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Políticos que aplican la Ciencia: rara avis más que perspicaces


El método científico es con toda seguridad la mejor herramienta de que dispone la Humanidad no sólo para comprender la realidad, sino también para algo mucho más importante a efectos prácticos: para tomar decisiones racionales a la par que eficientes. Por ello, los responsables del bien público deberían tener muy presente los métodos y las conclusiones científicas si quieren de verdad solucionar los problemas de la ciudadanía.

En Occidente se tiende a pensar que la democracia es un simple asunto de números, en donde las decisiones deben tomarse por mayoría aun cuando estas puedan ser no sólo erróneas, sino contraproducentes, onerosas para las arcas públicas e incluso altamente dañinas para los sectores más desfavorecidos de la sociedad. Y sería bueno que cuando la ciencia presenta sus evidencias, la política pasara a un segundo paso y sirviera para implementar el conocimiento obtenido.

Y un ejemplo de todo ello es la actual obsesión por los recortes. Economistas y políticos neoliberales repiten incansablemente que la mejor forma de ahorrar dinero en las maltrechas arcas públicas es abandonar cualquier tipo de ayuda social, dejando que cada ciudadano sobreviva lo mejor que pueda con sus propias fuerzas. Y este razonamiento, además de criminal, resulta que es también un disparate económico, tal y como lo demuestra el siguiente caso que lleva desarrollándose en las paradisiacas islas Hawái durante los últimos años.

Allí un tal Josh Green, perspicaz senador del estado insular, que además es médico de urgencias en un hospital isleño, estuvo analizando durante tiempo el problema de la pobreza extrema, la de esos vagabundos que malviven en todas las ciudades del mundo desarrollado, porque en su jornada de trabajo tiene que tratar de manera habitual a muchos de ellos. De tal manera que nuestro protagonista, aparte de atender a estos desheredados fue un poco más allá y analizó el problema desde una perspectiva científica más global. Al final de su estudio, que derivó hacia el campo de la economía observó, no sin cierta sorpresa, que estas personas que sobreviven prácticamente sin nada, resulta que sin embargo son una costosísima carga para las arcas públicas.

¿Y cómo puede ser eso? se preguntarán ustedes. Porque los ciudadanos normales tendemos a pensar que estos pobres parias de la sociedad moderna no necesitan nada ya que viven en la calle, comen desperdicios y se visten con harapos. Pues nuestro inteligente híbrido de político, médico y científico social descubrió que precisamente por no tener y no necesitar en apariencia nada, estos pobres desheredados entre los desheredados sufren de multitud de enfermedades de todo tipo. Y como el sistema sanitario, ni siquiera en los más que privatizados EEUU,  no ha llegado (todavía) hasta el punto de dejar morir en la calle como a perros a estos pobres desechos humanos (cosa que de seguir así, muy probablemente llegará a ocurrir más pronto que tarde), pues cuando uno de ellos está tan evidentemente enfermo que hasta esos ciudadanos normales y corrientes que habitualmente ni les vemos le remuerde (aunque sea sólo un poquito) la conciencia, llama con su flamante smartphone a los servicios de emergencia y entonces se pone en marcha un costosísimo dispositivo de ambulancia, atención médica en la calle, ingreso en urgencias y varios días o semanas de hospitalización. Proceso que nuestro más que inteligente protagonista ha determinado que puede salir por la friolera de varias decenas de miles de dólares cada vez que se pone en marcha para evitar poco más que la muerte inminente del desgraciado indigente.

Porque lo más llamativo del caso es que este dinero gastado sirve únicamente para prolongar el sufrimiento y la agonía del sujeto, puesto que en cuanto el vagabundo se encuentra lo suficientemente recuperado obtiene el alta médica, y evidentemente vuelve a su desgraciada vida, es decir a convivir otra vez con el frio, la lluvia, la comida en mal estado y todo tipo de patógenos que se ceban sobre sus maltrechas carnes. De tal manera que no es para nada infrecuente que unas pocas semanas o meses después de la intervención médica, el mismo deteriorado y pobre despojo humano vuelva a necesitar otra vez nuevos cuidados médicos intensivos que únicamente terminan cuando el pobre hombre acaba finalmente falleciendo.

