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Érase una vez… (2) los Proboscídeos. Elefantes y Mastodontes (I)

24 mayo, 2012

Hace mucho tiempo, en una entrada muy lejana, estrenábamos nueva serie en esta humilde página de divulgación científica que es La Ciencia y sus Demonios; aquella serie era “Érase una vez” y contamos la historia evolutiva de los Sirenios. Para ello empleamos la anatomía comparada, los estudios genéticos y sobre todo, las maravillas del registro fósil. Hoy, dos años después, continuamos el camino iniciado. Y hoy, como se prometió entonces, continuamos con los Proboscídeos, aquel grupo animal que incluye los magníficos elefantes, los prehistóricos mastodontes y los colosales mamuts, entre otros impresionantes animales hoy extintos.
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Los elefantes son animales que desde siempre han entusiasmado al hombre, bien por su enorme tamaño y fuerza, bien por el amenazante aspecto de sus colmillos, bien por la extraordinaria habilidad que tienen con su trompa (que poco tiene que envidiar a nuestras manos). Animales fascinantes que incluso se entremezclan con el saber popular y sus leyendas, como una de la que existen muchas versiones, de la que se dice que es de origen hindú, de la que se extrae una moraleja a considerar. Los Ciegos y el Elefante.

«Había seis hombres ciegos en un lugar de la India. Todos ellos ciegos, pero con gran inclinación al saber. Mas ellos querían conocer, como el Gran Elefante es, pues su mente querían satisfacer.

El Primero se aproximó al elefante, deteniéndose a la altura de su costillar duro y resistente “¡Dios me bendiga!” Dijo, “El elefante es como una pared de roca persistente!”.  El Segundo, tocando los grandes colmillos “¡Oh! Qué es esto afilado de gran amenaza, es seguro que el elefante es como una gran lanza”. Llegó el Tercero, palpando la trompa entre sus manos “Yo veo que este es como una serpiente, ¡huyamos!”.  El Cuarto acariciando las nudosas rodillas “¿Cómo no os dais cuenta? Tengo la certeza de que el elefante es como un árbol de dura corteza”. Llegó el quinto palpando las grandes orejas “Ni el más ciego no podría darse cuenta de que el que sea como un abanico es la cosa más cierta”. Finalmente llegó el Sexto y acariciando su larga cola dijo “Yo veo claramente, que el elefante es como la cuerda más resistente”.  Y como de acuerdo no se pusieron, con gran algarabía discutieron.

MORALEJA.

Es intrigante que en todas las guerras teológicas que fueron, son y serán; todos los disputantes peleen y riñan duramente por ver quien tiene razón. Cuando el verdadero problema es que, realmente, ninguno de ellos ha visto al Gran Elefante sobre el cuál discuten.»

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Érase una vez los Proboscídeos…

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Los elefantes modernos y toda su extinta parentela pertenecen al orden Proboscidea, un grupo de mamíferos que los biólogos engloban en un verdadero taxón, es decir, un verdadero linaje de organismos. «Proboscidea» es un término proveniente del griego que viene a significar nariz, en referencia a la trompa que parece haber existido desde los lejanos orígenes del grupo. Otro nombre habitual para estos animales es el de «Paquidermo»,  también procedente del griego y formada por el prefijo (paqui-), grueso o espeso, y el término (-derma), piel; por ello «Paquidermo» significa “piel espesa“, haciendo referencia al más que notable espesor de su piel. Sin embargo, «Paquidermo» no es un término correcto en biología, ya que incluye a hipopótamos, rinocerontes, cerdos y otros animales que hoy los científicos no reconocen como un linaje único.

¿Quiénes representan actualmente este grupo? Si te gustan los bichos, sobre todo los bichos grandes, seguro que ya sabes la respuesta. Hoy día los proboscídeos cuentan únicamente con dos, o quizás tres, especies vivas: el elefante africano, Loxodonta africana (Blumenbach, 1797) y el elefante asiático, Elephas maximus (Linnaeus, 1758).

Elefante africano (izquierda). Elefante asiático (derecha).

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El elefante africano es una criatura E-N-O-R-M-E. Llega a alcanzar hasta 3.3 metros de altura, 6 a 7.5 metros de longitud y hasta 6 toneladas de masa corporal. Es el animal más pesado de la tierra firme y ocupa el segundo lugar en altura, solo superado por la jirafa. El elefante africano más grande del que se tiene noticia es un macho adulto cazado en Angola en 1955: cuatro metros de altura, diez toneladas de peso, colmillos de 40 Kg. Este animal está expuesto desde 1959 en el Smithsonian National Museum of Natural History de Washington (Estados Unidos) (ref. 1).

