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Un “salvaje” racionalista frente a un “civilizado” supersticioso


$(KGrHqYOKokE5lRQFRY6BObes-doe!~~60_35Se tiende a pensar que el racionalismo es un producto del avanzado mundo occidental, aunque sin embargo en toda época y lugar han existido personas librepensadoras, apegadas a los hechos que no caen en la siempre demasiado fácil trampa de confundir sus anhelos y sus sueños con la realidad.

Y quizás uno de los más llamativos ejemplos de ese secular enfrentamiento, repetido una y mil veces a lo largo de la Historia, entre el pensamiento sensato y la superstición mágico-religiosa sea el más que sorprendente dialogo llevado a cabo hace ya más de un siglo por el mas que polifacético Samuel White Baker (ya que fue explorador, naturalista, cazador, político, ingeniero, escritor, general y abolicionista) y un simple jefecillo de una tribu perdida en el más profundo África decimonónico, en lo que actualmente es el jovencísimo Sudán del Sur. Y aunque en principio pueda parecer que este debate estuvo más que descompensado entre el “civilizado” gentleman del Imperio Británico y un simple aborigen analfabeto, el relato del propio Baker no deja lugar a dudas del resultado.

Es hora ya de que sea el propio Samuel Baker quien narre lo que únicamente se puede calificar de llamativo y más que intemporal encuentro, que muy desgraciadamente incluso a día de hoy sigue estando de rabiosa actualidad (puesto que parece que la Humanidad no ha avanzado casi nada desde esa ya lejana segunda mitad del siglo XIX), tal y como lo recoge en su libro “In the Heart of Africa” sobre sus viajes por la región del Nilo.

Un día me reuní con Commoro, el jefe de los “Latooka”, y a través de mis dos jóvenes intérpretes tuve una larga conversación con él sobre las costumbres de su país. Deseaba comprender el origen de la extraordinaria costumbre de exhumar el cuerpo después de su enterramiento, ya que imaginaba que este acto podía representar una creencia en la resurrección.

Comencé la conversación con él felicitando la perfección de sus esposas e hijas en una danza funeraria que se había celebrado recientemente, y en su propia agilidad en la actuación, y le pregunté por el motivo de la ceremonia.

Él respondió que era para un hombre que había sido recientemente asesinado, pero que no tenía gran importancia, ya que la misma ceremonia se realizaba para todas las personas sin distinción alguna.

Le pregunté por qué los muertos en combate se les mantenía sin sepultura. El dijo que siempre había sido esa la costumbre, pero que no podía explicarlo.

“Pero”, respondí, “¿por qué debería usted molestar a los huesos de aquellos a los que ya se habían enterrado, y exponerlos a las afueras de la ciudad?”

“Es la costumbre de nuestros antepasados”, respondió, “por lo tanto, seguimos observando esa misma costumbre.”

¿No tiene usted la creencia en una existencia futura después de la muerte? ¿No es esa idea la expresada en el acto de exhumación de los huesos después de que la carne se haya descompuesto?

Commoro: “¡Existencia después de la muerte! ¿Cómo puede ser? ¿Puede un hombre muerto salir de su tumba, a menos que lo desenterremos? ”

¿Cree usted que el hombre es como una bestia, que muere y todo se terminó?

Commoro: “Desde luego. Un buey es más fuerte que un hombre, pero él muere, y sus huesos duran más tiempo; ya que son más grandes. Los huesos de un hombre se rompen rápidamente; él es débil.”

¿No es un hombre superior en sentido que un buey? ¿No tiene una mente para dirigir sus acciones? ”

Commoro:  “Algunos hombres no son tan inteligentes como un buey. Los hombres deben sembrar maíz para obtener alimentos, pero los bueyes y los animales salvajes pueden obtenerlos sin sembrar.”

Inciso: es más que llamativo el choque de mentalidades, el inglés como buen miembro de la élite dominante del mayor imperio del mundo no puede entender la humildad del africano, que en un par de frases ha sabido poner en su lugar a esa siempre tan vanidosa especie de sapiens que, a pesar de considerarse la máxima perfección de la Naturaleza, sin embargo presenta evidentes carencias.

El dialogo prosigue con otra pregunta ahora más directa de Baxter sobre el tema de su interés:

¿No sabe que hay un espíritu dentro de usted diferente de la carne? ¿No sueña ni deja correr el pensamiento hacia lugares distantes en su sueño? Sin embargo su cuerpo descansa en un solo lugar. ¿Cómo se explica esto?

Commoro (riendo): “Bueno, ¿cómo lo explica usted? Es una cosa que no entiendo; me ocurre todas las noches.”

