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La amenaza de Andrómeda

27 noviembre, 2010

Autor: Michael Crichton

Burton tenía cincuenta y cuatro años; era patólogo. Era titular de una cátedra de la Facultad de Medicina de Baylor y actuaba de consejero del Centro de Vuelos Espaciales Tripulados de la NASA, en Houston. Anteriormente se había dedicado a la investigación en los Institutos Nacionales de Bethesda. Su campo de actuación había sido el de los efectos de las bacterias en los tejidos humanos.

Una de las peculiaridades del desarrollo científico la constituye el hecho de que un campo tan vital permanecía virtualmente intacto cuando Burton se adentró por él. Aunque los hombres sabían que los microbios causan enfermedades, y lo sabían desde la hipótesis de Heine en 1840, a mediados del siglo XX todavía no se sabía nada acerca de cómo ni por qué realizaban sus destrozos las bacterias. Se desconocían los mecanismos específicos.

Como otros muchos en sus dias, Burton empezó con el Diplococcus pneumoniae. el agente causante de la pneumonía. En los años cuarenta antes del advenimiento de la penicilina, hubo mucho interés por los pneumococos; descubierta la penicilina, se evaporaron a un tiempo el interés y el dinero para las investigaciones. Burton se pasó entonces al Staphylococcus aureus, causante de los barrillos y los forúnculos. Por la época en que inició el trabajo, sus colegas investigadores se rieron de él; el estafilococo, lo mismo que el neumococo, era muy sensible a la penicilina. Dudaban que Burton pudiera conseguir dinero suficiente para llevar adelante la tarea.

Durante cinco años tuvieron razón. El dinero escaseaba; Burton tenía que pedir socorro con frecuencia a fundaciones y filántropos. No obstante perseveraba, elucidando pacientemente las capas de la membrana celular que provocaban una reacción en el tejido del huésped y ayudando a descubrir la media docena de toxinas que segregaba la bacteria para descomponer el tejido, propagar la infección y destruir los glóbulos rojos.

De súbito, en los años cincuenta, aparecieron las primeras cepas del estafilococo resistentes a la penicilina. Eran unas cepas virulentas, y provocaban defunciones extrañas, a veces por abscesos cerebrales. Casi de la noche a la mañana, Burton halló que su trabajo había asumido una importancia mayúscula; docenas de laboratorios por todo el país se entregaban al estudio del estafilococo, que se convertía en el centro de un “interés candente”. Burton pudo ver cómo en menos de un año las dotaciones que le concedían pasaban de 6.000 dólares anuales a 300.000. Poco después le concedieron el título de profesor de patología.

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  1. 27 noviembre, 2010 en 21:56

    Me gustó la película clásica (el libro no lo he leído), y lo que más me gustó fue que presentaba el trabajo de laboratorio de una forma mucho más realista que otras películas (y no digamos ya de cosas actuales como los CSI). Me refiero al hecho de mostrar los callejones sin salida, los errores humanos… no sé el proceso salía de una forma más humana y real. Nada de meter una cosa en un microscopio y saberlo todo automáticamente xD

  2. 28 noviembre, 2010 en 6:57

    Fue un libro que me gustó mucho, aunque hace mucho que lo leí. Es ciencia ficción de la buena!

  3. albireo beta cygni
    1 diciembre, 2010 en 15:15

    Y eso que se trata de USA. Aqui en España la investigación de base, sin aplicaciones ni intereses comerciales inmediatos, en esa época (y aún hoy) debía ser de risa. Estos días he podido ver de nuevo la serie de TVE sobre Ramón y Cajal y creo que el retrato que se hace de la ciencia española, mas bien ridícula, debería hacernos reflexionar a todos.
    NO PUEDE SER QUE SIGAMOS IGUAL

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