Pero el elefante africano, ¿es realmente una única especie? Durante mucho tiempo se ha discutido si el elefante africano son una o dos especies: el elefante de sabana y el elefante de bosque, este último más pequeño, de colmillos más delgados, orejas más redondeadas y con sugerentes diferencias craneales. En general ambos se han considerado como subespecies, es decir, se pensaba que el elefante africano se estaba segregando en dos especies distintas; pero en el año 2001 un estudio publicado en la prestigiosa revista Science dijo que no, que no se estaban segregando… ¡Sino que ya lo habían hecho! Y el proceso sucedería hace 2 – 3 millones de años (ref. 6), o 4 – 5 millones de años según otros autores (ref. 10). Así en África nos encontramos con dos especies de elefante: el elefante africano de sabana (Loxodonta africana) y el elefante africano de bosque (Loxodonta cyclotis) (ref. 6). Según la UICN ambos bichos se encuentran en situación Vulnerable (ref. 2).

Elefante africano (Loxodonta africana) en el desierto del Serengueti. Crédito: wikipedia.

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Por su parte el elefante asiático es más humilde en sus proporciones. Llega a alcanzar entre 2.5 y 3 metros de altura, de 5.5 a 6.4 metros de longitud y hasta 5 toneladas de peso (ref. 1). Según los estudios más recientes, cuenta con tres subespecies: E. m. indicus (continente asiático y Borneo), E. m. maximus (Sri Lanka) y E. m. sumatranus (isla de Sumatra), todos ellos en Peligro de Extinción según la IUCN (ref. 3). Se calcula que en total sumarán entre 40.000 y 50.000 ejemplares, muy pocos si tenemos en cuenta su baja tasa de reproducción. Antaño esta especie habitaba China y la isla de Java, lugares de donde está extinta desde hace tres mil años aproximadamente (ref. 3).

Elefante asiático (Elephas maximus). Crédito: BIOGANG.

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… criaturas con notables diferencias…

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A grandes rasgos ambas especies de elefante se parecen bastante. Pero realmente tienen muchas diferencias: longitud y anchura de los colmillos, extensión y forma de las orejas, curvatura del cuerpo, textura de la piel, forma de la cabeza… Incluso son diferentes en el extremo de la trompa, ya que mientras los africanos poseen dos lóbulos, los asiáticos solo tienen uno.

Diferencias en el extremo de la trompa. Elefante africano (izquierda). Elefante asiático (derecha). Crédito: upali.ch

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Sin embargo, desde un punto de vista paleontológico y evolutivo, las diferencias más interesantes residen en su cráneo y en sus dientes. El cráneo de Loxodonta es mucho más ovalado que el de Elephas, estando este último más aplanado. Otras diferencias residen en la situación de las vainas óseas de las cuáles emergerán los colmillos: en el africano estas vainas son enormes, laterales y con proyección curvada; en el asiático son reducidas, están más juntas y son paralelas, con proyección más recta (ref. 7).

Diferencias en el cráneo. Elefante africano (izquierda). Elefante asiático (derecha). Crédito: California Academy of Sciences.

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Hemos hablado de colmillos. Y seguiremos hablando de colmillos una y otra vez. Pero los colmillos de los elefantes NO son colmillos. Vayamos al caso humano, si llamamos las cosas por su nombre, nuestras paletas serán los incisivos, nuestros colmillos serán los caninos y nuestras muelas son por un lado premolares y por otro molares ¿En el caso del elefante? Sus colmillos son el segundo par de incisivos de la mandíbula superior, en otras palabras, los colmillos del elefante en realidad son paletas hiperdesarrolladas y amenazantes.

Además, los elefantes no tienen un primer par de incisivos en la mandíbula superior, no tienen ningún incisivo en la mandíbula inferior y carecen por completo de caninos. Sin embargo, tienen tres pares de premolares (uno más que nosotros) y tres pares de molares (como nosotros).

Un elemento clave para la identificación de especies de elefante son sus premolares y molares. De hecho, ambos tipos de diente son un eje básico para el estudio de los proboscídeos del registro fósil. Esto se debe a las normas no escritas que rigen los hallazgos paleontológicos: (a) Es más fácil que Urist McDwarf y su camello pasen por el ojo de una aguja que encontrar un esqueleto completo y en buen estado. (b) Bienaventurados aquellos que desentierren algunos fragmentos varios y restos craneales, pues tendrán más opciones de lograr buenas publicaciones. (c) Los dientes varios serán pan nuestro de cada día.

