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Informar (o no) al público de los efectos secundarios de los medicamentos: el gran debate


En la actual situación pandémica los escasísimos casos de efectos secundarios con algunas vacunas han generado una fuerte polémica a nivel mundial, creando un rechazo creciente hacia la vacunación en algunos sectores de la población y la paralización temporal de su administración en varios países, con los consiguientes efectos perjudiciales sobre la salud pública.  Sin embargo, la cobertura mediática a nivel mundial de estos efectos secundarios da una nueva perspectiva al nunca cerrado debate sobre cuanta información se debe dar y cómo se deben divulgar los efectos secundarios de los medicamentos al público en general.

Es de sobra conocido el efecto placebo, conjunto de mecanismos fisiológico-psicológicos que son la base de la variada medicina “alternativa” y de los pingues beneficios que algunos cosechan con su práctica. Sin embargo la otra cara de la moneda, el efecto nocebo, no cuenta con tanta publicidad entre el público en general. Será porque aunque ambos efectos: placebo y nocebo son igualmente relevantes a nivel médico, la población en general sólo conoce el efecto placebo (en una forma atractivamente presentada, eso sí) por una muy sencilla razón, porque es el que sirve para vender esos remedios “alternativos” curalotodo.

Pero lo mismo que muchas personas pueden mejorar su estado de salud (aunque sea ficticia y transitoriamente) si confían en el charlatán de turno que les asegura que tomar pastillitas azucaradas, sufrir pinchacitos en el pie o en la oreja o alinear inexistentes chacras o arcanas energías cósmicas (por cierto incognoscibles para la ciencia más avanzada) les va a curar sus dolores o incluso hasta sus cánceres, también otro importante grupo de personas pueden ver influida negativamente su salud si se les informa de que tal o cual medicamento produce urticaria o dolor de estómago, síntomas que replicarán en su propio organismo aunque hayan sido tratados con una sustancia farmacológicamente inerte e inocua.

Así por ejemplo, hace unos años un grupo de investigadores estadounidenses demostró que la inmensa mayoria de las reacciones alérgicas a la penicilina que se habían notificado no eran debidas al medicamento en sí, sino que en realidad se podían atribuir al efecto nocebo. Este estudio demostró que los efectos adversos experimentados por la gran mayoría de los pacientes son causados ​​por la concienciación del posible riesgo de reacciones alérgicas al antibiótico. Porque siempre hay pacientes que se angustian antes de tomar un medicamento y entonces estas expectativas negativas hacen que sea más probable que el individuo note y preste atención a sensaciones nuevas o no deseadas, interprete desfavorablemente sensaciones preexistentes, ambiguas o vagas y las atribuya a la medicación y que estos individuos tiendan a pasar por alto los cambios positivos y la evidencia de remisión de los síntomas.

También, algunos pacientes pueden manifestar efectos secundarios a un medicamento recetado no debido a su acción farmacológica específica, sino más bien porque experimentaron en el pasado efectos secundarios de otros medicamentos (aunque fueran totalmente diferentes al actual), que ya sabemos que la memoria humana es muy selectiva. Además, los individuos que presentan ansiedad o depresión (por el motivo que sea) previas a la administración de un fármaco suelen presentar mayor número de síntomas nocebo.

Y por supuesto, el informar al paciente de los posibles efectos secundarios del medicamento suele hacer que aflore en mayor o menor medida (dependiendo de la sugestionabilidad en particular del sujeto) el efecto nocebo, tal y como mostró un ensayo clínico realizado en tres centros canadienses en el que se comparaba el efecto de la aspirina con otro anticoagulante. En dos de los hospitales, pero no en el tercero, se informó a los pacientes sobre la posibilidad de padecer trastornos gastrointestinales. El análisis de los eventos adversos notificados mostró que los pacientes advertidos de los riesgos potenciales de la aspirina comunicaron tres veces más molestias gastrointestinales que los pacientes que no eran conscientes del supuesto peligro. Cuando los investigadores evaluaron de manera objetiva el daño real en el tracto digestivo de los pacientes afectados, incluidas las úlceras de estómago, no encontraron absolutamente ninguna diferencia ni entre los grupos de pacientes, así como en los distintos integrantes individuales del estudio. Pero lo más llamativo de este estudio es que debido a esas molestias gastrointestinales inducidas, el porcentaje de enfermos que abandonaron el tratamiento fue 6 veces mayor en el grupo que había sido informado de los posibles efectos secundarios frente a los pacientes que no fueron advertidos previamente.

