueden formar cristales de hielo, unas agujas que fácilmente atraviesan las membranas. Otro problema es la paralización de todo el metabolismo. En definitiva, un frío excesivo, es mortal (Ref. 16).

¿Psicrófilos? Pues sí, mira en tú nevera.

Aún con todo esto hay organismos que han resuelto estos problemas. Y no hace falta irse muy lejos para encontrarlos. De hecho muchos de ellos viven plácidamente en nuestras neveras. Tales aparatos están diseñados para poder incrementar el tiempo de conservación de los alimentos perecederos, manteniéndolos entre 0 y 5º C. Suficiente para ralentizar diversas reacciones de degradación y para detener a muchos microbios. Pero desde luego, no a todos.

En este campo, nuestros competidores por excelencia son los hongos, organismos que no son ni plantas, ni animales, ni un híbrido raro de ambos. ¿Cuántas veces habremos dejado frutas u hortalizas en el “frigo” (manzanas, peras, tomates, lechugas…) y al cabo de un tiempo ha aparecido sobre ellos una pelusilla blanca, una cosilla llamada “moho”? ¿O un área circular de podredumbre? Bien, he aquí el hongo.

Fresa afectada por Botrytis cinerea

Uno de nuestros visitantes más asiduos, además de ser un importante dolor de cabeza para la industria agro-alimentaria, es Botrytis cinerea; la “podredumbre gris”, el <<gray mold>> de los angloparlantes. Este moho crece sin ningún problema aunque esté entre -1 y 0º C. Por ello, la nevera no impedirá que toda fruta, verdura u hortaliza contaminada por esporas de este hongo, cuya virtud primordial es ser omnipresente, termine siendo consumida por él (Ref. 18 y 19).

Pero ni todos los hongos que nos visitan, ni todas las “pelusas” lechosas que podamos encontrar, serán Botrytis. En un sencillo experimento vieron que los pasteles de cereza y arándanos son un medio de cultivo ideal para 12 especies fúngicas si se conservan a 5º C; o de hasta 7 especies si los conservamos a 0º C (Ref. 13). Más tarde, con más experiencia y mejores técnicas de identificación, descubrieron que más de 100 especies de hongos podían colonizar diversos tipos de pasteles. De todas ellas, más del 10% crecía sin problemas entre los 0 y los 5º C. Y el grupo con diferencia más diverso fue el de los penicilios (Ref. 14).

Los penicilios son hongos del género Penicillium, célebres por su habilidad para fabricar de forma natural antibióticos como la penicilina, descubierta por sir Alexander Fleming en el año 1928. Los penicilios son seres provistos de una brutal maquinaria enzimática, capaces de vivir en multitud de tipos de ambientes y de utilizar una amplia diversidad de compuestos de carbono como fuente de materia y energía. La mayoría son habitantes del suelo; sin embargo, otros prefieren nuestros propios alimentos y pueden vivir perfectamente entre 0 y 5º C (Ref. 19). Encarnan las “podredumbres azules o verdes” y los <<blue molds>> anglosajones, que vemos crecer sobre diversas frutas como un moho de color verde-azulado (Ref. 18), o sobre los quesos, que gustosamente consumen aunque intentemos conservarlos entre -2 y 10º C (Ref. 2).

No todos nos resultan dañinos. Hemos de recordar que gracias a ellos tuvimos la penicilina. Y sin ir más lejos, Penicillium roqueforti es el responsable directo del indiscutible aspecto y sabor de los quesos azules, como el famoso Roquefort. Pero si pueden ser un problema, aparte del olor y la descomposición que provocan, es porque además sintetizan micotoxinas: sustancias de efectos cancerígenos y neurotóxicos. Aunque no hay razón para la alarma, la temperatura de nuestra nevera basta y sobra para impedir que las sinteticen en cantidades peligrosas… (Ref. 2). Y además, por algo existen las fechas de caducidad.