Así, nuestro senador hawaiano ha estudiado el caso de un vagabundo que en poco más de 4 años tuvo que ser hospitalizado 21 veces por las más diversas dolencias. Y por supuesto, en ninguna de las ocasiones el desgraciado pagó nada (porque nada tenía) de una más que abultada factura que ascendió en conjunto a varios cientos de miles de dólares, por lo que al final es el estado insular el que tiene que hacerse cargo de los honorarios médicos. El mencionado político ha indicado también que este caso no es excepcional, sino que un grupo relativamente pequeño de vagabundos con la salud muy deteriorada (los más pobres entre los pobres) necesitan de media atención médica por valor de unos 120.000 dólares al año, dinero que por supuesto es pagado religiosamente con los impuestos del resto de los hawaianos.

Por ello y teniendo en cuenta que el gasto de mantener a un vagabundo en un centro de acogida es de unos 18.000 dólares al año, este médico lleva batallando años para que en Hawái a los sin techo se les considere enfermos crónicos y puedan ser ingresados en residencias especializadas en donde, además de tener una mejor calidad de vida, encima ahorrarían bastante dinero público proveniente de los contribuyentes norteamericanos.

En resumen, que los servicios y ayudas sociales no sólo no son un despilfarro sino que, además de un acto de humanidad con los más desfavorecidos, son un buen negocio para la sociedad porque lo más barato para todos es cubrir las necesidades básicas de los más desfavorecidos y ya puestos de toda la ciudadanía. O eso, o ese futuro que nos presenta a veces la ciencia ficción en donde los desheredados son expulsados o directamente eliminados, utopía con la que muy probablemente sueñan algunos, pero que todavía (aunque no crean, que al paso que vamos todo se andará) no se atreven a defender en voz alta.

P.D.

Esta entrada es una reelaboración de otra previa publicada en mi blog personal.

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  1. Tobaga
    29 mayo, 2018 en 12:12

    Siempre he pensado que, toda sociedad que se precie, no prosperará si no es de forma colectiva.

  2. Eduardo Baldu Gil
    29 mayo, 2018 en 13:49

    Me pregunto si alguien ha valorado también si, sobre todo en las zonas en las que el chabolismo y el hacinamiento son frecuentes, las personas en situación de pobreza extrema pueden convertirse en reservorio de enfermedades contagiosas. Para el conjunto de la sociedad (al margen del concepto de justicia social) podría ser un buen negocio dotar a esta gente de condiciones de vida dignas, porque el coste de tal opción puede ser menor que las consecuencias de una posible epidemia.

  3. nestor
    29 mayo, 2018 en 14:54

    Entonces, un sistema de servicios y ayudas sociales mas la famosa RBU y nos abrazamos!!!!!!!!!!!!

  4. 29 mayo, 2018 en 16:25

    Hola:

    En los inicios de la humanidad, teníamos un alto grado de incertidumbre y recursos escasos por lo que la competencia era fundamental. Cosa de supervivencia.

    Pero ahora la sociedad tiene un gran desarrollo científico y tecnológico, lo cual nos ha dado ventajas, pero también genera mayores problemas.

    Todo ello conlleva a que debemos ser más responsables. Porque tenemos más poder, y ello implica más cooperación que competencia.

    Hay que planificar, tener cierta capacidad de anticipación, romper con los círculos viciosos. Como lo planteado en Hawai. Basarnos en los hechos, no en ideologías.

    Frente a nosotros existe la posibilidad de un brillante futuro, pero la única forma que lleguemos a este, es que lo hagamos todos juntos.

    Saludos.

  5. 29 mayo, 2018 en 22:17

    Reblogueó esto en Jaov18's Blog.

  6. Alfonso
    30 mayo, 2018 en 15:05

    Esto me recuerda a una charla que vi en TED, aunque no la he podido localizar. En ella se relataba que la depresión mayor suele ser diagnosticada y tratada principalmente en gente de clase media y alta, porque esta gente a la que le suele ir bien en la vida entiende que no es normal estar deprimido, por lo que consulta al médico, se trata y mejora. La gente de clase baja, más aún los indigentes, entienden que su estado depresivo es normal para su situación, con lo que no consultan, no se tratan y no mejoran. Y en realidad, su estado depresivo no es causado por su situación de pobreza relativa o absoluta, más bien suele ser al revés, la depresión es la causa de la pobreza, por la incapacidad laboral y social que produce. En la charla se relataba un experimento consistente en buscar activamente casos de depresión en gente que consultaba al médico por cualquier problema, y también en indigentes que vivían en la calle. Un porcentaje importante presentaba depresión, se les trataba con antidepresivos y un alto porcentaje mejoraba total o parcialmente. Entonces se producían cambios maravillosos: gente que llevaba años sin trabajar encontraba trabajo, mejoraban las relaciones familiares que estaban muy deterioradas, las mujeres dejaban de tolerar el maltrato conyugal, incluso muchos indigentes salían de la calle. Con el caso concreto de los indigentes, se sabe que un porcentaje muy elevado presentan depresión, esquizofrenia, trastorno bipolar, alcoholismo, que por supuesto no están tratados de ninguna manera. Con una atención integral a los indigentes, a los pobres y a toda la población en general, incluyendo atención psicosocial, facilitación de la inserción laboral, atención a la salud mental, el ahorro obtenido sería enorme, pues muchos de ellos pasarían de producir un gran gasto sin aportar nada, a ser miembros activos de la sociedad que pagan impuestos y cotizan a la seguridad social. La solución no es considerarles enfermos crónicos e ingresarles en una residencia, sino tratar su enfermedad crónica, que suele ser depresión mayor, y ayudarles a encontrar trabajo y vivienda.

