La coctelera

12 septiembre, 2011


La Real Academia de la Lengua Española define una coctelera como un recipiente destinado a mezclar los licores del cóctel. En este artículo no me voy a quedar con la definición que alude a las bebidas alcohólicas, sino a la capacidad de mezclar que tiene ese instrumento.

En el entorno editorial español, y por tanto en las estanterías de todas librerías de este país, podemos encontrar obras que dicen ser fruto de una labor de periodismo de investigación, esa rama del periodismo de tintes románticos en la que personas de ética profesional presuntamente irreprochable se introduce en los entresijos del poder político y económico para desentrañar información que éste oculta a la opinión pública. Es innegable que labor que realizan, en ocasiones con grave peligro para sus propias vidas, es de gran ayuda y desde aquí la agradezco.

Lo que ocurre es que dentro de esa labor, como en todos los ámbitos profesionales, hay quienes hacen un trabajo que puede ser sobresaliente, mediocre o incluso, y esta es opinión particular mía, o ser una basura. Así en esas estanterías encontramos trabajos sesudos y de años de investigación que ponen contra las cuerdas al corrupto de turno junto con invenciones conspiranoicas que incluso hacen referencia a poderes dominantes alienígenas. Así está el patio.

Y entre toda esa diversidad nos encontramos con aquello que yo llamo la coctelera: trabajos en los que se presenta unas tesis serias y plausibles compartiendo encuadernación con información que carece del menor rigor científico y buscando el descrédito de todos los profesionales del ramo que critica. Voy a extenderme en este último punto.

Dentro de la sección “Divulgación médica” de una librería cualquiera podemos encontrar varios libros de populares autores en los que se critica fuertemente a la industria farmacéutica y los actuales sistemas de salud. Una lectura cuidadosa de algunos de esos libros permite presenciar que además de esa crítica, en la coctelera también entra la duda hacia todos los resultados científicos en biomedicina, a la vez se cataloga a los científicos que trabajan en el ramo biosanitario de vendidos a la industria (denominados en estas obras “sistema”) y se acusa a todas las revistas biomédicas de servir a la gran industria. Todo ello se edulcora con un poco de sus propias tesis sobre el origen de las enfermedades y se apoya, sin asomar la menor gota de crítica, a métodos alternativos que aún no han demostrado científicamente su eficacia. Antes de agitar añaden hielo, dejándose fuera de la cocteleras las pruebas objetivas de que esas terapias funcionan más allá de lo que lo haría un placebo. Entraré en algún detalle.

La línea argumental principal de algunos de esos trabajos se basa en criticar la mala praxis de la industria farmacéutica, Bien, lo puedo aceptar igual aceptar que las grandes corporaciones (alimenticias, químicas, petroleras, bancarias, etc) velan por sus intereses hasta el extremo de llevarse por delante todo lo que haga falta. Yo también reprocho a la industria farmacéutica que reduzca costes de investigación en desarrollo de vacunas o terapias contra enfermedades que sufren un número bajo de pacientes. O bien que haga valer su peso para imponer sus patentes sobre poblaciones de países que no pueden permitirse los altos costes de la medicación. O las campañas de explotación de recursos naturales y tradiciones cortando con una patente la posibilidad de seguir usando un tratamiento que se viene empleando durante decenas de generaciones. O que traten de imponer determinados medicamentos sobre el colectivo médico llegando incluso a tácticas comerciales de dudosa legalidad. Y por supuesto que empleen a la población de países subdesarrollados como bancos de pruebas y ensayos clínicos que no serían aprobados por ninguna comisión ética de cualquier país del llamado primer mundo. También es fuertemente reprobable que silencien resultados adversos de sus invenciones, falseen resultados o escondan conflictos de intereses en algunas publicaciones. Todo eso y algunas cosas más que me dejo en el tintero son criticables y agradeceré a todo periodista de investigación que lo denuncie.

