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Las Bellas Artes, el “sublime” deporte y el “feo” materialismo

22 septiembre, 2015

las 7 artesCuando se trata del estudio científico de las características de la mente y el comportamiento humanos (desde el punto de vista evolutivo por supuesto) es muy habitual el que los firmes defensores de la pretendida “exclusividad” humana recurran a las ya tradicionales acusaciones de reduccionismo, cientifismo y materialismo en un intento, por otra parte desesperado y cada vez más inútil, de mantener fuera del alcance de la ciencia lo que sin embargo no son más que unos productos (todo lo sofisticados que se quiera) de la presión evolutiva.

Así, siempre que se intenta explicar, bien en una conversación, coloquio o entrada de un blog algún comportamiento o propiedad humana “elevada”: razonamiento, compasión, elección de pareja, relaciones paternofiliales, etc. desde el punto de vista evolucionista o simplemente racionalista tarde o temprano siempre aparece la misma objeción:

“Bien, puede que ese comportamiento haya sido seleccionado por un mecanismo evolutivo pero el/la [inclúyase aquí cualquier otro componente de la compleja actividad humana] no puede ser fruto de la fría evolución, sino que es una evidencia de que existe “algo” superior [generalmente el dios judeocristiano], porque no podemos ser un primate más, sujeto a las leyes de la genética, el desarrollo embrionario y demás fuerzas naturales”.

Y el último ejemplo de mí ya (desgraciadamente) dilatada experiencia con personas que sólo pueden ser definidas como “irracionalistas” (en contraposición a los racionalistas) fue la argumentación en una reciente entrada de CyD por parte de un comentarista cristiano de que la poesía no podía tener una explicación científica, y ello por tanto evidenciaría según él el hecho de que existan dominios de la actividad humana ajenos a esa misma ciencia. Sin embargo y por una vez, en lugar de presentar “fríos” datos científicos, permítanme que exponga algunas reflexiones personales (por supuesto siempre dentro del contexto racionalista) que he ido desarrollando estos últimos días sobre la cuestión planteada, y acerca de la relación de las Bellas Artes y el “feo” racionalismo.

caliope musa poesiaPara entrar en materia, tema que en principio puede parecer ridículo para cualquier persona no familiarizada con la ciencia, su historia y su increíble potencia (ya que desde siempre el arte ha sido considerado como algo inexplicable que surge de esa caja negra que se ha asumido que son las “altas” facultades humanas) primero hay que precisar el concepto. Dejando de lado la infinidad de definiciones, que más parecen sacadas de la mente de un romántico del siglo XVIII, que se han enunciado a lo largo de los siglos, un poema podría definirse concisamente como una “transmisión de información de manera oral (porque la escritura es muchísimo más reciente) y rimada”. Y con la ayuda del materialismo científico, de la antropología, del materialismo cultural, de la sociobiología  y campos afines se puede empezar a trazar su contexto evolutivo.

Está suficientemente demostrado el gran salto que supuso para esos primates que fueron nuestros ancestros el desarrollo en su sabana africana ancestral de la extraordinaria adaptación que supuso el lenguaje, hecho clave que les permitió abandonar la celda de su propia individualidad y transmitir, recibir, en una palabra (valga la redundancia) compartir el conocimiento con sus congéneres mediante la vocalización estructurada. Y en un mundo oral, donde las palabras eran tan efímeras que se las llevaba el viento era fundamental la memoria colectiva para no olvidar aquellos hechos o conocimientos nuevos pero importantes para la propia supervivencia y la interacción social, información que además podía ser transmitida a la prole de manera efectiva (y muchísimo más rápida que la tradicional pero exasperantemente lenta codificación genética) con esta nueva adaptación, para que los descendientes no tuvieran que reaprender en cada nueva generación complejas ideas, conceptos o comportamientos novedosos difícilmente expresables con el limitado sistema de comunicación basado en gestos, gruñidos o chillidos, tan habitual en el mundo animal. ¿Y qué mejor forma de conservar la información importante para un grupo que un poema si además se complementa con sonidos para formar una canción?