Los dientes son huesos especialmente constituidos para soportar condiciones muy duras: la sempiterma exposición al mundo exterior, la inacabable acción bacteriana y el continuo roer y mascar materiales duros y abrasivos. Esta preparación otorga al diente una mayor resistencia que le permite sobrevivir mejor que los demás huesos al proceso de fosilización.

Ejemplo de molar fósil de proboscídeo. Crédito: My Fossil Find

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Además los dientes son una fuente extraordinaria de información sobre sus dueños. A menudo tienen una forma tridimensional, unas proporciones y unos patrones de diseño que permiten identificar con mucha exactitud a la especie a la que pertenecen. En el caso de los elefantes actuales, por ejemplo, cada especie se caracteriza por el número, forma y disposición de sus crestas y depresiones (ref. 7 y 40).

Pero esto también sucede con las especies fósiles de elefante. De modo que cada diente actúa como un “código de barras” que permite identificarlas con bastante fidelidad y estudiar su evolución (ref. 40). Imagina que en el registro fósil tenemos una especie que únicamente es conocida a través de sus dientes (lo cuál es posible porque su “código de barras” será único y particular, no presente en ninguna otra especie conocida) y observamos lo siguiente:

  • 1.- Yacimientos datados en la misma época pero separados en el espacio donde se descubren cambios del “código de barras” dental. Aunque sigamos sin conocer otra cosa que sus dientes, es factible afirmar que esa especie variaba en el espacio, por lo que según el nivel de variación, podría afirmarse que contaba con una o más variedades y/o subespecies repartidas en el espacio.
  • 2.- Yacimientos datados en distintas épocas, separados o no en el espacio, donde se descubren cambios del “código” de barras dental. Aunque sigamos sin conocer otra cosa que sus dientes, es factible afirmar que esa especie estaba cambiando a lo largo del tiempo, en otras palabras, estaba evolucionando.

Diferencias en los molares. Elefante africano (izquierda). Elefante asiático (derecha). Crédito: ref. 7.

Comparación entre los esqueletos del elefante africano (Loxodonta africana) y del elefante asiático (Elephas maximus)

Esqueleto de elefante africano. Crédito: SVPOW

Esqueleto de elefante asiático. Crédito: SVPOW

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… pero con un rico pasado común…

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Combinando los datos moleculares y el registro fósil, los científicos calculan que la separación entre el elefante africano y el elefante asiático debió de suceder hace 4 a 6 millones de años (ref. 4 y 5), aunque otros estudios retrasan el origen de Loxodonta a casi 8 millones de años (ref. 10). Para que te hagas una idea y salvando las distancias, es una distancia equivalente a la que existe entre el ser humano y el chimpancé (ref. 9). ¡¿Cómo?! ¡Pero si siguen siendo elefantes! Por supuesto, siguen siendo elefantes. ¿Entonces el ser humano y el chimpancé? Siguen siendo homínidos.

Gracias al registro fósil también podemos saber que, por desgracia, después de un florecimiento espectacular, los elefantes han sufrido una espantosa crisis acompañada de una época de recortes terrible. Hoy apenas quedan dos o tres especies en solo dos géneros. Sin embargo, Henry Fairfield Osborn, geólogo y paleontólogo estadounidense, publicó entre 1936 y 1942 dos impresionantes volúmenes dedicados en exclusiva a la evolución de estos animales: “A monograph of the discovery, evolution, migration and extinction of the mastodonts and elephants of the world“; los cuales son una referencia hasta el día de hoy. En ellos describe 350 especies repartidas en 44 géneros. En las últimas décadas, posteriores estudios han reducido este número a 163 especies repartidas en 39 géneros (ref. 8). Lo cuál no es moco de pavo, imagina el mundo de hoy con… ¡163 especies más de elefante!

Henry Fairfield Osborn, maestro de maestros en el conocimiento de los elefantes. Crédito: Biografías y Vidas.

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Por supuesto, en estos artículos no vamos a ser tan exhaustivos como el maestro de maestros. Pero intentaremos quedarnos con algunas ideas importantes y una visión “breve”, pero de carácter general. Otra cosa que se debe tener en cuenta son los árboles filogenéticos: tales herramientas son el equivalente evolutivo a nuestros árboles genealógicos, donde las relaciones de parentesco se establecen entre especies. Estos árboles son herramientas elaboradas por los científicos para visualizar fácilmente la evolución de un linaje de organismos, así como la aparición y la secuencia de sus especies en el tiempo. Como son herramientas científicas son revisados y corregidos continuamente. En consecuencia, es bastante fácil que tales árboles cambien de un año para otro. Por ello, las relaciones especie progenitora – especie descendiente que veremos en esta serie de artículos, son orientativas y provisionales.
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…y hermanos muy famosos…

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La época conocida como Plioceno (hace 5.3 – 2.5 millones de años) se caracteriza por ser un periodo frío y seco respecto a la época anterior. Por primera vez el permafrost permanente, la tundra y la taiga se asientan como una secuencia anillada desde el Círculo Polar Ártico hacia latitudes más meridionales, los desiertos se extienden en latitudes bajas, bosques tropicales y templados son sustituidos por sabanas y praderas respectivamente. Es en esta época de cambios cuando sucede la tercera y última gran radiación de los elefantes, su última expansión, en la cuál nacieron los elefantes modernos (ref. 8).