Igual que algunos directivos de empresas petrolíferas o mineras son capaces de jugar con la soberanía de una nación por el bien de sus intereses comerciales, algunos directivos de compañías farmacéuticas son capaces de jugar con nuestra salud por su propio beneficio. Creo que cualquier persona adulta con un cerebro maduro puede entender esto. Por eso, y para no caer en perogrulladas contando cosas que hasta los niños sospechan, hay que realizar bien el trabajo de investigación, separar el trigo de la paja, dirigir la crítica y la acusación contra los corruptos, respetando al resto. Hacerlo de otro modo sólo consigue el efecto contrario al deseado: que se le vea como un conspiranoico más, que casi nadie le escuche, y como efecto rebote, acaban sirviendo ese “sistema” que ellos pretenden criticar.

Y es que dentro de esa industria hay una labor y unas personas que no merecen ser tratadas por igual que los corruptos. No basta con decir, “bueno no todos son así”, no, hay que decir quienes son los responsables, con nombres y apellidos, y con una documentación detrás que lo apoye. Eso es periodismo de investigación comprometido, lo otro es poner el ventilador en marcha mancillando el nombre y el trabajo de médicos y científicos que se dejan la piel para encontrar remedios contra los problemas sanitarios que nos agobian.

Además hay que mostrar coherencia. Presento aquí tres incongruencias muy comunes en este tipo de obras:

Se critica fuertemente a las farmacéuticas por comprar voluntades, pero se silencia el papel de otras farmacéuticas que fabrican compuestos homeopáticos, que manejan millones de euros y cotizan en bolsa desde hace décadas. Sus productos se pueden encontrar en las farmacias, pero no en todas, hay farmacéuticos que se niegan a suministrarlos por considerarlo un camelo. Y no es un problema de conocimientos, sino de ética particular, igual que encontramos farmacias que venden pulseras magnéticas milagrosas, otras que se niegan. E insisto no es problema de validez científica, porque para eso están las revisiones Cochrane que indican que la homeopatía (por ejemplo) tiene la misma eficacia que un placebo. Se critica algún producto farmacéutico porque no es eficaz pero se apoya a la homeopatía que tampoco parece funcionar, primera incoherencia.

De igual manera se olvida de los efectos secundarios de muchas “terapias naturales”. Toda terapia, del tipo que sea, que tenga efectos primarios, tiene efectos secundarios. Esto es así porque no hay dos individuos genéticamente idénticos (salvo los gemelos), y por tanto las respuestas ante determinadas compuestos pueden ser diversas, desde la curación, a no tener ningún efecto o producir serios problemas de salud. La industria farmacéutica incorpora un listado de posibles efectos secundarios, aunque sólo se haya producido un caso en todo el mundo. Las terapias naturales no están obligadas y por ello aparecen ante los consumidores como “sin efectos secundarios”. Me parece estupendo que se critique (y se penalice) a las compañías farmacéuticas que ocultan efectos adversos de sus productos, pero usando la misma vara de medir se debería exigir que las terapias alternativas fueran obligatoriamente acompañadas de un listado de reacciones adversas, porque esas reacciones existen, y el que no se lo crea que pregunte a cualquier médico de urgencias de un gran hospital de nuestras ciudades (también puedo pasarles bibliografía científica a quien esté interesado).

Se critica fuertemente a la industria farmacéutica por querer negarse a encontrar remedios efectivos contra las enfermedades y buscar solamente paliativos de los efectos de éstas, cronificándolas, y asegurando así un cliente de por vida. A mí esto me parece una exageración, pero admitámoslo en algunos casos concretos como consecuencia de la forma de operar de algún directivo desaprensivo. Lo que entonces ya me chirría es que a la vez se critique a la misma industria por fabricar vacunas. Precisamente las vacunas, en la mayoría de los casos, son un sistema económico de impedir que se desarrolle una enfermedad (evitan futuros gastos farmacéuticos). De hecho, algunas grandes empresas no potencian el desarrollo de vacunas porque les resulta poco rentable. Entonces, ¿de dónde viene esa inquina anti-vacunas?