Queso Roquefort. Los colores verdosos corresponden al hongo P. roqueforti, gracias al cual adquiere ese sabor tan característico. Crédito: The Atlantic

<< Nota: Por si acaso alguien se lo preguntaba. Solo he encontrado un caso grave de intoxicación por consumo de queso azul: en un perro. Sufrió convulsiones y un paro cardíaco, pero sobrevivió. Lamentablemente no hay datos sobre el estado del queso antes del incidente (Ref. 21) >>

Los penicilios consumen frutas y lácteos fermentados a -2º C. Pero no es el límite para los hongos. Cladosporium herbarum, famoso por producir manchas blancas o negras sobre carne helada, tiene su límite de crecimiento a -5º C (Ref. 8); Sporotrichum carnis (=Chrysosporium pannorum), es capaz de formar colonias a -7º C sobre carne súper-enfriada (Ref. 10); y Thamnidium elegans, siempre y cuando la carne esté en estado de súper-enfrimiento, puede multiplicarse a -7º C y su temperatura mínima de crecimiento podría alcanzar los 10º bajo cero (Ref. 15).

Diversidad fúngica creciendo sobre carne un poco... pasada de tiempo. Micobiota sin identificar (pulsar para ampliar)

<<Nota: Súper-Enfriamiento es un estado en el que la materia, aún estando por debajo de su punto de congelación, no ha llegado a congelar>>

Las soluciones que han encontrado estos organismos a los problemas del frío son múltiples: enzimas adaptadas al frío para poder mantener el metabolismo estable y funcional; una proporción de distintos tipos de ácidos grasos en la membrana que permita una funcionalidad de la misma digna ante estas condiciones de frío extremo y sobre todo, sustancias anticongelantes, desde glicoproteínas hasta glicerol, cuya meta es dificultar la formación de los temidos núcleos de hielo, que son el germen para la congelación del agua (Ref. 16).

Visto esto, parece que la única posibilidad que tenemos para no arriesgarnos a perder nuestra comida es metiéndola en el congelador, en un intervalo entre -18 y -24º C si todo funciona bien… ¿O tal vez no? Todos los organismos que hemos visto hasta ahora se podrían considerar psicrófilos facultativos, es decir, seres que aunque pueden crecer en un medio frío, prefieren temperaturas más agradables (10-20º C) y siguen vivos cuando se alcanzan entre 25 y 35º C. Sin embargo, otros no son así, conocidos como psicrófilos obligados, la palmarían si la temperatura subiera un poco más de la cuenta.

Una gélida vida llevada al extremo.

El Valle de Langtang. Cordillera del Himalaya, Nepal. Crédito: Chiba University

Un ecosistema particularmente interesante son las nieves perpetuas y la superficie de hielo y nieve de los glaciares de alta montaña. Actualmente, uno de los biólogos que hoy día más ha estudiado estos entornos es Takeuchi Nozomu, Profesor Asociado del Department of Earth Sciences de la Chiba University, Japón. En los últimos años, ha pateado los glaciares de Nepal y Chile, de Alaska y Rusia, de la Patagonia y China, con el fin de desentrañar sus secretos.

Lo que encontramos en estas nieves perpetuas son comunidades conformadas por diversas especies de micro-algas. Encontramos verdaderas algas, algas verdes. Una de las más famosas es Chlamydomonas nivalis, un habitante de los glaciares situados a elevada altitud ( > 1.600 metros sobre el nivel del mar) de medio mundo que, junto a las algas del género Chloromonas, pueden pintar la nieve con tétricos tonos rojizos y rosados. Otras algas adaptadas a estos ambientes y de distribución muy amplia son Ancylonema nordenskioeldii y Mesotaenium berggrenii, halladas en casi todos los glaciares estudiados (Ref. 23, 24, 25 y 26).

También encontramos cianobacterias, antaño llamadas “algas verde-azuladas”, bacterias fotosintéticas cuya química es muy parecida a la de nuestras algas verdes. Y que en este caso crecen de forma alargada y retorcida. En general, aunque pueden diferir en varias de sus especies, estas comunidades de productores primarios son  muy semejantes en cuanto a su estructura y función. Siendo el soporte de diversas comunidades de invertebrados: mosquitos y copépodos en los glaciares del Himalaya; o colémbolos y “lombrices de hielo” en los glaciares de Alaska (Ref. 23, 25 y 26).