Yo no sé a ustedes pero a mí cada vez me está cayendo mejor el perspicaz y hasta socarrón Commoro, que parece dominar a la perfección el arte del debate. A lo que responde el explorador:

La mente es independiente del cuerpo. El cuerpo real puede estar encadenado, pero la mente es incontrolable. El cuerpo morirá y se convertirá en polvo o será comido por los buitres; pero el espíritu existirá para siempre.

Commoro: “¿Dónde vivirá el espíritu?”

¿Dónde vive el fuego? ¿No puede producir usted fuego frotando dos palos? Sin embargo, usted no ve el fuego en la madera. ¿No tiene ese fuego, que parece inofensivo y no está en los palos, el poder de consumir todo el país? ¿Qué es más fuerte, el pequeño palo que produce el fuego primero, o el propio fuego? Así es el espíritu dentro del cuerpo, como existe el fuego en el palo, siendo el espíritu superior a la sustancia.

Y después de esta más que forzada comparación para introducir al racional aborigen en el siempre peligroso mundo de lo espiritual, la respuesta de Commoro es antológica por su dominio de los símiles:

Commoro: “¡Ja! ¿Puede usted explicar lo que vemos con frecuencia en la noche cuando uno se pierde en el desierto? Yo mismo he estado perdido, y vagando en la oscuridad he visto un fuego distante; al acercarme el fuego ha desaparecido, y yo he sido incapaz de encontrar la causa, ni podía encontrar el lugar.”

Se puede observar como el “salvaje” racionalista le ha explicado al “civilizado” europeo en un simple párrafo uno de los mayores descubrimientos de la neurociencia actual: que el cerebro humano es capaz de “fabricar la realidad” y que por tanto, bien haría nuestro inglés en ser más escéptico sobre lo que ve, lo que siente y lo que anhela. Así que a nuestro pobre escritor no le queda más remedio que apelar directamente a lo intangible:

¿No tiene idea de la existencia de los espíritus superiores al hombre o la bestia? ¿Usted no tiene miedo del mal excepto por causas corporales?

Y nuevamente la sucinta respuesta del jefe de la tribu es todo un canto al pensamiento crítico apoyado únicamente en los hechos:

Commoro: “Tengo miedo de los elefantes y otros animales cuando es de noche en la selva; pero no en otra cosa.”

Y aquí nuestro protagonista de tez blanca empieza a no salir de su asombro:

¡Entonces usted no cree en nada, ni en un espíritu bueno ni malo! ¿Y usted cree que cuando se muera será el fin del cuerpo y del espíritu; que usted es como los demás animales; y que no hay distinción entre el hombre y las bestias; ambos desaparecen y terminan con la muerte?

Commoro: “Por supuesto que sí.”

¿Usted no ve ninguna diferencia en las buenas y las malas acciones?

Commoro: “Sí, hay buenas y malas acciones en los hombres y en las bestias.”

¿Usted cree que un buen hombre y uno malo deben compartir la misma suerte, y morir por igual, y terminar?

Commoro: “Sí; ¿Qué más pueden hacer? Buenos y malos todos mueren.”

En este punto el británico (imagino que al borde del colapso nervioso) se aferra a la última trinchera, al “hecho” (o más bien infantil deseo) de que debe haber una “justicia” supernatural, con un castigo y una recompensa que de algún tipo de “sentido” a la vida ya que comenta:

Sus cuerpos perecen, pero sus espíritus permanecen; el bueno en la felicidad, el malo en la miseria. Si usted no deja ninguna creencia en el más allá, ¿por qué un hombre debería ser bueno? ¿por qué no habría de ser malo, si puede prosperar por la maldad?

Commoro: “La mayoría de la gente es mala; si son fuertes abusan de los débiles. Las buenas personas son débiles;  ellos son buenos porque no son lo suficientemente fuertes para ser malos”

Y, después de haber recibido esta casi magistral clase de alta política (por parte de un individuo, no lo olvidemos, que desconoce a Maquiavelo) que suscribirían casi todos los líderes occidentales de los últimos siglos, el polifacético gentleman parece encontrar por causalidad el argumento definitivo: la religión cristiana, argumento que parece casi como caído del cielo puesto que según nos cuenta el narrador, en ese preciso momento ¡loada sea la incognocible trinidad cristiana! observó que

Algo de maíz había sido sacado de un costal para los caballos, y unos granos yacían esparcidos por el suelo, así que probé la bella metáfora de San Pablo como un ejemplo del más allá. Haciendo un pequeño agujero en el suelo con mi dedo, coloqué un grano dentro de él: “Esto,” dije “representa cuando muere”. Lo cubrí con tierra y continué, “Este grano se descompondrá, pero de él crecerá una planta que producirá la reaparición de la forma original.”