E incluso el efecto nocebo puede llegar a ser mortal en algunos casos extremos. Así, en el ya lejano año de 1973  el Dr. Milton del Hospital de Sídney notó, tras haber diagnosticado a más de mil pacientes de melanoma (uno de los cánceres con peor pronóstico), que algunos de ellos poco después de recibir el mazazo de saber que les quedaba poco tiempo de vida rompían todos los pronósticos y morían mucho antes de que el cáncer llegara a expandirse tanto como para llegar a fase terminal. Algo que expresó con las siguientes palabras:

Hay un pequeño grupo de pacientes en los que la realidad de la muerte inminente es un golpe tan terrible que son completamente incapaces de adaptarse a ella, y mueren rápidamente antes de que la malignidad pueda haberse desarrollado lo suficientemente como para causar la muerte. Este problema de la muerte voluntaria es en cierto modo análogo a la muerte producida por la brujería que ocurre en culturas primitivas.

Por todo ello, varios investigadores han señalado que el daño causado por comunicar a los pacientes los posibles eventos adversos del tratamiento plantea un problema ético. Es necesario informar al paciente sobre los daños que puede causar un tratamiento para respetar su autonomía, pero sin embargo la forma en que se comunican los daños potenciales podría causar un daño adicional, que puede violar el principio ético de la Medicina de “primum non nocere” Es más, se ha argumentado que obligar a los pacientes a conocer todos los posibles eventos adversos en contra de su voluntad podría violar también su autonomía. Es por ello que algunos médicos concienciados con el problema recomiendan encarecidamente a sus pacientes el no leer el prospecto del medicamento recetado, con esa cada vez más larga lista de posibles efectos secundarios,información que puede condicionar negativamente la percepción y el ánimo del paciente, así como su adherencia al tratamiento de un medicamento del que quizás dependa su vida.

Y es evidente que si el efecto nocebo puede desencadenarse por una simple información puntual comunicada por un profesional médico, en un momento en el que se han difundido casi hasta el hartazgo y sin ningún tipo de mesura en todos los medios de comunicación escritos, audiovisuales y hasta cibernéticos del mundo los rarísimos casos de efectos secundarios detectados en la población que ha recibido alguna de las vacunas contra el virus SARS-2, no sería de extrañar que el efecto nocebo asociado a las mismas estuviera alcanzado máximos históricos, puesto que nunca se ha difundido tanto y tan persistentemente información “negativa” sobre un medicamento en concreto. Y el problema adicional es que en la actual situación el comparar la incidencia de casos adversos entre la población vacunada frente a la no vacunada, por mucho que se ajusten condiciones socioeconómicas, demográficas y demás entre los dos grupos, puede tener poco sentido ya que aunque el número de efectos adversos fuera mucho mayor en el grupo de vacunados puede que nunca seamos capaces de determinar si éstos son debidos a la propia vacuna o al efecto nocebo desencadenado a nivel mundial.

Por todo ello, el nunca resuelto debate sobre la información médica que hay que trasladar al paciente y sobre todo a la población no sólo queda más abierto que nunca, sino que en la situación actual hace entrar en juego muchas vidas si ello implica una ralentización o incluso la paralización de la vacunación en algunos lugares o por la resistencia de grupos de ciudadanos temerosos de unos efectos adversos clínicamente insignificantes, pero mediáticamente sobredimensionados.

Porque si este nivel de detallada información se llevara a otros aspectos cotidianos, la vida podría llegar a ser del todo agobiante. Simplemente imagínense ustedes viajando en avión por el Atlántico en medio de una fuerte tormenta y que entonces el piloto les informara constante y detalladamente de la situación meteorológica y de que acaba de encontrar una pequeña avería en el alerón izquierdo o una pequeña fuga de refrigerante del motor derecho y a continuación desgranara concienzudamente todas y cada una de las posibles consecuencias que podrían derivarse de este conjunto de inconvenientes. No sería descabellado pensar que una parte más o menos numerosa del pasaje entrara en pánico o en shock y hasta puede que alguno pensara en amotinarse y tomar él mismo los mandos de aparato.

P.D:

Y de regalo un video sobre el efecto placebo.

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  1. cpcbegin
    22 mayo, 2021 a las 12:32

    Mejor que le informemos nosotros y bien antes de que algún magufo le cuente una historia fantástica de no dormir.

    Me gusta

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