La curiosa alga Chlamydomonas nivalis. Común de Norteamérica, Japón, Patagonia y Ártico. Junto a Chloromonas, provoca las llamadas “nieves sandía”, traducción literal del término inglés “watermelon snow”. Crédito: Chiba University

Algunos científicos sospechan que tales organismos ejercen una importante influencia sobre los glaciares. En los puntos de nieve sobre los que se desarrollan estas congregaciones de organismos, a menudo, la actividad biológica da lugar a unas amalgamas de materia orgánica y partículas minerales que mezcladas con la nieve reciben el nombre de crioconitos, cuyas características dependerán en gran medida de la comunidad biológica que alberga el glacial y de las propiedades físico-químicas del mismo (Ref. 24 y 27).

A menudo, estos crioconitos están relacionados con figuras redondeadas de un aspecto bastante “misterioso”…

Los misteriosos agujeros de crioconitos. Curiosos agujeros en el glacial. Crédito: PolarDiscovery

Pero su origen no lo es tanto. Los cúmulos de materia orgánica absorben mucho mejor la radiación solar que la nieve circundante, esto ocasiona que en estos cúmulos la nieve pueda fundirse formando pequeñas depresiones. En estas depresiones, a partir de ahora acumulará mucho más fácilmente la materia orgánica (por multiplicación de la ya presente así como por arrastre del viento), además de actuar como una trampa de captura de partículas inorgánicas; el resultado serán depresiones con una tonalidad que absorberá mucho más fácilmente la radiación solar, con lo que se acumulará suficiente calor para derretir aún más cantidad de nieve formando tales estructuras, algo que se verá facilitado por la propia morfología del hoyo (Ref. 27).

Varios autores además, relacionan esta acumulación de materia orgánica con una reducción del albedo de los glaciares, es decir, de su capacidad para reflejar la radiación solar evitando su absorción. Así los crioconitos incrementan la capacidad del glacial para absorber calor, facilitando de este modo su deshielo (Ref. 24).

Secuencia de formación de un crioconito. Crédito: Ref. 27

Estos ecosistemas son también muy delicados. Estudios de laboratorio muestran que la mejor temperatura, el óptimo de crecimiento para estas algas adaptadas a vivir sobre la nieve glacial, oscila entre los 0 y los 5º C. Lo cual tiene un precio, son incapaces de crecer si la temperatura ambiental supera los 10º C (Ref. 11).

Una situación similar sufren las “lombrices de hielo”, traducción literal del inglés <<Ice Worms>>, Mesenchytraeus solifugus. Son anélidos que no superan el centímetro de longitud, parientes de nuestras lombrices de tierra, que habitan en los glaciares de Alaska y la Columbia Británica alcanzando altas densidades (hasta 2.600 millones por Km2). Medran entre el hielo y la nieve, donde la temperatura se mantiene entorno a 0º C. Durante la noche emergen a la superficie para alimentarse de las algas que crecen sobre la nieve. Y al igual que sucede con ellas, la bioquímica y fisiología de estas lombrices está tan adaptada al frío que mueren si la temperatura supera los 10º C; y se descomponen rápidamente a los 20º C (Ref. 17).

El curioso Gusano de hielo, Mesenchytraeus solifugus. Crédito: Alaska in Pictures

También los artrópodos se llevan la palma en cuanto a resistencia al frío. Algunos mosquitos del género Diamesa, como Diamesa mentodae, son activos, vuelan y se reproducen sobre la nieve, a 0º C (Ref. 7). Parientes del mismo género, habitantes de los glaciales de la cordillera del Himalaya a 5.600 metros de altitud (Nepal), hacen lo mismo, pero a temperaturas de -16º C (Ref. 12). Luego hay otros dípteros que medran en los medios acuáticos del Ártico, como Heleomyza borealis. Sus larvas se desarrollan bien cuando la temperatura baila entre los 0 y los 5º C, pero requieren de un estímulo de -15º C convertirse en pupas. No solo eso, pueden sobrevivir congeladas a -60º C (Ref. 29).