Se critica fuertemente a las publicaciones científicas de revistas de revisión por pares, incluso aquellas que contienen información que ha sido repetida y reanalizada cientos de veces en decenas de laboratorios de todo el mundo durante mucho tiempo después de la publicación (lo que valida los resultados obtenidos con una alta confianza). Sin embargo se apoyan las publicaciones de Benveniste (memoria del agua, publicado en Nature) o de Wakefield (relación vacuna triple vírica y autismo, publicado en Lancet) que jamás se ha podido repetir en ningún otro laboratorio (primer caso) o que se ha demostrado como un fraude por falsear resultados (segundo caso). De igual forma sorprende el descrédito que se intenta mostrar hacia algunos trabajos recogidos en esas revistas, pero se apoyan otras revistas como DSalud cuyos contenidos no están contrastados ni revisados por la comunidad científica y que está cargada de publicidad de terapias que podían ser catalogadas como cercanas a curanderismo (estando algunas de ellas prohibidas en ciertos países).

Y lo que me parece más triste es que todo ello se adorna bajo la etiqueta de “rebelde”. “Si está prohibido es porque preocupa a las grandes farmacéuticas”. “Esta terapia se oculta porque lo curaría todo”. Es algo que se viene escuchando desde los tiempos de Cervantes (el bálsamo de Fielabrás), pero desgraciadamente (porque a mí también me gustaría que existiera algo así) la mayoría de esas terapias son como mínimo ineficaces, cuando no contraproducentes. Sorprende que estos autoproclamados periodistas de investigación que se definen como independientes no buceen un poco en la literatura, y analicen en qué se basan esas terapias para afirmar todo lo que afirman. El resultado de esa investigación sería de gran utilidad para todos.

No me extiendo más espero que se haya entendido que lo este tipo de obras me trasmite es desconfianza, no sólo por el hecho de que sus autores no tengan los mínimos conocimientos científicos de aquello que critican (que también), sino porque usan la coctelera, ponen en marcha el ventilador y se niegan a que éste apunte en todas las direcciones. Resumiendo de una forma coloquial, y casi de charla de barra de bar, es como si un periodista deportivo saca a la luz trapicheos de los dirigentes del fútbol (que puede estar muy bien), pero se niegue a investigar el dopaje (o incluso en algunos casos lo apoye) y que descalifique la competición asegurando que todos los árbitros, jugadores y entrenadores están comprados y silenciados por los directivos de las federaciones internacionales.

Todo dicho en esta líneas no significa que crea que estoy en posesión de la verdad, ni mucho menos. Mi opinión podría cambiar ante información rigurosa, objetiva y contrastable. El problema es que en la mayoría de las ocasiones la petición de ese tipo de información es tomada como un acto hostilidad por parte de aquellos, que por otra parte, no dudan en descalificar con facilidad a profesiones con muchos años de trabajo bien hecho a sus espaldas. Como dicen que rectificar es de sabios, puede que alguien sea capaz de aportar suficiente información rigurosa que me pueda hacer cambiar de opinión de lo que he escrito. De hecho eso mismo lo pedí en la primera semana que abrimos este blog y sigo esperando…

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  1. thetuzaro
    12 septiembre, 2011 de 11:02

    Hay algo que me llama la atención,y es lo poco dirigidos que están esos libros de los que hablas a criticar el sistema de salud dental (al menos el español) en términos de qué tratamientos están o no incluídos en el Servicio Público de Salud, y por qué, los precios y la necesidad de los tratamientos, etc… Es un tema sobre el que, a poco que se esfuerce uno, puede empezar a ver manos negras y malas prácticas empresariales a porrillo :D.

  2. Rhay
    12 septiembre, 2011 de 11:14

    Enhorabuena por este artículo, Manuel. Lo suscribo al ciento por ciento.