Estampa de un pantano del Plioceno localizado en lo que hoy es Perpignan, al sur de Francia. Crédito: Liverpool John Moores University

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Entre todos los elefantes hoy extintos resalta un icono del ideario popular, un símbolo de la Prehistoria cuyos orígenes se remontan al Plioceno Temprano, el mamut. Es un animal muy famoso sobre el que existen muchas ideas equívocas. Se suele pensar que solo existió el mamut lanudo, pero no es así, no hubo una única especie de mamut, sino muchas. Suelen ser asociados a los fríos hielos, pero no, varias especies de mamut habitaron en climas cálidos o templados. Como colofón, suelen ser vistos como algo antiguo o primitivo, nada más erróneo, en términos biológicos, el mamut es un elefante muy moderno, tanto o más como los que ahora existen.

El primer mamut como tal aparece en el Plioceno Temprano (hace 5 – 4 millones de años), en el este y sureste de África, es el Mammuthus subplanifrons, conocido principalmente por algunos molares; razón por la que los especialistas esperan el descubrimiento de nuevos restos óseos que permitan confirmar completamente su naturaleza como “mamut ancestral” (ref. 8, 12, 13, 14 y 18).

Esquema de un molar fósil de Mammuthus subplanifrons hallado en la Formación de Sagantole (Etiopía) . Crédito: (ref. 14).

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El siguiente paso en la evolución de los mamuts es Mammuthus rumanus, hallado originalmente en las localidades de Tuluceşti y Cernăteşti de Rumanía, también ha sido identificado en Gran Bretaña, Bulgaria y China. Esta especie desciende de M. subplanifrons, apareció hace 3.5 millones de años y sobrevivió durante un millón de años. En ese periodo M. rumanus abandonaría África para adentrarse en Europa del Este, desde donde se dispersaría hacia el resto de Eurasia (ref. 15).

Una especie ampliamente distribuida generalmente tiene muchas poblaciones. Unas poblaciones pueden quedar aisladas, otras pueden verse enfrentadas a un cambio ambiental, otras sufrirán ambas situaciones. El estudio de los mamuts del continente asiático revela que cuando los bosques húmedos de la China de hace 2.6 millones de años fueron sustituidos por estepas de clima frío y seco, las poblaciones de M. rumanus cambiaron conforme se adaptaban al nuevo ambiente. Este cambio generó una nueva especie, Mammuthus meridionalis (ref. 13 y 15). De hecho, en el registro fósil de China, con M. rumanus comienza una magnífico gradiente en el tiempo, en la distribución geográfica y en los caracteres morfológicos que termina en M. meridionalis (ref. 13).

Molares de Mammuthus rumanus hallados en la región de Cernǎteşti (Rumanía). Crédito: (ref. 18).

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El mamut meridional, Mammuthus meridionalis, es un sobresaliente animal que nos ha brindado excelentes fósiles. Era de mayor talla que el elefante africano, ya que alcanzaba de 4 a 4.5 metros de altura y de 10 a 12 toneladas de peso. Esta nueva especie rápidamente se extendió por Europa (ref. 13), alcanzando Francia (ref. 17) y llegó a instalarse en Norteamérica (ref. 19). También se asentó en la Península Ibérica: aparece reincidentemente en los yacimientos de Barranco León y Fuente Nueva (Orce, Granada) (ref. 42); en el yacimiento de Cueva Victoria (Cartagena, Murcia) y posiblemente en la Rambla del Pizcalejo (Caravaca, Murcia) (ref. 16 y 41); y también en el yacimiento del barranco de la Boella (Canonja, Tarragona) (ver aquí), entre otros.

Este animal se presenta en zonas que en su época se correspondían con zonas húmedas y cálidas. Mammuthus meridionalis aparece junto al equivalente pliocénico de la fauna que hoy vemos en las zonas húmedas de la sabana africana: hienas, licaones, grandes felinos e hipopótamos. Por ello se supone que viviría de forma semejante al actual elefante africano, carecería de la gran mata de pelo que caracteriza al mamut lanudo y tendría una gran afición por el agua. Pero aparte de animales que hoy son típicamente tropicales, también vivía junto a osos, bisontes, ciervos, linces, etc (ref. 42).

