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Año 2018: Pamplona celebrando la más irracional superstición médica medieval


España es quizás el único país occidental que parece haber parado su calendario allá por la lejana y más que oscura Edad Media. Porque sólo así se puede entender que en una época en donde el conocimiento científico es abrumador y junto con el esfuerzo y el tesón de miles de científicos de los dos últimos siglos se ha  podido explicar cómo se producen, se expanden, desaparecen y hasta se eliminan las epidemias, todo un consistorio en pleno rinda erróneo y más que ignorante homenaje a una más que disparatada superstición médica.

La bacteria Yersinia pestis es un patógeno natural en roedores, a los que infecta a través de un vector: la pulga de la rata (Xenopsylla cheopis). Este insecto adquiere la bacteria al chupar la sangre de un roedor infectado y transmite Y. pestis a otros animales en posteriores picaduras. La infección natural es muy agresiva, de tal manera que la gran mayoría de ratones o ratas que se infectan acaban muriendo, aunque los que sobreviven se convierten en reservorio infeccioso. Evolutivamente hablando, en el medio natural la posibilidad de que esta enfermedad se transmitiera a los seres humanos era muy baja y así fue mientras los sapiens mantuvimos nuestro ancestral lugar dentro de la ecología terrestre: pequeños grupos de cazadores-recolectores dispersos por amplios territorios vírgenes. Ahora bien, tal y como muy acertadamente ha expuesto el biólogo evolutivo Jared Diamond, hace unos diez mil años nuestros antepasados cometieron quizás el peor error de todos los que ha cometido esta siempre tan particular especie de monos bípedos: la Revolución Neolítica.

Esta revolución significó el abandono de la posición que había mantenido nuestra especie y sus antepasados en la Naturaleza a lo largo de varios millones de años, y su sustitución por la creación artificial de un novedoso ecosistema, primero con grupos de algunos cientos de humanos conviviendo muy estrechamente entre sí y con diversos animales de los que luego llamaríamos domésticos (perros, gatos, cabras, cerdos, etc.),

que con el paso de los siglos se fue ampliando exponencialmente, dando lugar a agrupaciones humanas de decenas y hasta de cientos de miles de individuos moduladas por dos factores principales. El primero, un desconocimiento total de como aparecen y se transmiten las enfermedades infecciosas, ya que los comportamientos seleccionados evolutivamente durante nuestro larguísimo pasado como cazadores-recolectores no servían para ese más que peligroso nuevo ecosistema artificial, que fue desarrollándose y haciéndose además mucho más complejo en unos pocos milenios, lo que en términos evolutivos es un suspiro, y en donde la selección natural actuó de modo brutal sin que los genes y el comportamiento humanos tuvieran casi tiempo para adaptarse a la más que acelerada y letal presión de las zoonosis convertidas en nuevos y más que mortíferos patógenos humanos.

Y segundo, el hacinamiento de humanos y animales impuesto además por las condiciones históricas: en donde primero los pueblos y luego las ciudades se edificaban cerrados inicialmente por empalizadas y más tarde por cada vez más sólidos muros, fortificaciones y murallas y en esos recintos ya constreñidos aumentaban la densidad de población con calles más que estrechas y con mil recovecos. Todas esas ciudades antiguas, que todavía perviven pintorescamente en los cascos históricos de algunas urbes europeas modernas, tenían una evidente y más que efectiva función defensiva a corto plazo evitando la muerte de sus habitantes por parte de asaltantes, bandidos y más tarde por tropas y ejércitos extranjeros.

Pero sin embargo, en el medio y largo plazos estos poblamientos hacinados, sucios, oscuros y más que antihigiénicos se convirtieron en el caldo de cultivo ideal para que virus, bacterias y parásitos de todo tipo, junto con sus vectores asociados de pulgas, ácaros, ratas y demás animales oportunistas se adaptaran a este nuevo nicho ecológico en constante crecimiento. lugares que además les suministraban una inagotable fuente de nuevos hospedadores con pocas o nulas defensas. Visto en perspectiva, y desde el punto de vista de estas especies, es más que evidente que había llegado el paraíso a la Tierra en forma de bípedos con poco pelo y algo cabezones.

Y así a lo largo de la historia se sucedieron con letal actividad las recurrentes pandemias provocadas por diferentes patógenos, entre los que cabe destacar la más que terrible peste negra o bubónica, enfermedad producida por la bacteria anteriormente mencionada: Y. pestis. Aunque la peste negra había causado estragos casi desde que se tenían registros históricos, como en la famosa Plaga de Justiniano allá por el siglo VI, en siglo XIV alcanzó cotas de genocidio cuando una nueva epidemia se extendió por todo el viejo mundo gracias al comercio de la ruta de la Seda, alcanzado India y China por el Este y Europa Occidental por el Oeste, produciendo la muerte de alrededor de 100 millones de personas y que, con tasas de mortalidad de entre el 30 y el 60% de los habitantes de las regiones afectadas, llegó a producir el despoblamiento de amplias zonas de Europa y el colapso económico y social de muchos territorios.