Desde los albores de la humanidad, los pueblos sin escritura han conservado y pasado a la siguiente generación su memoria (hechos, costumbres, miedos, epopeyas, deseos, adaptaciones, ilusiones, etc.) primero mediante  sencillas composiciones orales de tipo variado, en prosa o en verso, que a lo largo de los milenios fueron ganando en el-contador-de-historias-de-howard-terpningcomplejidad hasta llegar finalmente a los altamente elaborados cantares de gesta, epopeyas o similares, obras de autoría colectiva y en constante edición y reedición que podían llegar a tener miles de versos y cuya recitación completa (por parte de rapsodas analfabetos) podía durar varios días seguidos. Por ejemplo el Cantar del Mío Cid contiene 3.733 versos, cifra casi insignificante comparada con la Ilíada que consta de 15.693 hexámeros y sobre todo con el monumental Mahabharata, que posee un núcleo de unas 24.000 rimas, que se extienden en su versión más larga hasta unos casi inimaginables 200.000 versos. Además, incluso a día de hoy, multitud de sociedades de cazadores/recolectores guardan su memoria histórica, sus costumbres, leyes y conocimientos adquiridos a lo largo de los milenios codificados en forma de relatos orales rimados o no, que pueden ir asociados en numerosas ocasiones a la música.

Otro ejemplo quizás más evidente es el de la pintura o la escultura. Aunque el casi incompresible (al menos para los no iniciados) arte abstracto actual pueda dar una idea de simple fraude con esos cuadros que, aunque parecen poder haber sido realizados por un niño pequeño

Rothko

o incluso realmente pintados por un chimpancé,

Asuka, three-year-old female chimpanzee, draws an oil painting at a studio at Izu Shaboten Park in Ito, southwest of Tokyo September 19, 2004. Asuka made her debut in an exhibition with her 50 painting works on September 17 in Tokyo. REUTERS/Kimimasa Mayama

son obras que sin embargo luego pueden alcanzar exorbitados precios de siete cifras ¡misterios insondables de la cultura!, no debemos olvidar los más que humildes inicios de la composición gráfica.

Gracias a la arqueología, sólo hay que transportarse a nuestro más profundo pasado con esas magistrales representaciones de bisontes,

Reproductions at the Museo del Mamut, Barcelona 2011

ciervos, caballos, jirafas, mamuts y renos, junto con diversas figuras humanas armadas con arcos o lanzas

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o provistas de exagerados atributos sexuales

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para entender la poderosa función utilitarista de estas artes en los primitivos ritos de fertilidad o ceremonias propiciatorias de la caza que se pierden en la noche de los tiempos, o como elementos de cohesión social que nuestros lejanos antepasados daban a lo que actualmente es un simple (o por el contrario quizás un muy complejo) disfrute estético. Un ejemplo histórico mucho más reciente de esa capacidad de transmitir información condensada ha sido el magistral uso propagandístico de la pintura, la escultura y otras artes visuales, sonoras o plásticas por parte de la iglesia católica para adoctrinar en sus particulares mitos a legiones de cristianos de las clases sociales más humildes, obviando el impedimento de que durante siglos y siglos permanecieron en el más completo analfabetismo.

