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En defensa del matrimonio tradicional y natural
Entre los muchos grupos de presión que existen en el mundo y que se creen con la facultad de decir a los demás cómo deben vivir y que ponen el grito en el cielo ante cualquier novedad se encuentran los representantes de Dios en la Tierra en la forma de diferentes tipos de sacerdotes de las más variopintas religiones. Uno de los temas de protesta favoritos de la variedad cristiana en sus distintas variedades es la defensa del “matrimonio tradicional” ante los cambios que vive nuestra sociedad y que permite familias tan “antinaturales” como las de personas del mismo sexo, divorciados, padres y madres solteros, etc. Ellos defienden el matrimonio “tradicional”, el de toda la vida, entre un hombre y una mujer que se dedican a tener sexo para procrear y punto. Una familia formada en torno a este tipo de matrimonio es la familia natural al ser humano y la que ha existido siempre hasta que vinieron los progres a destruirla. ¿O no?¿Cómo son las familias fuera de nuestro entorno? ¿En otras culturas? ¿En otras épocas?
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Las termitas suicidas
La táctica de autoinmolarse para causar daño al enemigo a costa de la propia vida no es una exclusiva de los kamikazes o de los terroristas suicidas. En el reino animal, y en un grupo tan alejado del nuestro como son las termitas, también se utiliza, según muestra un reciente estudio publicado en la revista Science.
Un grupo de investigadores Checos dirigidos por el Dr. Jan Šobotník han comprobado como algunas obreras de la especie de termitas Neocapritermes taracua, originaria de la Guayana francesa, portan dos curiosas manchas azules en la articulación entre el tórax y el abdomen (recordemos que un insecto agrupa sus segmentos en tres regiones: cabeza, tórax y abdomen). El tamaño de las manchas aumenta con la edad, siendo las obreras más viejas las que generalmente presentan mayor cantidad del componente azul. Junto a éstas “trabajadoras azules”, otras obreras no presentan manchas de ningún tipo.
La canción fósil de un grillo jurásico
Un grupo de científicos reconstruye el sonido de un insecto que habitó los bosques de la actual Mongolia hace 165 millones de años.
El comportamiento representa un aspecto muy difícil de estudiar en las especies extintas, dado que únicamente pueden ser inferido a partir de rasgos morfológicos, rastros o cualquier otro tipo de evidencias indirectas.
En especial, el origen y evolución de la comunicación acústica es un campo muy complicado, al no quedar ningún registro fósil que pueda ser analizado. En el caso del ser humano, nuestro órgano fonador está constituido por la laringe, un órgano complejo que consta de varios cartílagos y un único hueso, el hioides, situado por debajo de la lengua y sobre el resto de componentes laríngeos.
Las estructuras directamente relacionadas con la emisión de la voz son las denominadas cuerdas vocales, un par de pliegues membranosos constituidos por un ligamento, musculatura y una capa de tejido epitelial. Lógicamente, ninguna de estas estructuras fosiliza fácilmente, dándose además la circustancia de que el hueso hioides, la única estructura laríngea que sí lo hace, no se encuentra articulado con ningún otro hueso, y al fosilizar puede aparecer en una situación desplazada que no corresponde con su ubicación original. Debido a todo esto, en los fósiles de homínidos no resulta posible conocer con seguridad la situación ni estructura de la larigne, lo cual dificulta enormemente el estudio de la evolución del lenguaje.
Imágenes de la Ciencia y de la Naturaleza: oliendo por las antenas
Foto: Patrick Coin
Esta hermosa estructura simétrica no pertenece a un helecho, como podría parecer a simple vista, sino que corresponde a la antena de una polilla norteamericana: Actias luna. La familia de los satúrnidos, a los que pertenece esta mariposa, presentan generalmente unas espectaculares antenas plumosas sensibles a las feromonas emitidas por las hembras. Algunas especies llegan a detectar, gracias a estos extraordinarios sensores, una única molécula de feromona a más de 20 kilómetros de distancia de la hembra emisora.
¿La creencia en el libre albedrío nos hace mejores?
Me resulta tristemente familiar que cuando critico creencias irracionales en determinados ambientes, siempre surja el comentario condescendiente que me dice “mira que eres radical, si creer en eso no hace ningún daño“. Invariablemente, da lo mismo que estemos hablando de astrología, de ouija, de dios misericordioso, de reptilianos o del poder adivinatorio de Rapel.
Muchas personas que no creen en tales despropósitos suelen abrazar esta postura, y realmente te miran raro por pensar que la astrología hace daño. Vamos, ¡ni que los astrólogos llevaran pistolas para ejecutar las cartas astrales, exagerado!
Y discrepo. Discrepo y seguiré discrepando. Porque la astrología, el ouija, dios misericordioso, el gobierno reptiliano en la sombra y el poder adivinatorio de Rapel son supersticiones. Y la superstición es perniciosa. La superstición nos hace esclavos de un futuro escrito y de los designios de unas fuerzas que no controlamos. Nos hace rezar en lugar de actuar para mejorar nuestra situación y la de los demás. La superstición nos roba nuestra capacidad de decisión para cedérsela a una entidad caprichosa. La superstición nos arrebata la libertad. No me extiendo porque los habituales conocéis de sobra mi opinión sobre el tema, expresada en varios escritos.
El canto de la ballena jorobada
La transmisión cultural es un fenómeno que no se encuentra limtado al ser humano, a pesar de que éste sea el animal que más espectacularmente lo manifieste. Los etólogos nos muestran numerosos casos en los que se encuentra no sólo un acervo culturar en poblaciones de diversos grupos animales, sino una transmisión entre poblaciones y generaciones similar a la humana.