Otros bichos tienen costumbres un poco estrafalarias. Mientras que la mayoría de los seres vivos de un bosque templado aprovechan al límite la primavera, el verano y el otoño para reproducirse y/o acumular reservas para sobrevivir al invierno, el colémbolo Ceratophysella sigillata pasa tales épocas del año en estado de letargo. Solo cuando llega el invierno realiza su aparición estelar en ingentes cantidades, alimentándose felizmente de las micro-algas de su entorno cercano cuando la temperatura exterior ronda los -2.5º C (Ref. 1).

Los colémbolos del Ártico también hacen sus pinitos. Onychiurus arcticus es capaz de sobrevivir al invierno ártico de -25º C. Y sin congelarse, para ello no solo guarda sustancias anticongelantes en su cuerpo, sino que se deshidrata para reducir al mínimo el riesgo de formación de cristales de hielo (Ref. 28). Visto así, casi no sorprende que parientes suyos, como Hypogastrura tullbergi y Folsomia quadrioculata, puedan permanecer más de 4 años a -22º C (Ref. 4).

Invasión de Ceratophysella sigillata . Crédito: Ref. 1

En cualquier caso, estos artrópodos, no pueden crecer y medrar en nuestro congelador. Pero sobrevivir una amplia estancia en él, seguro que sí. Recordemos que el rango de temperaturas de un congelador estándar oscila entre los -18º C y los -24º C. Sin embargo, es posible que haya seres vivos que no solo serían capaces de sobrevivir, sino de crecer en ese rango de temperaturas.

El género Deinococcus es un grupo de bacterias capaz de soportar casi de todo: calor infernal, radiación mortal, vacío espacial… y también frío polar. Se ha comprobado que algunas bacterias de este género pululan tranquilamente sobre la nieve de la Antártida. Y que además, son capaces de permanecer metabólicamente activas cuando la temperatura ronda entre -12 y -17º C; curiosamente el mismo límite que se ha encontrado para la fotosíntesis de algunos líquenes vecinos (Ref. 3). Sin embargo, el récord de vitalidad a baja temperatura se lo llevaron de largo bacterias que habitan en el permafrost siberiano, permanecieron activas a -20º C (Ref. 22).

Incluso se ha encontrado actividad biológica en uno de los entornos más insospechados del globo. Cuando se forma un bloque de hielo, no todo el bloque está constituido por hielo puro, sino que quedan espacios diminutos, resquicios entre los cristales de hielo donde el agua permanece líquida aunque por debajo de su punto de congelación. Bien, pues se han encontrado bacterias en tales espacios (Ref. 6). Y no solo eso, sino también en los núcleos de hielo, esos grandes cilindros de hielo que los metereólogos emplean para estudiar la dinámica del clima, se ha registrado actividad biológica en el intervalo comprendido entre -2 y -20º C (Ref. 9).

(a) Interfaz Hielo-Agua. (b) Ampliación de un fragmento del hielo y la interfaz. (c) Bacteria iluminada por la técnica de fluorescencia DAPI. Crédito: Ref. 6

Pero los límites de la vida aún van más allá. Las capas de hielo del glacial de Guliya, situado en la meseta Qinghan-Tibetana, al oeste de China, son las más antiguas que se han datado hasta la fecha: poseen una edad de 750.000 años. Algunos científicos extrajeron muestras de estos núcleos de hielo, y las incubaron en un medio de cultivo apropiado para ciertos organismos psicrófilos. De modo que tras 750.000 años de inactividad, una amplia diversidad de bacterias pertenecientes a las α-, β- y γ-proteobacterias volvió a despertar (Ref. 5). Esto demostraba que la vida es capaz de permanecer una eternidad congelada en el hielo esperando el regreso de condiciones más apetecibles… ¿O tal vez no? ¿Quizás en realidad, como sugieren los trabajos de otros autores, en realidad de lo que es capaz la vida es de vivir inmersa las profundidades de tales bloques de hielo? (Ref. 20).

