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Conversión farmacológica de ateos en personas religiosas: una introducción (no exhaustiva) al estudio científico de la religión (XI)


A lo largo de la Historia millones de personas en el mundo han tenido una revelación de naturaleza divina, algo que les cambia la vida y con cuya experiencia quieren intentar convencer al resto de los mortales de la existencia y del omnímodo poder de la Serpiente Emplumada, el Dios Elefante o la Zarza Colérica. Aunque solo basta leer un poco de literatura científica para comprobar que todas esas experiencias no tienen nada de extraordinarias y si mucho de ver con la química cerebral, tal y como indican los datos de un reciente artículo científico.

Es de sobra conocido que desde la más remota antigüedad y hasta la actualidad, prácticamente todas las culturas han utilizado variadas sustancias naturales con propiedades psicotrópicas. Su ingesta es capaz de producir estados mentales transitorios que alteran diversos procesos cerebrales tales como el ánimo, el comportamiento, el estado de conciencia o la percepción, alteraciones que han sido profusamente utilizadas con fines chamánicos y religiosos para acceder a tipos de “conocimiento” no convencionales, que parecen llevar a una relación con un supuesto e intangible “mundo espiritual”.

Así desde hace ya medio siglo diversos grupos multidisciplinares, en los que los etnobotánicos juegan un papel fundamental, analizan la hipótesis que vendría a suponer que la religión  (sobre todo en sus etapas más primigenias, pero no exclusivamente) es un subproducto del uso de sustancias alucinógenas por parte de nuestros antepasados que, por alteración de la química cerebral, llegaron a asociar las alucinaciones que generaban el mundo imaginario (creado por la ingestión primero accidental y posteriormente deliberada de estos agentes psicotrópicos) con entidades inmateriales, que fueron consideradas “reales” y a las que dotaron de intencionalidad y superpoderes, sembrando así el germen de todo ese enmarañado, ininteligible y variado mundo “espiritual” que ha atrapado a lo largo de los siglos a millones y millones de personas.

Y en este contexto dos estudios llevados a cabo por investigadores de cuatro universidades estadounidenses (y publicados uno a finales del 2019 y el otro más recientemente) han venido a mostrar lo fácilmente que la alteración momentánea de la química cerebral por la ingesta de psicotrópicos puede dar lugar a un cambio drástico y permanente en lo que para muchos es la parte más importante de su personalidad: las creencias religiosas o su ausencia.

Los científicos encuestaron a unos 6.000 individuos que habían consumido diversos psicotrópicos (ayahuasca, LSD, N,N-dimetiltriptamina o psilobicina) y analizaron su comportamiento previo y posterior al uso de las mencionadas drogas. La mayoría de los participantes informaron vívidos recuerdos sobre la experiencia alucinógena, algo por otra parte nada extraño. Sin embargo, lo llamativo fue que con frecuencia esta experiencia involucró la comunicación con “algo” que según los encuestados poseía los atributos de un ser consciente, benevolente, inteligente, sagrado, eterno y omnisciente ¿Les suena de algo?

Además, el 80% de los participantes informó que la experiencia había alterado fundamentalmente su percepción de la realidad y el 72% afirmó que esa entidad (que su cerebro había fabricado) continuó existiendo después de la experiencia

en un plano diferente de la realidad.

De tal manera que como esa “entidad” seguía dentro de sus cabezas, entre la mitad y 2/3 de los participantes que declararon ser ateos o agnósticos antes del consumo de los psicotrópicos dejaron de serlo y se convirtieron en personas religiosas, aunque no seguidoras de las religiones mayoritarias e institucionalizadas.

Por todo ello no sería nada extraño que alguno de estos iluminados acabara creando una nueva religión, diferente de las anteriores, pero a imagen y semejanza de chamanes y profetas de la más o menos remota antigüedad y terminara siendo adorado por nuestros descendientes del siglo XXIII o XXV, que ya se sabe que el paso del tiempo da credibilidad a los más disparatados delirios religiosos.

 

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  1. jacinto
    22 septiembre, 2020 a las 8:53

    Interesante artículo, pero vaya susto que me dio el título; al leerlo pensé que habían inventado una inyección o un jarabe que convertía en creyentes a los ateos; pero es lo de siempre, un buen tripi de LSD y verás a Dios… y a los santos, y al dragón con plumas sobre la luna de Les Luthiers ;-D

    Por otra parte que la fe religiosa es un estado alterado de conciencia causado por enfermedad mental o drogas no me sorprende demasiado, hasta ya lo dijo Marx, aquello del opio del pueblo.