Mammuthus meridionalis. Izquierda, precioso esqueleto completo expuesto en el Muséum national d’Histoire naturelle, París. Crédito: wikipedia. Derecha, representación del animal en vida. Crédito: evoluciona.org

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Pleistoceno. Una era que comenzó hace dos millones y medio de años. Este periodo es muy famoso incluso en la cultura general, pero no por el nombre de Pleistoceno, sino por el de Edad de Hielo. Mas es un nombre engañoso, porque parece indicar que solo una vez las tierras fueron cubiertas por el hielo, e incluso que quizás fue cubierto todo el globo terráqueo.

Realmente la Edad de Hielo no fue ni lo uno ni lo otro. No fue única, la tierra se cubrió de hielo unas veinte veces aproximadamente, fue una secuencia de periodos cálidos de apenas unos miles o decenas de miles de años, que se alternaban con un largo invierno glacial de hasta cien mil años. Tampoco se cubría todo el globo, sino que los hielos alcanzaban Canadá, el área norte de los Estados Unidos, las Islas Británicas y el norte de Europa. Pero lo peor no llegaban a ser los hielos, sino la caída global de la temperatura en cinco o más grados, lo cual disminuía gravemente el régimen de precipitaciones, creando desiertos fríos, generando amplias tundras y transformando los bosques en estepas (ref. 8). En esta época, mientras que nuestros antepasados australopitecinos pateaban el mundo, los mamuts se extendían por el globo.

Alcance máximo de los hielos durante los periodos glaciares del Pleistoceno (2,59 millones de años – 12.000 años). Crédito: Culture is a Weapon.

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Esta es la época que Mammuthus meridionalis se tragó de lleno. A esta especie le sucedió lo mismo que a su antecesor: ocupó un área muy extensa que abarcaba desde los bosques templados de Europa hasta las frías y secas estepas del este de Asia. Sus poblaciones se dispersaron, generándose una amplia diversidad de subespecies (ref. 13 y 18), como M. m. depereti (Francia) o M. m. vestinus (Italia) (ref. 18).

Pero al parecer la historia parecía estar destinada a repetirse. Estudios recientes indican que durante el intervalo comprendido entre los últimos 2 y 1.5 millones de años, en China, el mamut de las estepas (M. trogontherii) se originó como una población diferenciada de M. meridionalis, fenómeno que se vio favorecido por la alternancia de zonas de bosque y zonas esteparias en la China de aquella época. Hace 1.2 millones de años esta nueva especie alcanzaría Siberia. Hace un millón de años invadiría Europa y en un lapso de 300.000 años, de forma lenta pero segura, sustituiría a M. meridionalis en todo el continente (ref. 18).

Aunque el origen del mamut estepario a partir de M. meridionalis está más que aceptado por los paleontólogos, no deja de ser un aliciente el descubrimiento en Israel molares de carácter transicional entre M. meridionalis y M. trogontherii datados en 1.5 – 1.4 millones de años. Curiosamente, con el tiempo algunas poblaciones de M. trogontherii quedaron aisladas en las islas niponas, sus descendientes fueron los Mammuthus  protomammonteus, una especie que se extinguió hace medio millón de años (ref. 13).

Diversidad de restos fósiles de Mammuthus trogontherii hallados en la Cuenca de Nihewan (China), datados en el Pleistoceno Temprano. Crédito: Chinese Academy of Sciences.

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Según la Wikipedia, el mamut de las estepas, el titánico Mammuthus trogontherii, sobrevivió hasta hace apenas 200.000 años, tras conquistar gran parte de Eurasia y Norteamérica. Era capaz de alcanzar hasta 4.7 metros de altura y de poseer colmillos de cinco metros de longitud, por lo que fue uno de los proboscídeos más grandes que jamás hallan existido, superando en setenta centímetros la altura a su “padre”, Mammuthus  meridionalis.

También aparece en la Península Ibérica, en yacimientos del área de Cúllar-Baza de Granada o en terrazas situadas en los márgenes del río Tajo en Toledo. Como su predecesor, también aparece junto a animales típicos de zonas cálidas, las versiones pleistocénicas de hienas, rinocerontes o hipopótamos. También compartía su hábitat con caballos de diversas especies, conejos, jabalíes, lobos, etc. Una combinación faunística de mamíferos que hoy vemos en África y en Europa (ref. 43 y 44).

Representación de Mammuthus trogontherii. Crédito: Paleozape.

