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“Yo soy como cualquier otra persona con SIDA, no importa cómo lo haya contraído”

1 marzo, 2012

Aviso médico

Ryan Wayne White nació en la pequeña ciudad de Kokomo, Indiana. A los pocos días de nacer le fue diagnosticada hemofilia, por lo que debería recibir factor de coagulación de por vida mediante transfusiones. En el año 1984, a los 13 años de edad, los médicos determinaron que poseían SIDA, después de haber sufrido una neumonía por Pneumocystis. En ese momento su recuento de linfocitos CD4+ estaba por debajo de las 25 células por mililitro. En esa época no existía ningún tratamiento contra el SIDA, por lo que los médicos le dieron una esperanza de vida menor a un año. Se equivocaron, aunque desgraciadamente sólo en parte.

Una vez superada la infección pulmonar, Ryan intentó reincorporarse a la escuela, pero se encontró con la oposición de profesores y padres, los cuales temían ser contagiados. 117 padres y 50 profesores del colegio solicitaron a la dirección que prohibiera la asistencia de Ryan a clase. La dirección cedió y Ryan tuvo vetada la entrada al centro escolar. Una demanda de la familia ante un tribunal de distrito no consiguió anular la prohibición, y Ryan se tuvo que quedar en casa.

La verdad es que en aquella época, los mecanismos de dispersión del virus no se habían terminado de entender, y en la bibliografía médica se podían encontrar mensajes contradictorios. Pero a principios de 1986 una publicación en New England Journal of Medicine demostraba como el contacto con pacientes de SIDA (siempre y cuando no fuera sexual) no era causa de contagio. En ese momento un médico del distrito educativo emitió un informe que permitía a Ryan a volver al colegio, lo que provocó que la mitad de los estudiantes de la escuela no acudiesen a las aulas. La protesta de los padres, ante esta situación impulsó a que un juez emitiera una orden para impedir el acceso del Ryan a la escuela, sentencia que se extendió hasta final de curso.

El siguiente curso empezó con constantes amenazas a Ryan, y un aciago día unos desconocidos dispararon contra la ventana de la casa de Ryan, incrustando una de las balas en una de las paredes del salón. En ese momento la familia de Ryan cambió de ciudad, dentro del estado de Indiana, y el chico fue matriculado en otra escuela que le recibió sin ningún problema.

El caso de Ryan fue muy mediático y movilizó a ilustres del espectáculo como Elton John o Michael Jackson. En la primavera de 1990 la salud de Ryan se deterioró rápidamente y el 29 de marzo de ese año fallecía tras una infección pulmonar que no pudo superar. Para finalizar dejo unas palabras de Jeanne Elaine White, madre Ryan, publicadas en el New York Times el 24 septiembre de 1992:

Yo soy como cualquier otra persona con SIDA, no importa cómo lo haya contraído. Y no hubiera vivido tanto si no fuera por la comunidad gay. La gente que conocimos en Nueva York hizo todo lo posible para que en Indiana conociésemos los últimos tratamientos disponibles. Todavía oigo a madres, hoy en día, que no quieren saber nada de trabajar colaborando con la comunidad homosexual. Mire, si esta colaboración es necesaria para salvar la vida de tu hijo, ya puedes empezar a cambiar tu mentalidad y tu actitud hacia este colectivo.

Descansa En Paz, Ryan

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  1. 1 marzo, 2012 de 13:46

    Descanse en paz…

    Es que esto me enciende, os lo juro…

  2. Lightman
    1 marzo, 2012 de 23:17

    Es repugnante. Lo trataban como si de un apestado se tratase… A veces parece que no hay diferencias entre la sociedad de hoy en día y la medieval…

    Un saludo

  3. J.M.
    2 marzo, 2012 de 8:41

    Hace años, allá por los ’80, hubo un tiempo en el que nadie teníamos claro el tema del contagio y la dispersión del virus. Como bien dice Manuel, los resultados y comunicados científicos eran contradictorios. Y sí, quizá no tuviéramos la total seguridad de que ir a la misma clase que un enfermo no era peligroso, o que compartir tu vida con un/a seropositivo/a no suponía un alto riesgo de contagio.

    ¿Que hacer? Pues eso depende de la catadura de cada uno. Yo, personalmente, preferí arriesgarme a morir que dedicarme a pintar cruces en las puertas de las casas.

    Salió bien, en el sentido de que el virus resultó mucho más difícil de adquirir que simplemente respirar el aire de algún infectado, pero hubiera podido salir mal y haberla cagado.

    De lo que no tengo dudas es de que si ahora yo fuera un superviviente gracias a haberme alejado de amigos y familiares ante el temor a un contagio y habiendo dejado morir en soledad a seres queridos por temor a compartir su desgracia, preferiría estar muerto.

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