El arte de recolectar testigos de hielo. Crédito: Emporia State University

La vida nunca dejará de sorprendernos. Es un sistema capaz de enfrentarse a condiciones verdaderamente escalofriantes, que pueden dejarnos helados con tan solo imaginarlas, como si no tuviera límites a la hora de colonizar nuevos y cada vez más difíciles ambientes. Y sin embargo, así lo consigue. Sin embargo, los ecosistemas helados que hemos visto están en grave peligro, como no, gracias a la mano humana. El cambio climático, con el incremento previsto para las temperaturas podría exterminarlos fácilmente. En cualquier caso, son requeridos más estudios.

Para finalizar, terminamos con algunas de las plantas menos frioleras que podamos encontrar. En nuestro entorno las heladas tardías son fatales para la flora que libera sus hojas a la nueva primavera. Para estas plantas, esas mismas heladas serían muy calurosas…

pD. El récord de tolerancia de bajas temperaturas se lo ha ganado, como no, un tardígrado. Estos animalitos son criaturillas de ocho patas de aspecto regordete y bonachon. Y son casi indestructibles. En este caso, pueden sobrevivir una temporada a una temperatura de 0.05 K, es decir, de -273º C, rozando, palpando, el cero absoluto (Ref. 30).

Entradas relacionadas:

REFERENCIAS

  • 30.- Becquerel P. (1950). La suspension de la vie au dessous de 1/20 K absolu par demagnetization adiabatique de l’alun de fer dans le vide les plus eléve. C. R. Hebd. Séances Acad. Sci. Paris 231: 261–263
  1. 11 enero, 2010 en 10:29

    Cnidus, muy interesante el artículo y muy apropiado para esta heladas fechas.
    Es complejo saber los mecanismos moleculares que permiten a los organismos vivir en condiciones extremas. En el caso de adaptación al frio hace unos años que se demostró que las chaperonas, proteínas encargadas de plegar a las proteínas y darles la conformación tridimensional adecuada, estaban implicadas en este proceso. Empleando chaperonas de organismos adaptados al frio consiguieron que una bacteria mesófila como E. coli (que viven a temperaturas 20ºC-40ºC) pudiese crecer a 4ºC. Esta es la referencia: http://www.nature.com/nbt/journal/v21/n11/full/nbt1103-1266b.html

  2. 11 enero, 2010 en 13:27

    Muy completo el artículo, Cnidus, me ha gustado mucho. Siempre es interesante, sobre todo porque rebosa referencias sobre todos los datos que aportas.
    Los psicrófilos son unos organismos especializados, pero que permiten vislumbrar que con cosas como el calentamiento global (sea el mismo responsabilidad de la humanidad o no) lo que se puede estropear, por decirlo de algún modo, no es la vida, ni la tierra, sino los seres humanos, nuestra especie. Porque para el planeta somos muy poca cosa, y para la vida casi cualquier circunstancia implica una mejor adaptación para algunas especies y una peor adaptación para otras, nada más.
    Como bien as comentado, el calentamiento global puede destruir ecosistemas helados, pero de la misma forma favorecerá el crecimiento de organismos termófilos o hipertermófilos, aumentando sus hábitats.
    Un saludo.

  3. 11 enero, 2010 en 14:18

    Excelente como siempre, maestro Cnidus.

    Al leer este artículo he pensado lo mismo que ha expresado Aureus. Y siempre lo he dicho cuando alguien dice que vamos a destruir el mundo, o que mataremos el planeta con el cambio climatico. Si un caso nos destruiremos a nosotros mismos, pero la vida es mucho más dura que eso. Lo único que hacemos nosotros es poner presión selectiva, como un elemento más del medio. Lo que pasa es que este último siglo ha sido muy brusco, y somos lo bastante concientes como para darnos cuenta. Pero el planeta, como bien sabemos, siempre ha ido cambiando, y la vida se ha adaptado.