Primates que enseñan a otros grupos o a sus propios hijos diversas técnicas de recolección de alimentos; estorninos que no sólo aprenden a abrir botellas de leche, sino que son capaces de transmitir ese conocimiento a las nuevas generaciones o aves que copian y alteran sus cantos oyendo a sus congéneres y formando variados dialectos. Todos ellos son solamente algunos ejemplos de lo que podríamos llamar culturas no humanas.
Doble moral
Estamos tristemente acostumbrados a cómo determinado tipo de gente posee una doble moral que les permite apedrear a un médico por practicar abortos y simultáneamente pagarle a su hija adolescente una interrupción de embarazo. También es indignantemente habitual el señor o la señora que combaten el reparto de anticonceptivos como prevención al SIDA, pero que después de treinta años de casados únicamente tienen dos churumbeles ya creciditos. Y que decir del impresentable que se rasga las vestiduras por ver a dos chicos besándose en público y acto seguido se va de putas…
El caso es que cualquiera podría decir que esto no son más que tópicos, reflejo de excepciones que no permiten extraer generalizaciones realistas. Por eso, y dado que este es un blog de divulgación científica y nos gusta afirmar sobre lo que tenemos datos, traemos un estudio que va más allá de la simple opinión o de la mera percepción subjetiva:
Según concluye un reciente informe del Guttmacher Institute, el empleo de anticonceptivos por parte de las mujeres estadounidenses es independiente de las creencias religiosas. El estudio, basado en una muestra de 7.536 mujeres, destruye el mito de que la religión es un obstáculo para los métodos de planificación familiar. ¿O será solo para la planificación familiar propia?
Los autores son más cautos, y se inclinan hacia una falta de sintonía entre la cabeza de la iglesia y sus bases, señalando que “la oposición a la contracepción por parte de la jerarquía católica y otras organizaciones socialmente conservadoras no se refleja en los comportamientos reales y en las necesidades de salud de las mujeres católicas o evangélicas“. Entre otros hallazgos, el estudio muestra que “Entre todas las mujeres que han practicado sexo, el 99% han usado métodos contraceptivos distintos de la planificación familiar natural” y que estos datos son virtualmente los mismos entre las mujeres católicas (98%).
En todo caso, a dios rogando, y con el mazo dando…
Visto en La revolución naturalista
Fuente: Countering Conventional Wisdom:New Evidence on Religion and Contraceptive Use
¡No me estreses, que me crezco!
Cada vez son más las investigaciones que vienen a confirmar la importancia de la plasticidad como valor adaptativo. Tendemos a pensar que una vez adquirido o modificado un carácter debemos acarrearlo cual lastre inamovible con sus ventajas e inconvenientes. De esta forma, la adaptabilidad se vería reducida a una simple operación aritmética, en la que restamos las desventajas a los beneficios obtenidos.
Sin embargo, aunque muy arraigada, se trata de una concepción errónea. Los caracteres morfológicos no son esculturas estáticas cinceladas por los genes en una roca inmutable representada por el organismo. La morfología no se encuentra inscrita de forma cerrada en nuestro genoma; lejos de ello, las instrucciones para la construcción del cuerpo se muestran mucho más flexibles a medida que vamos avanzando en su conocimiento. Así, la posibilidad de cambiar, modificar o alterar una estructura o un comportamiento no se limita a la lenta herencia seleccionada de generación en generación. Un mismo individuo puede presentar varias opciones en función del medio en el que se desenvuelva. Esta plasticidad representa en sí misma un enorme valor adaptativo, infinitamente más útil que un carácter férreamente definido.
Se han descrito numerosos casos en los que diferentes entornos originan distinta expresión fenotípica en individuos con idéntica información genética, así como procesos mediante los cuales determinados genes son silenciados o potenciados según provengan del cromosoma paterno o del materno. La epigenética, en sentido amplio, es la ciencia que estudia todos estos mecanismos que influyen en la formación y desarrollo del organismo y que no implican -a pesar de que puedan ser heredables- cambios en la secuencia de los nucleótidos del ADN o, dicho de otra forma, cómo puede variar la expresión de los genes y las consecuencias de ésta en función de las relaciones con el medio.
Imágenes de la ciencia y la tecnología: abejarucos muy unidos
Los elefantes también cooperan
Un reciente estudio muestra cómo los elefantes pueden ser conscientes de la necesidad de un compañero y su colaboración para obtener un bien común.
No cabe duda que la herramienta más valiosa en la cohesión social es la comunicación. La capacidad de intercambiar información con otros congéneres permite establecer estrategias conjuntas, ya sea en el cuidado de la prole, en la búsqueda de alimento o incluso en la asistencia a los heridos. El máximo nivel de sociabilidad lo constituyen los animales eusociales, entre los que se encuentran hormigas, abejas o incluso algún mamífero como la curiosa rata topo lampiña (Heterocephalus glaber); en todos ellos existen castas fértiles especializadas en la reproducción y castas estériles con otros cometidos como la recolección. No es de extrañar que tanto en ellos como en otros grupos con niveles más bajos de sociabilidad (como los primates o los cetáceos), la comunicación juegue un papel importantísimo en la estructura y funcionamiento del grupo. Todos conocemos los impresionantes ejemplos de la danza de las abejas, los rastros químicos de las hormigas o las vocalizaciones de los delfines. Por supuesto, buena parte del éxito adaptativo de la especie humana se debe a su alta capacidad de comunicación.


















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