    El vídeo muy interesante, incluso proporciona una cierta justificación científica a la denostada (por idiota) apuesta de Pascal que en tal caso no dejaría de ser sino un “sesgo de gestión de errores”, así está mejor.

    El que la religión esté intimamente relacionada/obsesionada con el sexo/reproducción, a su retorcida manera, tampoco me sorprende mucho, solo hay que observarlas.

    Es llamativo ver, en mi opinión, la cantidad de atavismos que se encierran en la fe religiosa, parece como si hubiera una parte de la población que se resiste a evolucionar mentalmente y prefiere estar anclada en el anacronismo.

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  2. Querubín
    1 octubre, 2020 a las 5:07

    El físico Marcelo Gleiser, recipiente del Premio Templeton, uno de los más importantes galardones en el ámbito de la ciencia y el pensamiento interdisciplinario ha dicho que el ateísmo es incompatible con la ciencia. Su argumento se basa en un razonamiento muy sencillo. El ateísmo es una creencia, pues no hay evidencia de la existencia de Dios pero tampoco evidencia que niegue dicha posibilidad, y por lo tanto significa una postura metafísica ante la realidad.
    Gleiser, por supuesto, no afirma la creencia en Dios o en un principio espiritual, simplemente matiza que la ciencia no tiene una teoría del todo satisfactoria (y quizá nunca pueda tenerla), pese a que muchos científicos tienden a buscar una (y en este sentido imitan a las religiones), por lo cual no está en posición de determinar si existe una deidad creadora o un principio trascendental.
    Para Gleiser, el ateísmo es inconsistente con el método científico que no es ateo sino, más precisamente, es agnóstico. La ciencia, pese a lo que algunas personas creen, no ha “explicado el origen del universo y la totalidad” y, por lo tanto, hay lugar para el misterio, así que no se puede descartar la existencia de Dios, sugiere Gleiser, quien califica al ateísmo como “la creencia en una no creencia”, es decir, la ilusión de que su postura está libre de creencias.
    Los nuevos ateos “categóricamente niegan algo de lo cual no se tiene evidencia en contra”. Gleiser llama a mantener una mente abierta y añade que la ciencia tiene ciertas limitantes, particularmente el “problema de la causa primera”, por lo cual es importante que la filosofía y la religión dialoguen con la ciencia y no sean “enemigos”.

    Contundente.

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  3. 1 octubre, 2020 a las 18:33

    Querubin

    Vayamos por partes como decía Jack el destripador.

    Primero, el Premio Templeton NO es para nada

    “uno de los más importantes galardones en el ámbito de la ciencia y el pensamiento interdisciplinario”

    ya que consiste en esencia (como muy acertadamente dijo Dawkins hace tiempo, ¡me encanta la fina ironía británica!) en dar una suma mayor que el Nobel

    “a un científico dispuesto a decir algo agradable sobre la religión.”

    Pero ello no implica que lo que diga el científico (casi siempre cristiano) tenga algún tipo de soporte experimental, que ya sabemos que los religiosos no necesitan demostrar nada con hechos, a ellos con un par de sofismas rescatados del cajón del olvido de la Historia les basta.

    Segundo, el famoso científico que citas se equivoca con eso de que

    “El ateísmo es una creencia, pues no hay evidencia de la existencia de Dios pero tampoco evidencia que niegue dicha posibilidad, y por lo tanto significa una postura metafísica ante la realidad.”

    Los dioses en general y el judeocristiano en particular tienen (según los teólogos) varias propiedades que, curiosamente, todas ellas han sido descartadas por el conocimiento científico obtenido en los últimos siglos: no son responsables de los rayos, ni tampoco de las epidemias, no “crearon” al ser humano, etc, etc, etc puesto que todo lo dicho en la Biblia y demás libros sagrados son disparates de alucinados o enfermos mentales de la más o menos remota antigüedad.

    En cambio lo que sí que ha hecho la Ciencia es demostrar que la religión es otro más de los constructos neurológico-psicológico-sociales que han sido moldeados por la siempre particular selección natural. Por ello, el concepto de deidad es algo superfluo desde el punto de vista de los hechos y se incluye taxativamente dentro de las invenciones humanas.

    Tercero, tienes razón en eso de que

    “La ciencia … no ha explicado el origen del universo y la totalidad”

    pero si hubieras leído algo sobre historia de la Ciencia te habrías podido percatar que ese

    “lugar para el misterio”

    que citas era prácticamente infinito hace tan solo unos siglos, y ahora se ha visto reducido al origen del Big Bang. ¡Vamos que el “dios de los huecos” ha pasado de señorear todo el Universo con su casi infinito espacio-tiempo a esconderse fuera del mismo!