Y atentos a la magistral respuesta del jefecillo, capaz de derruir dos milenios de teología cristiana casi sin despeinarse con tan solo la ayuda de su propio pero poderosísimo raciocinio:

Commoro: “Exactamente; lo entiendo. Pero el grano original no crece de nuevo; se pudre como el hombre muerto, y se acabó. El fruto producido no es el mismo grano que enterramos, sino el resultado de ese grano. Lo mismo sucede con el hombre. Me muero, me pudro y he terminado; pero mis hijos crecen como el fruto del grano. Algunos hombres no tienen hijos, y algunos granos perecen sin fruto; entonces todo se acabó.”

Commoro, Chief of The Latooka TribeNo se podrá negar que el aborigen era todo un ejemplo de sensatez y pensamiento crítico que en la actualidad no hubiera desmerecido en nada y hubiera podido codearse con cualquiera de los “Cuatro Jinetes del No Apocalipsis” en su hercúlea lucha contra la superstición. Y es una verdadera lástima que este breve relato (junto con el supuesto retrato que acompaña a este texto) sea todo lo que queda del más que interesante pensamiento del jefe Commoro, un filósofo racionalista de primera magnitud.

Así que finalmente Baxter no tuvo más remedio que capitular en toda regla tal y como lo narra él mismo en el último párrafo del correspondiente capítulo:

Me vi obligado a cambiar el tema de conversación. En este salvaje y desnudo aborigen no había ni siquiera una superstición sobre la cual asentar un sentimiento religioso; sólo había una creencia en la materia y para su conocimiento todo era material. Fue extraordinario encontrar tanta claridad de percepción combinada con tan completa torpeza para cualquier ideal.

Y como corolario de todo este relato quizás lo más llamativo fuera el que el polifacético y viajado Baxter, miembro aventajado del mundo occidental ni siquiera llegara a intuir la tenebrosa cárcel mental en la que se hallaba atrapado. ¡Misterios insondables de adoctrinamiento religioso!

Y ya para terminar (y como he comentado anteriormente) es una lástima que no tengamos acceso a las reflexiones del jefe Commoro tras la visita del extraño y más que supersticioso inglés porque muy seguramente no tendrían desperdicio. ¡Menuda fama que dejaría entre los Latooka nuestro caballero británico!

Entradas relacionadas:


  1. 26 mayo, 2016 en 3:04

    Impresionante, personas sencillas pueden darnos grandes lecciones.

  2. borigirl
    26 mayo, 2016 en 4:12

    Esa ultima respuesta del jefe Commoro fue un ” ¡¡Turn after What!!” tu tu …tu… tu…tututu

    Me encantó su sencillez y su falta de pomposidad y pretensión. Cuando se le preguntó por la costumbre de mantener los muertos desenterrados y que el contestara tan honestamente que así era la costumbre. También me hubiese gustado saber mucho mas sobre Commoro.

  3. 26 mayo, 2016 en 6:25

    Excelente.!

  4. 26 mayo, 2016 en 13:26

    Me imagino al jefe Commoro después de que el gentleman se hubiera ido:

    -“¿Y este iluminao de ande habrá salio….?… claro, claro, toman yervas de las del hechicero y no saben tasar la dosis… ¡¡tendré que hablar con el hechicero para que no le ande dando cosas a los visitante que luego se ponen pesaos!!”

  5. Anónimo
    27 mayo, 2016 en 3:08

    Extraño, porque la gran mayoría de aborígenes tienen ese tipo de pensamiento supersticioso forjado a través del tiempo en que las explicaciones a lo sobrenatural no se podían lograr con una lógica racional.

  6. 27 mayo, 2016 en 10:49

    Anónimo

    Eso demuestra que en todas partes ha habido siempre algunos individuos racionalistas, aún cuando por supuesto entre los Latooka imagino que existiría una mayoría de supersticiosos.

  7. nestor
    27 mayo, 2016 en 16:58

    Con la racionalidad de algunos, es que las corporaciones se apropian de las nuevas biotecnologías y se alejan cada vez mas de la ciencia digna; por lo cual los “jefes Commoro”, no les inquietan.

  8. 27 mayo, 2016 en 22:30

    Tío, menuda fiera el Commoro. Estas si que son ideas tradicionales llenas de sabiduría.

  9. 28 mayo, 2016 en 16:45

    Reblogueó esto en Jaov18's Blog.