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Y la historia volvería a repetirse, una vez más. En un tiempo comprendido entre los últimos 200.000 y 150.000 años,  el mamut de las estepas, tras una breve convivencia, fue rápidamente sustituido por el famoso mamut lanudo (ref. 18 y 20). Este animal, cuyo nombre científico es Mammuthus primigenius (una ironía ya que de “primigenio” tiene bien poco), tuvo sus orígenes en una Siberia sometida al último periodo glacial. La aparición del mamut lanudo cumple muy bien como ejemplo real del Equilibrio Puntuado (del cual hemos hablado aquí y aquí), modelo evolutivo propuesto por el fallecido Stephen Jay Gould, según el cual: cuando surge una nueva especie, su nacimiento ocurre muy rápidamente según la escala de tiempos geológica (ocupando apenas miles a algunas centenas de miles de años) y en enclaves muy concretos, como consecuencia, será extremadamente difícil que en el registro fósil podamos ver todas las gradaciones intermedias entre una especie progenitora y una especie descendiente.

Como gran parte de los estudios paleontológicos de los proboscídeos, este también se basa en el estudio de los molares. El mamut estepario apareció en China hace 1.5 millones de años, poco tiempo después ya habitaba Siberia (~ 1.2 – 0.8 millones de años). Pues bien, hace 0.8 – 0.6 millones de años, los molares de M. trogontherii ya revelan un carácter intermedio entre esta especie y M. primigenius, hace 0.4 millones de años estos mismos molares ya tienen un carácter típico de esta última especie y hace 0.2 millones de años pertenecen indiscutiblemente a M. primigenius. (ref. 18 y 20). Y desde Siberia, hace aproximadamente 200.000 años, los primeros mamuts lanudos se extendieron hacia Eurasia y Norteamérica, desplazando a su antecesor, M. trogontherii, conforme avanzaban (ref. 13). Por lo tanto se observa el nacimiento de una especie a partir de otra precedente tal y como lo dicta el Equilibro Puntuado: la transición dura un instante geológico (~600.000 años) y un lugar concreto del planeta (contados yacimientos localizados en Siberia).

Sin embargo, mientras que en Siberia desde poblaciones de M. trogontherii surgía el mamut lanudo, M. primigenius… por su parte, en Norteamérica se repetía una historia similar: las poblaciones de M. trogontherii aisladas en el Nuevo Mundo engendraban al formidable Mammuthus columbi (ref. 8 y 13), un animal realmente magno, sobre todo si tienen razón algunos autores al sostener que esta criatura y Mammuthus imperator son la misma especie (ref. 21).

El registro fósil de los mamuts muestra este continuo ciclo de aparición, propagación por el mundo y posterior extinción de las especies, gracias a él podemos ver con preciso detalle la evolución de todo un linaje. De hecho, el resumen de todos los datos ofrecidos por el registro fósil de la estirpe de los mamuts muestra una imagen como la siguiente (disponible en la ref. 13):

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Los mamuts evocan nuestra mente. Hacen pensar en pelos, colmillos y… terror.  Pero esa imagen, al menos en lo de los pelos, se corresponde únicamente con los dos últimos grandes miembros del linaje: Mammuthus primigenius y Mammuthus columbi. Son animales muy bien conocidos, en gran parte gracias a los ejemplares ¡congelados! descubiertos en Siberia. Tales hallazgos han permitido realizar estudios genéticos para determinar el parentesco entre los elefantes modernos y los extintos mamuts. Recientemente, los análisis realizados, unos usando únicamente DNA mitocondrial (ref. 47), otros basados solamente en DNA nuclear (ref. 48), reafirman que Elephas y Mammuthus son parientes más cercanos entre sí que con Loxodonta. Lo cual ha sido confirmado con otro estudio que además introduce el material genético del mastodonte en la ecuación (ref. 49).

Relación genética entre distintas especies de proboscídeos. Como puede apreciarse, Elephas y Mammuthus son los más próximos entre sí, seguidos de Loxodonta y desde muy lejos, Mammut, el mastodonte. Crédito: (ref. 49).

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Mammuthus primigenius era una criatura dominante durante el último Periodo Glacial. Su reino se extendía desde las nieves de la mitad norte de Europa hasta los hielos de Siberia. Aunque su sombra alcanzaba latitudes más bajas, siendo identificado en yacimientos de Alemania, España (Cantabria y País Vasco), Estonia, Inglaterra, Italia, Prusia, Suecia, Suiza y Ucrania. Pero parece que el continente europeo se le quedaba pequeño, por lo que invadió Norteamérica (ref. 25 y 45).