paris_gargola_notre dame

Pero no sólo el arte en general puede haber sido el producto final de la acción de poderosas fuerzas adaptativas, sino que otras facetas humanas bien podrían ser integradas dentro del contexto evolucionista. Por ejemplo, el deporte de élite actual tiene su distante base en comportamientos claramente adaptativos heredados de nuestro más lejano pasado. Así, cuando cada 4 años se celebran los Juegos Olímpicos, en donde miles de los mejores atletas del mundo compiten por la gloria (y el dinero que lleva asociado el triunfo), muchos sin embargo no pueden imaginar que se están repitiendo (eso sí, de manera profundamente transformada) esas estategias tanto individuales como sociales tan útiles que desarrollaron nuestros lejanos ancestros en épocas que se pierden en la noche de los tiempos, conductas que nos permitirían a sus descendientes muchos milenios más tarde uno de los mayores éxitos evolutivos (quizás demasiado) de una especie terrestre al ocupar prácticamente todos y cada uno de los ecosistemas de este variado planeta llamado Tierra. Porque analizados racionalmente los Juegos Olímpicos se1 lanzamiento jabalina subdividen en dos tipos de pruebas: individuales y de grupo. Entre las primeras destaca desde siempre en el puesto de honor el atletismo, con sus carreras de distinta longitud, saltos y lanzamiento de jabalinas y otros objetos, junto con diversas variantes de lucha, además de que entre otros deportes se incluyen pruebas de destreza ecuestre. ¿Y qué son en el fondo todas estas competiciones? pues simples ejercicios “militares” adaptados de los clásicos Juegos Olímpicos griegos, perfectamente útiles para el desarrollo físico y de destrezas de soldados de infantería o caballería en una época previa al reciente invento de las armas de fuego, y que si nos retrotraemos mucho más en el tiempo en realidad eran una adaptación de la preparación de cualquier tipo de individuo o grupo armado: desde las primigenias bandas de cazadores/recolectores hasta los más complejos ejércitos de la Antigüedad. ¿Y que son los deportes de grupo? Pues en el fondo una forma más que efectiva de socializar a los machos 1 holanda-hinchadahumanos (ya que históricamente las mujeres han sido claramente relegadas de estas actividades) en conjuntos homogéneos que desarrollan y comparten un fuerte sentimiento cooperativo y grupal. Sólo hay que observar el llamado deporte rey, el fútbol para comprobar que ha sabido condensar esa esencia: por una parte la necesidad de que pequeños grupos de individuos colaboren ordenada y hasta jerárquicamente por la consecución de un “bien común”: el triunfo, la ritualización de un enfrentamiento entre dos pequeñas “bandas” de adultos bajo unas determinadas “reglas de honor”, y finalmente la transmisión de un fuerte sentimiento de tribalismo hacia esos miles de espectadores que acuden solícitos a los campos de fútbol cada domingo o a los millones de televidentes que observan el “choque” desde la comodidad de su sofá. Fue el escritor uruguayo Eduardo Galeano quien quizás supo expresar mejor esta idea:

En el fútbol, ritual sublimado de la guerra, once hombres de pantalón corto, son la espada del barrio, la ciudad o la nación. Estos guerreros sin armas ni corazas exorcizan los demonios de la multitud, y le confirman la fe, en cada enfrentamiento entre dos equipos entran en combate viejos odios y amores heredados de padres a hijos. El estadio tiene torres y estandartes, como un castillo, y un foso hondo y ancho alrededor del campo. Al medio, una raya blanca señala los territorios en disputa, en cada extremo aguardan los arcos que serán bombardeados a pelotazos, y ante los arcos, el área se llama zona de peligro. En el círculo central, los capitanes intercambian banderines y se saludan como el rito manda…

Por eso quizás de ahí su extraordinario éxito actual, porque visto desde un punto de vista desapasionado eso de que 22 adultos en pantalón corto “luchen” para conseguir alojar una pelota en el fondo de una red parece del todo ridículo (siempre que mi abuelo veía un partido de fútbol mi abuela argumentaba inteligentemente que porqué no repartían balones para todos y así dejaban de correr todos como locos tras la misma pelota). Pero lo que nunca llegó a entender mi abuela en toda su nonagenaria vida fue que el fútbol parece conectar muy eficientemente con comportamientos ancestrales tan profundamente arraigados en la psique humana, que aunque no estén codificados en el ADN para el caso como si estuvieran impresos en el cromosoma Y.

Y ya para terminar quisiera nuevamente recalcar que estas son simplemente unas reflexiones personales, que sin embargo espero que no vayan demasiado desencaminadas. El tiempo lo dirá.

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  1. Abraham
    22 septiembre, 2015 en 7:58

    En cuanto vi el título supe qué comentarista había provocado esta entrada, jeje.

    Por aportar un granito de arena, hablas del origen de la poesía y el arte, en general, y del deporte. Pero lo que no explicas es por qué el arte nos parece “bello”. Tengo una hipótesis, pero no la tengo contrastada.

    La idea surge de lo agradable que es ver una puesta de sol. En realidad, el paisaje iluminado por la puesta de sol. Escuché la teoría de que estos colores son más agradables porque al faltar tonalidades azules el cerebro necesita trabajar menos para interpretar las imágenes. Ya sea por eso, o porque los bastoncillos que reconocen el azul se toman el rato libre, el caso es que el esfuerzo para ver la imagen es menor. Es como si el cerebro te recompensara con una sensación de bienestar por haberle quitado trabajo.