  10. 3 junio, 2016 en 19:46

    Yo acotaría que el racionalismo tiene además la virtud de que tiende a hacernos naturalmente más éticos y morales que los creyentes. Los racionalistas no necesitamos ninguna promesa de recompensa o amenaza de castigo en el más allá para asumir conductas éticamente correctas y respetuosas del otro. Lo hacemos simplemente porque actuar de ese modo es más lógico, y sin duda mucho más sencillo, que ir por la vida fastidiando tontamente a los demás.

  11. 7 junio, 2016 en 20:42

    Usar la razon para justificar la existencia del alma es infructifero puesto que por ningun medio conocido se ha logrado determinar la existencia de un alma, como no hay alma existente entonces no hay vida despues de la muerte y cada ser, no importa su intelecto, solo vive una vez por vida. El error del explorador britanico consistio en creer que lo que se nos muestra en un principio es lo que sera lo cierto de por vida. Lo que se nos muestra en el principio de nuestras vidas solo es una parte minuscula de la verdad.

  12. holofernes
    26 junio, 2016 en 8:57

    Saludos, soy un lector de este magnífico blog pero no he participado nunca aunque sí en otros blogs ateos y estoy totalmente de acuerdo con lo expuesto en este estupendo hilo.

    Muchos cristianos polemistas piensan que los ateos somos todos muy conocedores de la ciencia a la que “adoramos” (ojalá, yo de ciencias tengo una culturita general y no más) y estoy harto de decirles que para ser ateo con el sentido común más elemental ya basta, que no es necesario (aunque ayude) el conocimiento científico para ser escéptico con relación a esos seres increíbles e indemostrados y a esas “otras” vidas que nadie vivió. Commoro lo demuestra una vez más.

    Pero este mismo fenómeno lo he visto mucho, sin viajar al África profunda, en la España profunda: por edad y circunstancias me muevo en un ambiente rural y conozco muchos campesinos ya mayores, que por las terribles circunstancias pasadas son analfabetos o casi (enorme desperdicio en algunos casos pues tienen mentes brillantes), jamás leyeron un libro, vivieron en el nacional-catolicismo rural… y sin embargo, refractarios a cuanto les dijeron los curas, son tan ateos como Dawkins o Hitchens y explican su ateísmo casi igual de bien… porque en el fondo el ateísmo es extremadamente simple, es no creer cosas increíbles cuya existencia descarta la observación de la realidad y repugna al sentido común mientras no se aporten pruebas racionales muy, muy convincentes de que sí existen.

    Hay muchos Commoro y yo conozco a algunos ;D

    Saludos y felicidades por el blog.

  13. 31 julio, 2016 en 2:15

    Ciertamente el aborigen presenta lucidez pragmática pero nada mas…La metafísica y la filosofía que si bien es cierto no “sirven” para nada “dieron” origen a la escuela filosófica, la sicología y a los principales ideales que reconoce el mundo occidental como propios no hay porque avergonzarse de ellos so pretexto de creer que el pragmatismo es la verdad verdadera. Falso.

  14. 31 julio, 2016 en 7:22

    hectorcerocuatro

    No veo qué relación tienen la metafísica en particular y la filosofía en general con la superstición, que es la base del fenómeno religioso. Es más, Commoro al carecer de pensamiento mágico estaba más que preparado para analizar la realidad, que es el objetivo de la metafísica.

    Y aún añadiría algo más, sin un fuerte racionalismo toda la estructura de pensamiento termina inexorablemente construyendo la elaboradísima, pero eso sí vacía, irracional y hasta demente teología que atrapa a los más brillantes pensadores en absurdos “razonamientos”. Ahí tenemos la prueba de los milenios desperdiciados en estúpidas disputas como esa famosa de cuántos ángeles cabían en la cabeza de un alfiler.

    Porque para bien o para mal el cerebro es como el sistema inmune, que no puede estar inactivo y si no tiene nada real en lo que pensar acaba inventándose las más disparatadas “teorías”, lo mismo que cuando el sistema inmune no tiene patógenos contra los que luchar puede acabar generando autoinmunidad.

    Así, sólo un fuerte racionalismo diferencia un pensador de un literato, el primero debe controlar muy ajustadamente su pensamiento mientras que el segundo puede dar rienda suelta a su imaginación. Y el problema aparece cuando uno se olvida de que su imaginación es subjetiva y entonces convierte sus pensamientos en realidad, por lo que se acaba creando el monstruo de la teología.

  15. Dendrocopos
    9 agosto, 2016 en 8:25

    si ya decia yo….que con las ideas imperantes por aquí, el nivel de sabiduria y/o tecnologia que se alcanza es el de arco, lanza y flechas de obsidiana…

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