Era un animal con una talla de 2.75 a 3.4 metros y un peso de 4 a 6 toneladas. Se le considera un habitante de la fría tundra, aunque también podría ocupar prados y bosques abiertos; asimismo se sabe que su dieta consistía mayoritariamente en una mezcla de hierbas y flores, arbustos y partes de árboles, conocimiento adquirido directamente de los estómagos congelados (ref. 46).

Izquierda, esqueleto de Mammuthus primigenius del Field Museum de Chicago, Estados Unidos. Crédito: EOL Species. Derecha, representación de una gran marcha de M. primigenius, por Alan Turner (2004). Crédito: wikipedia.

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En Norteamérica, por su parte, imperaban Mammuthus columbi y M. imperator ¿Qué tipo de parentesco tenían? Para algunos científicos son la misma especie, para otros M. imperator es subespecie de M. columbi, otras opiniones afirman que M. imperator es una especie distinta evolucionada desde M. columbi.

Al margen de esto, eran animales realmente impresionantes, alcanzaban desde los 4 metros de altura de M. columbi hasta los 5 metros de M. imperator, el mayor proboscídeo conocido. Otro carácter sorprendente son sus colmillos, enormes y recurvados sobre sí mismos. Tales animales dominaron Norteamérica y Centroamérica, hallándose desde Alaska hasta Costa Rica y México; ocuparon áreas abiertas como sabanas y praderas, donde se alimentaban fundamentalmente de hierbas, aunque no desdeñaban arbustos, árboles e incluso cactus (ref. 29 y 50).

Izquierda, inmejorable fósil de Mammuthus columbi, nótese la curvatura de los colmillos. El fósil se encuentra en el George C. Page Museum, de La Brea Tar Pits (Los Angeles, California). Crédito: wikipedia. Derecha, representación M. columbi en el Pleistoceno estadounidense. Crédito: Utah Ice Age.

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Estos emperadores del largo invierno se extinguieron en los últimos 12.000 a 10.000 años… ¿Por qué desaparecieron? No se sabe. Hay quien dice que fue el mismo final de la glaciación y la pérdida de su hábitat lo que acabó con ellos. Otros apuntan a la sobrecaza humana. Otros culpan a la competencia con otras especies. Sea cual sea la causa, lo que es seguro es que han dejado huella en la imaginación humana, una huella que ha quedado grabada en piedra.

Pintura rupestre de un mamut lanudo. Grabado realizado en la Cueva de Rouffignac (Dordogne, Francia), hace 13.000 años. Crédito: Nature

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Por ahora aquí lo dejamos. Hemos conocido a los elefantes africanos y asiáticos, hemos dado un repaso a su anatomía y visto sus diferencias más importantes, antes de incidir en la importancia de los dientes en la Paleontología para luego, centrarnos en el origen y evolución de los mamuts. Gracias a ellos tenemos varios ejemplos de evolución gradual y darwiniana de libro, donde unas especies originan nuevas especies, las cuales se extienden por el mundo y terminan suplantando a sus predecesoras. Incluso hemos encontrado un ejemplo bien bonico que apoya los Equilibrios Puntuados del genial paleontólogo y biólogo evolutivo Stephen Jay Gould. Sin embargo, aún no hemos acabado ¿Qué hay de los mastodontes? ¿De dónde han salido los elefantes modernos? ¿Había otros tipos de elefante durante el Plioceno? Esas son las preguntas que resolveremos en la próxima entrada de esta serie, no se pierdan: «Érase una vez (2) Proboscídeos: Elefantes y Mastodontes (II)».

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Entradas relacionadas.

  • Érase una vez (2) los Proboscídeos. Elefantes y Mastodontes: (I), (II)(III)

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BONUS TRACK. Pink Elephants on Parade – Dumbo (Disney 1941).


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BONUS TRACK 2. Pink Elephants on Parade. Versión de ¡Viva Calaca!


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REFERENCIAS.

Nota: Hay referencias que no aparecen en esta entrada. La razón es que aparecen en «Érase una vez (2) Proboscídeos: Elefantes y Mastodontes (II)», tanto aquella entrada como esta comparten parcialmente la bibliografía.

  • 1.- Prado JM. 1991. Enciclopedia de los Animales, Grandes herbívoros. Círculo de Lectores, 161 páginas.
  • 22.- Rukumar R. Elephants in Time and Space. De Elephants and Ethics: Toward a Morality of Coexistence, Christen Wemmer & Catherine A. Christen, The Johns Hopkins University Press, 2008; páginas 17 – 39.

  1. Luis Miguel (Selfish)
    24 mayo, 2012 en 10:20

    Encantado de volver a leerte Cnidus. Extensa e interesantísima entrada! Pensaba que todos los mamuts eran lanudos y desconocía el estrecho parentesco de los mismos con los elefantes asiáticos.

