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Un compuesto generado por bacterias intestinales altera la estructura del cerebro y el comportamiento de ratones


Imaginen que se pudiera tratar el autismo con un fármaco, casi como otra enfermedad cualquiera. Y aunque esto es pueda parecer a día de hoy casi ciencia ficción, es algo a lo que ha abierto la puerta un reciente estudio publicado en la prestigiosa revista “Nature”.

Desde hace bastantes décadas se conoce la importancia de las complejas comunidades de bacterias que habitan en el intestino de los animales (el denominado microbioma) puesto que influyen (y mucho) en el metabolismo y también en el sistema inmunitario. Sin embargo, en los últimos años diversos estudios han relacionado el microbioma también con la función cerebral y con el estado de ánimo. Así, se sabe ya que las personas que presentan ciertas afecciones neurológicas tienen comunidades de bacterias intestinales claramente diferentes a las de los individuos sanos. Además, diversos estudios en ratones han demostrado también que la manipulación de estas comunidades (eliminando o introduciendo especies bacterianas particulares) puede alterar el desarrollo neurológico y los estados neurodegenerativos de los animales.

Ahora un grupo de investigadores californianos han ido un paso más allá en el estudio de la relación entre microbioma y cerebro, analizando el papel de un compuesto generado por las bacterias intestinales, el sulfato de 4-etilfenilo o 4EPS que pasa al torrente sanguíneo en mamíferos y de allí se distribuye por todo el organismo. Desde hace varios años se conoce que los niveles de 4EPS están aumentados en ratones con un desarrollo neurológico alterado en el modelo de ratón con autismo y esquizofrenia.  Y recientemente se ha encontrado que los niveles de este metabolito también son 7 veces más altos en los niños con espectro autista que en los niños neurotípicos.

Es por ello que los investigadores analizaron dos grupos de ratones de laboratorio: el primero fue colonizado artificialmente con bacterias modificadas genéticamente para producir 4EPS, mientras que el grupo de control de ratones fue colonizado con bacterias que eran idénticas a las anteriores excepto que carecían de la capacidad de producir 4EPS. Cuando los investigadores analizaron el comportamiento de los ratones encontraron que los animales con 4EPS pasaron mucho menos tiempo explorando su entorno y más tiempo escondiéndose en comparación con aquellos ratones con un microbioma incapaz de fabricar 4EPS, lo que es indicativo de niveles más altos de ansiedad. Además, los escáneres cerebrales de los ratones 4EPS también mostraron que algunas de las regiones del cerebro asociadas con el miedo y la ansiedad estaban más activadas que en los correspondientes del grupo de control.

Cuando los científicos analizaron las células cerebrales dentro de las regiones alteradas encontraron que los oligodendrocitos de los ratones con 4EPS eran menos maduros y  producían menos mielina. La mielina es una proteína fundamental en el desarrollo cerebral porque forma una capa protectora alrededor de las neuronas y las fibras nerviosas que las conectan entre sí: los axones, de tal manera que esta proteína actúa como el aislamiento alrededor de un cable eléctrico.

Finalmente, cuando los investigadores trataron a los ratones 4EPS con un fármaco capaz de aumentar la producción de mielina en los oligodendrocitos, los ratones recuperaron la producción normal de mielina y se redujeron los comportamientos asociados a la ansiedad.

Es decir, este estudio demuestra una relación directa entre el microbioma intestinal y la arquitectura del cerebro y el comportamiento, de tal manera que una vez se confirmen estos impresionantes hallazgos en humanos se abriría la puerta a tratamientos farmacológicos frente a enfermedades tan complejas y problemáticas como el autismo.

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  1. Luis SANCHEZ
    16 febrero, 2022 a las 0:11

    Pues sería el momento de empezar a investigar el intestino de los religiosos y de los antivacunas para ver si tienen algo raro… puede haber sorpresas.

    Salu2

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