  7. 30 mayo, 2018 en 16:59

    Muy interesante, intentaré encontrar esa charla.

  8. Turing
    31 mayo, 2018 en 3:48
  9. Alfonso
    31 mayo, 2018 en 6:01

    ¡Ya la he encontrado!. https://www.ted.com/talks/andrew_solomon_depression_the_secret_we_share?language=es
    Además dime muchas otras cosas muy interesantes sobre la depresión, de mano de alguien que la ha sufrido. Es muy importante que la población conozca la importancia de saber detectar y tratar una depresión, puesto que un porcentaje muy elevado de los casos nunca son diagnosticados ni tratados y se cronifican y esta gente ve arruinada su vida, cuando podía evitarse con un simple antidepresivo.

  10. Eduardo Baldu Gil
    31 mayo, 2018 en 13:12

    Alfonso, tengo que discrepar. No pretendo decir que no haya algunos casos que reflejen lo que dices en tu entrada, pero no como generalización. Sería como decir que la distribución injusta de la riqueza no existe y que la pobreza y la marginación son consecuencia de depresiones no diagnosticadas y no tratadas. Pero la realidad es la que es, y cuando la tasa de paro es muy elevada y, si tienes empleo, muchos de los salarios percibidos apenas alcanzan para la más elemental supervivencia, atribuir la situación social a la depresión me parece una interpretación bastante absurda. Sería planteable tal supuesto en una situación de pleno empleo y con salarios mínimos más que suficientes para llevar una vida típica de clase media baja (al menos). Eso significaría la existencia de una causa no imputable al modelo económico, como sería el caso de la depresión. Pero en la situación en que vivimos, en todo caso es un factor más o menos agravante. Ten en cuenta que estas planteando depresiones sin causa aparente que arruinan la vida de la gente, pero lo cierto es que si estás viviendo en la pobreza (incluso con un trabajo de mierda como muchos de los que ahora se ofrecen), y sin perspectivas de futuro, tus posibilidades de acabar deprimido son altas.

  11. Luis Sanchez
    1 junio, 2018 en 0:26

    Estupenda entrada.
    Entonces… maltratamos por omisión a esta pobre gente y encima nos sale a precio de oro!! Un asunto muy interesante para debatir dentro de la Renta Básica Universal. Aunque como esperemos mucho nos la “impondrá” la derecha y seguro, seguro, que nos jo*** (modelos tipo Macron que obliga a estar dispuesto a trabajar en cualquier cosa, etc) y en lugar de ser una liberación social que podría traer muchos beneficios en la era de la robotización de la producción, se convierta en unas pesadas cadenas para el “vago” que la necesite (la RBU la debería cobrar todo el mundo, independientemente de su renta).
    Salud.