    Cuando alguien me habla de “periodismo de investigación”, automáticamente mi cerebro me trae a la memoria nombres como Berstein y Woodward (el caso Watergate), Matías Vallés (aviones de la CIA), Melchor Miralles (los GAL), o incluso Anna Politkóvskaya, asesinada por el poder del Estado ante la realidad que nos contaba sobre Chechenia. Puedo estar de acuerdo o no con el pensamiento filosófico-político de cada uno de ellos, pero es evidente que han hecho un trabajo de investigación de verdad, contrastado con documentos, testimonios de testigos directos, escuchas telefónicas, mails, etc… Es decir, lo que se dice un trabajo serio y riguroso. Y con ello han conseguido ennoblecer aún más el arte del Periodismo, dándonos a los demás seres humanos la posibilidad de acceder a un derecho que en muchas ocasiones se nos niega: el derecho de información.

    Pero cuando voy a una librería y, al lado de un libro de alguno de estos profesionales de la investigación me encuentro un panfleto sobre la “estafa del sida” o “el escándalo de las farmacéuticas” sin rigor alguno, me dan ganas de prender fuego a la estantería entera, porque estos adláteres, lejos de hacer un buen trabajo, salpican de mierda el trabajo de los demás. Pero claro, supongo que eso les importa poco, habida cuenta de que no tienen escrúpulos en recibir pasta de cualquier origen, sin siquiera contrastar su decencia.

  3. wowie zowie
    12 septiembre, 2011 de 14:53

    Hoy he estado en la Casa del Libro de Barcelona donde junto al mostrador hay expuesta una lista con el ránquing de libros más vendidos. Pues bien, en el top ten había por lo menos tres publicaciones relacionadas con la infame dieta Dukan.

    La gente cada vez tiene peor formación, sobretodo en lo que concierne a las ciencias. Con este panorama es normal que los vendeburras hagan su agosto. Pero bueno, que os voy a contar a vosotros que lo vivís desde primera línea…

  4. Joselito
    12 septiembre, 2011 de 15:41

    Excelente post. Gracias por el tiempo que dedicais a estos artículos rigurosos. No comento en todos porque me repetiría, pero sé que este estos artículos que publicáis aquí os llevan mucho tiempo que podríais dedicar a otras cosas.

    Particularmente pienso que al 90% de las personas les atrae más la seudociencia por el componente de pensamiento mágico que les dan a determinadas terapias, piedras, agua, etc., así como el componente personal del tipo “A mi amigo le curaron un cáncer con unas hierbas”. También nos gusta creer en teorías conspiranoicas, porque la realidad es normalmente menos espectacular que sus hipótesis. Nos gusta dudar de lo poco probable, pero creemos a pies juntillas lo imposible. Cedemos al autoengaño con pasmosa facilidad.

    Gracias por vuestra obra divulgativa.

  5. Nelson
    12 septiembre, 2011 de 15:45

    Lo triste es que para cautivar a la galería, baste posar de “antisistema” y andar por ahí regando que la CIA lo quiere matar por revelar los secretos del area 51. Que luego ander tranquilos por la calle, los inviten a la TV y terminen muriéndose de viejos no parece hacer pensar al público que les cree cuanta burrada sueltan de su hocico.

  6. 12 septiembre, 2011 de 15:49

    Joselito, ¿me puedes explicar por qué tu IP es la misma que KC o Juan de Cruz? Espero que no sea trastorno bipolar.

  7. Pablo
    12 septiembre, 2011 de 18:14
  8. Pablo
    12 septiembre, 2011 de 18:16

    Al loro con los inventos del profesor bacterio de Geosanix:
    http://tienda.geosanix.com/

  9. IsmaelLabrador
    12 septiembre, 2011 de 18:33

    El problema de este tipo de reportajes -y hablo con conocimiento de causa- es que muchas veces se le exige al autor cerrar el tema en un plazo de tiempo insuficiente para contrastar todos los datos. También abundan los prejuicios. Por ejemplo: si tu jefe te encargar un reportaje sobre el riesgo de la radiación de los móviles, porque él está convencido de que son perniciosas, y resulta que todas las referencias que le aportas indican lo contrario, ya se encargará él de darle la vuelta.