    En este sentido, una rima o canción que facilita la memorización puede ser percibida como bella por el hecho de librarnos de parte del esfuerzo de memorizar. Una pintura hermosa no está recargada de elementos, suele usar una paleta de colores reducida y está diseñada para que la vista se vaya directamente a los elementos importantes que el artista quiera resaltar. La música utiliza sonidos armónicos para agradar, que son los que se producen de manera natural -y por tanto estamos más habituados a oír- en las cavidades y en las voces.

    Luego hay otro tipo de arte, que más que por belleza, destaca por el desafío. Presenta un reto a la audiencia que le hace esforzarse por entender qué quiso decir el artista. Es una especie de rompecabezas en el que debes usar las sensaciones que provoca la obra para tratar de darle sentido a algo que a simple vista no lo tiene. Cuando das con una solución -que no tiene por qué ser “la solución”-, el cerebro te recompensa con endorfinas.

    Así que, aunque el arte sea una evolución de ritos de fertilidad o de la caza, en la actualidad su utilidad principal es provocar sensaciones, no necesariamente agradables, y cuyo objetivo último es lograr placer.

  2. 22 septiembre, 2015 en 8:56

    Abraham

    “No explicas es por qué el arte nos parece “bello”.

    Hay multitud de estudios sobre evolución en los que se muestra que para cada animal (y no olvidemos que nosotros somos una especie más) el placer suele ir asociado a comportamientos o mecanismos que benefician la supervivencia de los genes (en resumen de la especie), a veces por encima de los propios intereses o incluso de la misma supervivencia del individuo en cuestión, el caso más paradigmático es el sexo: absorbente deseo antes y clímax después. Otro ejemplo menos extremo sería la atracción por el dulce, estamos evolutivamente condicionados para que nos guste un tipo de alimento (la glucosa) que en realidad es la forma altamente eficiente y rápida de conseguir energía y que además en la naturaleza es bastante escasa. El problema es que ahora en nuestra sociedad de multinacionales agroalimentarias es un producto muy fácil de fabricar y encima barato, por lo que nos encontramos ante un dilema que condena en la práctica a millones de personas a la obesidad porque es muy difícil luchar contra millones de años de selección natural.

  3. Soplabilorio Camborio
    22 septiembre, 2015 en 9:52

    Muy bien. En lo relativo a los deportes sugiero la lectura de este libro, a mi modo de ver, magnífico ensayo sobre la historia del asunto hasta nuestros días:

    http://www.pepitas.net/libro/citius-altius-fortius

  4. 22 septiembre, 2015 en 16:29

    Creo que entender cabalmente el origen del arte y su función en la evolución de la especie humana requiere analizar qué función cumplen comportamientos similares en otras especies, ya que los seres humanos no somos los únicos animales que han llegado a desarrollar conductas que implican cierta capacidad de apreciación “estética”. Si bien es cierto que las conductas humanas superan ampliamente en complejidad a las de cualquier otra especie animal, no podemos pasar por alto casos como el del pájaro pergolero, que para atraer y seducir a las hembras fabrica enramadas y recolecta objetos de color azul, o el pez globo japonés, que con el mismo propósito crea patrones circulares sobre la arena, o los chimpancés y orangutanes que han desarrollado el hábito de dibujar o pintar, al parecer como mero pasatiempo, aunque es claro que esta conducta apunta a satisfacer una necesidad propia de la psicología del animal, tal cual sucede con los seres humanos.

  5. Pocosé
    22 septiembre, 2015 en 22:38

    El juego es un entrenamiento para la vida real y esto es común a muchas especies, de ahí al deporte, casi nada.
    El arte pudo evolucionar desde, comportamientos sexuales, supersticiones eficaces, identidades culturales e incluso como mera moda ( http://neofronteras.com/?p=4472 ). Más probablemente en nuestra especie como amalgama de estos comportamientos incluso de algún otro. Todo ello intensificado por la trasmisión memética ya bien fortalecida en nuestra especie por la temprana dependencia de las herramientas.

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