Es por ello comprensible que en esas épocas precientíficas, en donde la simple ignorancia y la peligrosa superstición campaban a sus anchas a falta de verdadero conocimiento (que tardaría todavía bastantes siglos en llegar en forma de ciencia moderna) la aparición de una epidemia como la de la peste negra desatara el más terrible pánico, y que los autoproclamados mediadores de lo divino “arrimaran el ascua a su sardina” como reza el viejo dicho castellano y encontraran no sólo “explicaciones” sino también “remedios” ante un desastre de magnitud casi apocalíptica.

Y eso es lo que ocurrió en el lejano año del señor de 1599, cuando reinaba en tierras hispanas Felipe III, no por casualidad conocido por el sobrenombre de “El Piadoso”, cuando se produjo una nueva epidemia de peste negra con origen en el puerto de Santander y que en años posteriores asoló a las también cristianas tierras navarras. Pues bien, cuando ya habían fallecido más de 250 pamplonicas por la terrible bacteria las fuerzas vivas de la ciudad decidieron tomar cartas en el asunto y cortar el mal de raíz. ¿Y qué se les ocurrió a los gobernantes navarros? pues como no podía ser de otra manera, decidieron sacar en procesión a la supuestamente potente imagineria católica en forma de una representación de “Las Cinco Llagas de Cristo” junto con la “Corona de Espinas” para rogar a los poderes supraterrenales que acabaran con la pavorosa epidemia. Por cierto, rogar a esos mismos poderes que “lógicamente” habían enviado anteriormente la plaga a matar a los navarros (herejes, ateos y por supuesto hasta devotos católicos) en un irracional pero “comprensible” acto desesperado de unas mentes, no olvidemos medievales, que no podían ni comprender, ni siquiera atisbar la verdadera realidad de la situación. Y según rezan las crónicas, tras la cristiana procesión la plaga “remitió”. Y por ello en el también año del señor de 1601 el consistorio de la ciudad de Pamplona decidió conmemorar el milagro con una procesión de toda la corporación municipal en pleno desde el Ayuntamiento hasta la Parroquia de San Agustín, tradición que se instauró con caracter anual.

Y lo malo de todo este asunto es que lo que en el siglo XVII o incluso en el XVIII pudiera ser todavía disculpado, resulta del todo ofensivo para cualquier persona mínimamente racional en este año (ya no del señor) de 2018, cuando el alcalde de Pamplona y perteneciente a la izquierda aberzale, junto con concejales de varios partidos que portaban la tradicional bandera negra en señal “de luto” hayan renovado con toda suntuosidad el voto por la supuesta milagrosa intervención médica divina de hace 400 años ya que, y cito textualmente

Pamplona sabe ser agradecida

¡Y a tomar vientos los estudios de Koch, Pasteur y el resto de científicos que dedicaron su vida a desentrañar los misterios de la microbiología, la virología, la epidemiología o ya puestos la medicina en general! Y estos comportamientos tan irracionales como supersticiosos explican cómo España es el único de los países desarrollados de mayor población con tan sólo un único Premio Nobel en Ciencias.

P.D.

Sería de justicia “divina” que cuando alguno de estos pobres ignorantes del consistorio pamplonica, tan apegados a la superstición, acudieran al hospital con una severa infección bacteriana el médico de turno, en lugar de administrarles esos impíos y más que ateos antibióticos, debería enviarle a casa con 4 o 5 padrenuestros y la obligación de sacar en procesión a la venerada imagen de “Las Cinco Llagas de Cristo” para aliviar sus dolencias. Y que la selección natural siga haciendo su sacrosanto trabajo sin las trabas que le pone cada vez más fuertemente esa siempre Ciencia atea.

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  1. Eduardo Baldu Gil
    9 abril, 2018 en 10:53

    Ateo, no debes olvidar que el posicionamiento político, sea cual sea, no está reñido con la irracionalidad. Es cierto que existe la imagen (falsa) que la izquierda es más racional que la derecha. Eso es cierto en parte cuando hablamos de una derecha vinculada al Antiguo Régimen, a las concepciones religiosas, pero la derecha basada en el individualismo, liberalismo y las concepciones puramente económicas, no tiene por qué serlo. Igualmente hay una izquierda racional que tiende al racionalismo, pero hay otra izquierda más visceral que puede ser totalmente irracional (ver la influencia del pensamiento posmoderno en la izquierda). Y después está el oportunismo, que se da en todo el espectro político. Muchos políticos, ante el posible efecto en los votantes y crean ellos lo que crean, están dispuestos a transigir ante ciertos ceremoniales con tal de evitar una hipotética pérdida de votos.
    En mi opinión, si el político actúa en base a sus creencias, merece ser criticado por rendirse a la irracionalidad. Si por el contrario, lo hace por oportunismo, las críticas las merece por falta de honestidad. En todo caso, el ejercicio de un cargo público debería exigir racionalidad y honestidad a partes iguales por parte de quien lo ejerce.