    Por ello, siguiendo la lógica de este proceso explicativo, la Ciencia dentro de un año, de 10, de un siglo o cuando sea es probable que encuentre la respuesta a esta “última pregunta”, como en el famoso relato corto de Asimov.

    Cuarto, eso de que

    ” Gleiser llama a mantener una mente abierta”

    me recuerda el ya famoso dicho del cómico Tim Michin: con una mente demasiado abierta, el cerebro acabará cayéndose.

    Tener la mente abierta a los nuevos desafíos y problemas es razonable y ha permitido a los humanos llegar a donde llegamos. Ahora bien, tener la “mente abierta” a viejas, apolilladas y erróneas cuestiones, que además han sido ya explicadas, como es el caso de la religión no sólo es una pérdida de tiempo, sino un absurdo total porque en esta cuestión los creyentes no se diferencian en nada de los terraplanistas: la mente abierta aquí solo demuestra una severa deficiencia mental.

    Y quinto y último, eso del dialogo entre la ciencia y la religión es tan estúpido como pedir diálogo entre astrónomos y astrólogos.

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  4. 1 octubre, 2020 a las 18:45

    Para darse cuenta de la “calidad” intelectual de este científico simplemente dejo una de sus frases memorables:

    “Lo primero que ves en la Biblia es una historia de la creación”

    Y alguien que no sabe distinguir entre “historia” y “mito” poco puede aportar.

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  5. Eduardo Baldú
    2 octubre, 2020 a las 19:08

    Querubín, no discuto los conocimientos de física que pueda tener ese científico, pero en los aspectos relativos a la relación ciencia/religión, es gilipollas.
    Parece que el argumento esgrimido te parece inteligente y novedoso. Pues va a ser que no. En realidad hace ya mucho tiempo que esta falacia se ha utilizado en defensa de la religión. El ateísmo no es una creencia, una descreencia no puede ser una creencia, eso es solo un juego de palabras vacío de contenido. Es a quien cree que tal ser existe al que corresponde demostrar que tal existencia es cierta. Los negativos no se demuestran. No demuestras que las hadas o los nomos no existen, pero si afirmas que su existencia es real, deberás demostrar la misma. Eso es algo elemental que debería saber, si quiere jugar a filosofar. Pero eso ya lo planteaba Bertrand Russell en la conocida como “La tetera de Russell”, y ese personaje sí era un filósofo, una cuestión que fue tratada en 1952. ¿A qué viene que a estas alturas se vuelva a recurrir a una falacia ya descartada?

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  6. Rawandi
    3 octubre, 2020 a las 13:45

    El método científico consiste en la verificación empírica de las hipótesis (el lema de la Real Sociedad de Londres era “las palabras no cuentan”, y eso incluye también las palabras de los libros supuestamente sagrados). Las hipótesis de la religión se caracterizan por referirse a personajes invisibles llamados espíritus (dioses, ángeles, demonios, almas desencarnadas). Siguiendo el método científico, debemos concluir que los espíritus son seres irreales, ya que se ha comprobado que la mente es una propiedad de la materia cerebral. Este es el motivo de la inconciliabilidad entre la ciencia y la religión.

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  7. Far Voyager
    4 octubre, 2020 a las 0:18

    Sería buena idea que ese tipo probara sin usar la Biblia que quién originó todo fue el dios judeocristiano y no una entidad totalmente distinta o varias de ellas.

    Por lo demás, no se puede descartar que el Universo hubiera tenido un origen sobrenatural de algún modo, más allá de donde llega la ciencia de la que hoy disponemos, pero cuanto más sabemos más y más difícil es que ese origen fuera la entidad descrita en dicho libro. Muy especialmente la versión del AT, que sabía tanto del mundo y del Universo cómo los que le veneraban.

    🦄

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  8. teskmon
    5 octubre, 2020 a las 17:31