  12. Alfonso
    1 junio, 2018 en 6:02

    Eduardo, ni mucho menos pretendo decir que no exista per se una distribución injusta de la riqueza ni que la pobreza y la marginación sean solamente consecuencia de depresiones no diagnosticadas ni tratadas. Obviamente, vivimos en una sociedad donde hay desigualdad y pobreza, porque el sistema capitalista lo favorece. Eso no quita que lo que digo sea cierto, que la depresión (y otras enfermedades mentales) sea la principal causa de discapacidad en nuestra sociedad, que conduce a la pobreza y marginación social mediante la dificultad para ejercer el trabajo y las dificultades para relacionarse, y esto no es excepcional sino mucho más frecuente de lo que podemos sospechar. Así, de una situación de bienestar económico y buena inserción social, o de pobreza relativa, se puede pasar rápidamente a otra de pobreza absoluta y aislamiento social que puede llevar hasta la indigencia.
    Una vez queda clara la relación entre la depresión como causa o factor agravante de la pobreza, el aspecto contrario, la pobreza como causa de la depresión, también existe, aunque más bien lo que favorece la depresión es la discordancia entre las expectativas económicas y la realidad económica personal. Si la relación entre pobreza y depresión fuera clara y directa, los países más pobres, o bien los países ricos hace siglos cuando casi todo el mundo era pobre, tendrían tasas más altas de depresión que actualmente, y más bien los datos parecen indicar lo contrario, que la depresión es una epidemia de nuestro tiempo y de países ricos; probablemente porque en nuestro tiempo y en los países ricos las expectativas de riqueza crecen más rápido que las realidades al respecto. Si vives en un país rico y eres relativamente pobre, es mucho más probable que te deprimas que si vives en un país pobre y eres muy pobre, porque el ver a tu alrededor que a la mayoría de la gente le va mejor que a ti es lo que genera frustración.
    Por supuesto, esto no es más que uno de los muchos factores que pueden desencadenar una depresión, porque en realidad es una enfermedad de la que se conoce poco con certeza, se sabe que surge como consecuencia de una combinación de factores psicosociales y biológicos.
    Si quieres aprender algo sobre la depresión, en esta charla expresa la idea de que la depresión es hoy día como era la tuberculosis en el siglo XIX: una epidemia de la que no se conocía la causa si el remedio. Y cómo quizá con una vacuna se podría evitar el desarrollo de la depresión en la gente predispuesta. https://www.ted.com/talks/rebecca_brachman_could_a_drug_prevent_depression_and_ptsd

  13. Masklin
    1 junio, 2018 en 8:27

    Considero que hay un problema de base en el razonamiento por presuponer un objetivo a los políticos: “Ahorrar dinero público”. Y es que en esa ecuación falta una variable importante, dinero público vs dinero privado.

    Por suerte o por desgracia me ha tocado conocer la “cúpula” de varios partidos políticos, y os puedo asegurar que el objetivo es el mismo (aunque en los liberales se lleva la palma): “Convertir dinero público en privado”. Ese es el mantra. Una vez entendido esto, todas las piezas encajan solas.

    Se le llama “gasto”, pero el dinero es como la energía, no desaparece. Se transforma. Si en algún momento queréis conocer el objetivo de una operación política, sólo hay que seguir el flujo del dinero.

    Y una última perla si pensáis que los políticos mienten o dicen la verdad. Esos conceptos no existen en los discursos. Si alguien interpreta lo que dicen, o porqué lo dicen, es que no entiende de política. La pregunta que os tenéis que hacer siempre es “para qué” lo dicen y , una vez más, las piezas van a encajar.

    Perdón por el tocho. Resumiendo: Una mierda todo.

  14. Alfonso
    1 junio, 2018 en 8:32

    Quería decir que la depresión es una epidemia de la que no se conoce la causa NI el remedio, puesto que los tratamientos actuales solo son sintomáticos, no curativos.

  15. Eduardo Baldu Gil
    1 junio, 2018 en 11:10

    Una frase en la que estoy plenamente de acuerdo “lo que favorece la depresión es la discordancia entre las expectativas económicas y la realidad económica personal” y que además explica por qué la pobreza extrema no dispara los caso de depresión en el tercer mundo (al menos en parte). Como en la visión del color, no es el valor de la frecuencia de la luz reflejada lo que determina el color que vemos, sino las diferencias de las distintas frecuencias. En el caso de la pobreza, es la distancia que nos separa del estándar medio lo que nos induce a la depresión, no el grado objetivo de pobreza. Es el mismo mecanismo por el cual, en personas de edad avanzada, encontramos comentarios sobre lo “bien que se vivía, lo divertida y maravillosa” que fue su juventud. Si analizamos los medios disponibles en aquel momento, llegamos a la conclusión que no se corresponden tales afirmaciones. Sin embargo para ellos es una gran verdad, porque gozaban de los medios existentes. No podía existir frustración por no disponer de algo que no existía.
    Hay que tener en cuenta además, que en las sociedades occidentales la publicidad ejerce un efecto nefasto. Se nos bombardea continuamente con mensajes que condicionan nuestra felicidad presente y futura a la posesión y disfrute de cantidad ingente de bienes obtenibles con dinero. Ello agudiza las causas de depresión al ver como objetivo imposible de alcanzar esos bienes.

  16. Abraham
    11 junio, 2018 en 10:22

    Sí. Es la típica excusa de decir que hoy en día, cualquier currito vive mejor que los reyes de la edad media. Objetivamente puede ser. Comparativamente, desde luego que no.

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