  2. 9 abril, 2018 en 11:07

    Y por si fuera poco el Gobierno de Cantabria promueve una Fundación dedicada a la conservación y publicidad del “trozo más grande de la Cruz de Cristo”, el más que falso “Lignum Crucis”. http://participacion.cantabria.es/procesos-de-participacion/-/procesos/ver/4101

  3. 9 abril, 2018 en 11:14

    Eduardo

    Estos son los compromisos de ese partido respecto a la laicidad:

    “Se eliminará el simbolismo religioso de todos los edificios y actos de carácter público.
    Quedará prohibida la realización de actos religiosos en espacios públicos: centros escolares, universidades, centros de salud, cárceles, juzgados, etc.
    En el periodo de representación pública, no se participará en actos de carácter religioso.
    Se eliminarán todos los honores civiles dedicados a simbologías o ideologías de carácter religioso, con carácter retroactivo.
    Se cancelarán las emisiones de oficios religiosos de los medios de comunicación públicos.”
    Es más también dice que:

    “Activación de medidas para la eliminación de subvenciones públicas dedicadas, directa o indirectamente, a confesiones religiosas.
    Se comenzará a desamortizar el patrimonio de interés general que esté en manos de la iglesia católica, para que pase a ser de utilidad pública.”

    Entre otras muchas propuestas tal y como lo muestra su programa electoral

    https://ehbildu.eus/programa/2016/laicidad.pdf

  4. Eduardo Baldu Gil
    9 abril, 2018 en 11:39

    Existe una evidente contradicción entre los principios rectores de la organización política y los representantes de la misma. Y una responsabilidad por parte de ambos (organización política y representantes elegidos). No deberíamos olvidar que los políticos elegidos lo son en base al aval del partido que los presenta, y ello incluye los principios asumidos por dicha organización. Si los representantes elegidos no cumplen con tales principios, deberían dimitir. Por otra parte, la organización debería llamarles al orden ante tal incumplimiento. Desgraciadamente tales contradicciones (sobre todo en el tema de la relación con la Iglesia Católica) son extremadamente frecuentes en todas las organizaciones políticas, llamando especialmente la atención en las calificadas, o autocalificadas, de izquierdas.

  5. 9 abril, 2018 en 13:02

    Los abertxales de izquierda solo tienen el nombre, son muy parecidos la derecha religiosa con la que comparten muchos (demasiados) vicios.

  6. Luis Sanchez
    9 abril, 2018 en 16:57

    En Euskadi y en Navarra los lazos de la izquierda (aberzale o no) son muchos y profundos. A mi me da la impresión de que al final les asusta la pérdida de votos y tragan carros y carretas.
    Lo de la racionalidad y honestidad a partes iguales (como bien dice Eduardo BG) se queda bastante fuera de la política, dónde la laicidad está en segundo plano en el ideario político, siempre y cuando no toque temas franquistas, y donde el fin justifica los medios, siempre.

  7. Eduardo Baldu Gil
    9 abril, 2018 en 19:17

    En mi opinión, la mayoría de organizaciones de izquierda, empezando por los socialistas, padecen de una especie de síndrome de culpabilidad por el anticlericalismo que fue más o menos intenso desde mediados del siglo XIX. El nacional-catolicismo se encargó de demonizar dicho anticlericalismo, y buen parte de la gente interiorizó esa demonización. Nadie ha tenido el más mínimo interés en estudiar las causas de ese anticlericalismo, que no son otras que el abuso de poder sistemático por parte de la Iglesia Católica que, durante siglos, hemos tenido que soportar. Aquí es más evidente que en otros países europeos, donde el protestantismo ha actuado de contrapeso a la Iglesia católica (y eso no quiere decir que los protestantes sean unos santos, que no lo son, sino que entraban en competencia unos con otros).
    Ante esta situación, en lugar de denunciar el abuso de poder de la Iglesia Católica, muchos han optado por mostrar una “cara amable” ante la misma, con lo que lo único que hacen es contemporizar y dar aún más alas a las exigencias de la Iglesia.

    Nota: Había subido este comentario en una entrada erronea

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