    Hola Querubín. Si me lo permites voy a ignorar el argumento de autoridad que has soltado en la primera frase, y voy a abordar directamente la primera cuestión que planteas, a saber, el “ateísmo es incompatible con la ciencia”. Tu razonamiento es el siguiente. Un ateo es una persona que afirma que no existe Dios. El método científico se basa en respaldar afirmaciones con evidencias. No existe ninguna evidencia de que no exista Dios. Ergo, es inconsistente que una persona afirme que sigue el método científico y niegue la existencia de Dios. Esta aparente contradicción se presenta por entender que el único ateísmo posible es el ateísmo gnóstico: no creo en Dios y sé que esto es cierto. Sin embargo, existe también el ateísmo agnóstico: no creo en Dios, pero no sé si esto es cierto. Esta postura es perfectamente compatible con el método y el conocimiento científico. Un defensor del método científico puede creer en la no existencia de algo sin evidencias siempre y cuando no sea inconsistente con el conocimiento científico. Por tanto, no hay ninguna contradicción. Igualmente, la creencia en Dios puede ser compatible con el conocimiento científico. Sin embargo, un científico no está obligado a considerar la existencia de Dios como causa del universo o cualquier otro fenómeno por el mero hecho de ser compatible. Para que realmente fuera útil un modelo basado en la existencia de Dios debería presentarse como un modelo falsificable capaz de ofrecer mejores explicaciones que modelos alternativos. Mientras esto no ocurra, es entendible que los científicos no consideren tal modelo.

    Notar que las anteriores consideraciones sólo hablan de la creencia en la existencia de Dios, no de la religión. En tú último párrafo, das un gran salto y pareces sugerir la religión como posible fuente de explicaciones. Al contrario de la cuestión de la mera existencia de Dios, las religiones no solo no proveen explicaciones a cuestiones abiertas en la ciencia, sino que son inconsistentes con el conocimiento científico.

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  9. Eduardo Baldú
    7 octubre, 2020 a las 0:22

    Creer que algo existe es afirmar que un objeto, ente, ser, etc., se corresponde a algo real. Desde un punto de vista lógico, para hacer tal afirmación debes haber llegado a tal conclusión en función de la existencia de pruebas, directas o indirectas de tal existencia. Por ejemplo, podemos teorizar sobre el multiverso. De hecho tal hipótesis da solución a muchas incógnitas hoy sin solución, pero no puede pasar de hipótesis (No teoría) porque, incluso dando solución a diversos problemas que se presentan en la física, los sustentos que avalan su realidad es demasiado endeble. No es falsable. Esta idea puede ser creída como realidad, pero desde un punto de vista lógico, no es, de momento, sostenible. ¿A quién corresponde demostrar su validez? A los científicos que la defienden. Quienes no creen en ella, no tienen que demostrar nada.
    Algo parecido sucede con quienes creen en la existencia de un dios. No existe ninguna prueba que sustente dicha existencia, por tanto creer en dios es una aptitud totalmente subjetiva, mucho más que creer en el multiverso, puesto que al menos en este último caso existen elementos que nos indican que puede ser la explicación de la realidad, ya que el desarrollo matemático del modelo da soluciones a nuestra realidad. En el caso de la existencia de dios, las únicas soluciones que proporciona son soluciones banales, y por tanto carentes de interés.
    Por otra parte, el propio concepto de dios es bastante confuso. Desde el dios panteísta, que apenas se diferencia de las fuerzas de la naturaleza, hasta los conceptos de dioses muy “humanos”, como el cristiano, la variación es enorme. Así pues, para un creyente en concreto, el proceso de demostración es doble. Primero que efectivamente existe un dios (Sea el que sea), y en segundo lugar que ese dios se corresponde a su dios particular. Si la discusión se centra en la primera parte del problema, y tomando la visión panteísta más extrema, es decir, aquella que no diferencia el concepto de dios de las leyes básicas de la naturaleza, la discusión se vuelve banal: yo lo llamo leyes de la naturaleza, tú lo llamas dios. Pero para la mayoría de creyentes, el segundo paso se convierte en un salto de fe, y unifican primero y segundo paso en uno solo.
    Yo no veo ninguna necesidad de contar con una figura como el concepto de dios. Ésta solo implica un paso más haciendo retroceder la causa inicial a un nuevo punto inexplicable. Uno de los argumentos más utilizados es cuál es la causa inicial, pero hacerlo retroceder hasta dios, no nos dice nada del origen de este. Que haya muchas cosas que aún no sepamos, solo nos da cuenta de nuestra ignorancia y no demuestra nada más.
    Marcelo Gleiser y su defensa en favor del teísmo, resulta, curiosamente, estar fuera de lugar. Pertenece a un sector de la ciencia en el que la inmensa mayoría de sus colegas son, precisamente, ateos. Lo que no tengo claro es si su postura es fruto de una contradicción irracional interna y personal, o del puro y simple oportunismo. Obtener el premio Templeton me resulta indicativo de lo más que probable que es esta segunda opción, teniendo en cuenta que dicho premio conlleva un importe económico mayor que el premio Nobel, y la finalidad de tal premio es fomentar actitudes como la del citado.

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