    Saludos

  2. guilleemas
    24 mayo, 2012 en 13:44

    ¡¡¡Pedazo de artículo!!! ¡¡Muy bueno!!

  3. Carlos
    24 mayo, 2012 en 14:17

    Nada mejor que despertar con un café y un articulo sobre la evolución.

  4. 24 mayo, 2012 en 16:48

    Hola a todos!!!

    También es un placer para mí volver y estar de nuevo acá en La Ciencia y sus Demonios. Espero poder compartir con vosotros mis pequeñas pasiones biológicas 🙂

    Lo dicho, todo un placer y mayor honor estar de vuelta 😀

  5. avaskeptic
    24 mayo, 2012 en 17:41

    Ha sido ver el título y preguntarme ¿pero quién si no Cnidus…? Y veo el autor y ¡tacháaan! Un verdadero placer verte de vuelta, en serio. Ahora no nos dejes, por favor. 😉

    Bueno, tras el entusiasmo de ver aparecer a un antiguo y genial co-autor de este blog paso a leer esto con mucho cuidado.

  6. Álvaro Luna
    24 mayo, 2012 en 19:36

    Mi más sincera enhorabuena, vaya pedazo de entrada te has currado, para mí la mejor que he leído en las últimas semanas. Por cierto, curiosa tu idea, jamás se me habría ocurrido…y es fantástica.
    Saca más historias evolutivas de estas, que me he quedado con ganas de más.

  7. Iván
    24 mayo, 2012 en 21:02

    Buena entrada. Así da gusto “perder el tiempo” en internet

  8. 25 mayo, 2012 en 22:47

    Muchas gracias gente ^_^

  9. KppadoR
    26 mayo, 2012 en 1:06

    Y pum!!!!! adiós elefantes. que se estrellen heridos contra un árbol y que mueran por turistas de caza. el artículo va con segundas.

  10. Herbert West
    26 mayo, 2012 en 1:40

    Increible Cnidus.

    Muy entretenido y muy didáctico.

    Solo una duda: ¿Esto se ha sabido principalmente por los dientes?

  11. 26 mayo, 2012 en 9:38

    Holas,

    Herbert West,

    Por lo que llevo leído, muchas cosas sí que se saben gracias a los dientes. Pongamos por caso, Mammuthus meridionalis, se tiene su esqueleto completo, montado, expuesto y estudiado, lo cual proporciona muchísimo conocimiento de como debió ser el animal. Ahora bien, ¿dónde vivía? ¿que distribución tenía? ¿que tipo de ecosistema ocupaba? Eso sí que se puede saber gracias a los dientes.

    Ya que este animal puede ser identificado gracias al “código de barras” de sus dientes. Encontrar “esos dientes” en X sitios permite saber que ese animal ocupaba esos X sitios. Según la edad del yacimiento, “esos dientes” nos dicen en qué Edad de la Tierra vivía ese animal. Según la naturaleza de los estratos, los granos de polen asociados y otros fósiles, “esos dientes” nos están contando en qué tipo de hábitat se hallaba ese animal y con qué flora y fauna estaba asociado… Y en otros casos, “esos dientes” revelan una transición de-la-leche hacia los “dientes de otra especie”, en este último caso, supongo que solo es sumar dos y dos.

    En otros casos, por desgracia, solo hay dientes. Por lo que se puede saber todo lo mencionado en el párrafo anterior, excepto, la forma “má o meno” exacta que tendría el bicho. Y ahí es cuando los paleontólogos están deseando un buen ejemplar para corroborar sus ideas previas acerca de la posición filogenética de la criatura.

    La verdad es que es apasionante 🙂

  12. Herbert West
    26 mayo, 2012 en 22:29

    Y tan apasionante.

    Nunca deja de sorprenderme lo que la gente puede hacer, si sabe que preguntas “hacerle” a las cosas y como obtener las respuestas.

    Es increible que se puedan saber los parentescos a base de dientes 😀

  13. 27 mayo, 2012 en 4:40

    y hablando de los dientes, en un libro que me regalaron unos testigos de Jehová acerca de la evolución denostaban este tipo de reconocimientos a partir de los dientes y ponían como ejemplo al Ramapithecus, del que decían que es imposible saber si era el “eslabón perdido” si nuestras únicas evidencias eran unos cuantos molares y un trozo de quijada,,,

  14. 27 mayo, 2012 en 8:49

    Y cuando se enteren de que el Ramapithecus no es un ancestro humano, sino de los actuales gorilas y orangutanes dejarán de plantear esos problemas.
    De paso que contemplen algo más que unos molares:

  1. 25 mayo, 2012 en 16:45
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