  10. KC
    12 septiembre, 2011 de 19:02

    Manuel, ya seríamos dos a los que nos gustaría saber lo que dices de la misma IP…

    Saludos.

  11. J.M. Hernández
    12 septiembre, 2011 de 19:03

    Excelente artículo, porque sobre todo, creo que es importante no etiquetar profesiones (salvo la de asesino en masa, y alguna otra, claro). El periodismo de investigación no solamente es digno de elogio, sino que es imprescindible para una sociedad sana democraticamente hablando. No llego ni a pensar la cantidad de barbaridades que se cometerían sin el miedo a que “se entere la prensa”.

    Por eso, es aún más indignate que determinados sujetos perviertan y prostituyan a estos profesionales a los que tanto debemos.

  12. KC
    12 septiembre, 2011 de 19:22

    Acabo de leer esto, pero seguiría interesado en saber lo de la misma IP, porque si es lo que pone en el artículo es una burrada. En mi caso yo escribo desde dos lugares distintos con distinta IP y dos operadores distintos (uno de ellos el que se indica en el artículo). A ver si alguien que sepa del tema nos puede explicar.

    Menos mal que a Joselito no le ha dado por poner cosas raras…

    http://is.gd/12awsw

    Saludos.

  13. 12 septiembre, 2011 de 19:36

    KC, el dia 7/8/2011 se recibió un comentario firmado por Kc, con tu avatar en el artículo “Al pastor no le convence Les Luthiers”. La IP fue usada más tarde por Joselito, que usurpó tu identidad tal como he comprobado en el registro de direcciones de e-mail.

    El comentario es este: https://cnho.wordpress.com/2011/04/16/al-pastor-no-le-convencen-les-luthiers/#comment-49369
    Si quieres lo borro.

    Joselito queda expulsado del blog por usurpador de identidades (una definición de troll)

  14. Rhay
    12 septiembre, 2011 de 19:38

    IsmaelLabrador :
    El problema de este tipo de reportajes -y hablo con conocimiento de causa- es que muchas veces se le exige al autor cerrar el tema en un plazo de tiempo insuficiente para contrastar todos los datos. También abundan los prejuicios. Por ejemplo: si tu jefe te encargar un reportaje sobre el riesgo de la radiación de los móviles, porque él está convencido de que son perniciosas, y resulta que todas las referencias que le aportas indican lo contrario, ya se encargará él de darle la vuelta.

    Entiendo que al hablar con conocimiento de causa es porque eres periodista, ¿verdad? Pues entonces seguro que debes conocer el Código Deontológico del Periodista, y sabes perfectamente que a todos los profesionales de la información se os exige contrastar las noticias y los datos. No me vale que tú publiques algo sin contrastar porque tu jefe te meta prisa o no se llegue al plazo. Es tu obligación como profesional hacerlo, porque si no lo haces puedes estar faltando a la verdad o incluso cometiendo un delito. Imagínate un médico que por presiones de los directores del hospital diera una medicación a un paciente sin haber emitido un diagnóstico o dejara a medias una intervención, porque se le pasa el plazo. Nos llevaríamos las manos a la cabeza, ¿verdad? Pues esto mismo tiene que aplicarse a todas las profesiones, y más si cabe a aquellas que tienen una influencia social relevante, como lo son el Periodismo (en tu caso) y el Derecho (en el mío). Todo lo demás es excusa, y nada más. Además, tú sabes tan bien como yo que los plazos que dan las editoriales a los escritores son lo suficientemente largos como para que dé tiempo a hacer todo el trabajo, y que el plazo comienza cuando uno se sienta a escribir, no cuando comienza la investigación, que es un trabajo de campo que se hace mucho antes.

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