  4. 11 enero, 2010 en 16:21

    Gracias :D

    Pues sí Manuel, la bioquímica del frío es un tema tan complejo como extenso. Me he tenido que dejar muchas cosas en el tintero, sin ir más lejos hay libros sobre el tema :roll:Por otro lado, desconocía esa referencia, pues a pesar de la complejidad bioquímica, ha sido un tanto sencillo darle un toque de psicrofilia a la amiga coli ;)

    Hexo y Aureus. Básicamente estoy de acuerdo. A mí me suele hacer gracia, como habéis comentado, la gente que afirma que “destruiremos el mundo, destruiremos la vida”… La vida ha soportado cosas peores que nosotros y ha colonizado ambientes que ni en nuestros sueños lograríamos destruir.La vida se abre camino, allá donde puede :D

    A quien más dolerá la destrucción que estamos llevando a cabo, será a nosotros mismos. Pero lo malo y lo denunciable, no solo es eso, sino que el camino que estamos tomando, que en el peor de los casos podría llevarnos a un peligroso jaque, está llevando a muchas especies a la extinción y a muchos ecosistemas a la perdición. Lamentablemente, ya nos hemos llevado a mucha biodiversidad por delante y no parece que la tendencia vaya a cambiar a corto plazo :(

  5. 11 enero, 2010 en 21:55

    Joer que chulada. Y qué majos los gusanos de hielo y los tardígrados que cierran el artículo. :D

    Lo primero que se me ha venido a la cabeza es la posibilidad de vida de este tipo en Marte, aunque sea unicelular. La pena es que recolectar esos testigos de hielo en los polos marcianos no debe ser nada fácil. Supongo que tendremos que esperar a las primeras misiones tripuladas para ver un experimento parecido allí.

    Saludos.

  6. 11 enero, 2010 en 23:16

    Joder cnidus! ¿de donde sacas estas ideas? muy interesante este artículo, lo leeré de nuevo porque lo he leído muy por encima pero parece que promete como suele ser habitual.

  7. 12 enero, 2010 en 0:14

    Interesantísimo, no he podido dejarlo hasta acabar. No conocía el fenómeno de los crioconitos, flipante.

    El rano verde :

    Lo primero que se me ha venido a la cabeza es la posibilidad de vida de este tipo en Marte, aunque sea unicelular. La pena es que recolectar esos testigos de hielo en los polos marcianos no debe ser nada fácil.

    Sin embargo, si se pueden buscar mediante sondas otros extremófilos de distintos ambientes “duros” para la vida, como los acidófilos de Rio Tinto en Huelva que, de hecho, se utilizan para el estudio tanto de las primeras formas de vida en la Tierra como en exobiología.

    Saludos.

  8. Cronopio
    27 febrero, 2010 en 22:34

    fantástico artículo. Lo del tardígrado me ha dejado realmente helado. Dos apuntes exobiológicos: No parece que Titán y Encélado tengan un ambiente incompatible con la vida, tienen agua, moléculas orgánicas, amoníaco, y en el caso de Encélado zonas calientes en superficie (-75ºC) y una importante actividad geotermal. Me sorprendería mucho que no hubiera rastros de vida en Marte (actual o fósil).
    El segundo apunte es que a esos ambientes extraterrestres extremos ya hemos enviado a nuestros primeros astronautas. Ignoro si habrá algún tardígrado en el pasaje, pero si que han marcianizado y Titanizado unos cuantos millones de bacterias y esporas. Los reyes de la creación (las bacterias) han salido a colonizar el sistema solar. que alguno tenga éxito no es imposible. Según parece ni el vacío del espacio ni la tasa de radiación logran esterilizar los ingenios que lanzamos al espacio.

  9. Dario.vu
    27 febrero, 2010 en 23:17

    Maestro Cnidus: No sé cómo se me escapó este excelente artículo suyo. Cada vez aprendo más contigo.

    De paso: ¿estás de crítica contra los ecomisántropos? :mrgreen:

  10. Zero
    8 octubre, 2011 en 16:24

    muy interesante, quisiera saber saber un poco mas de organismos psicrofilos correspondientes a los nevados, y un medio de cultivo para poder estudiarlos, si me responden, (correo editado)..gracias atte.. Zero

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