El sapiens domesticado


Dentro de la ególatra mentalidad de unos monos bípedos que se creen el centro del Universo hemos desarrollado toda una ideología en la que suponemos que todas las especies con las que interaccionamos están a nuestro servicio y nosotros somos seres intocables en la cúspide de la evolución. Y así hemos inventado la palabra «domesticación» para indicar la subordinación de todas aquellas plantas y animales: perros, gatos, caballos, vacas, cerdos y demás especies que supuestamente hemos convertido en nuestros «esclavos» biológicos.

Y dentro de ese pensamiento etnocéntrico humano, por supuesto que nunca se nos pasa por la cabeza ni imaginar siquiera que en estos últimos milenios de sociedad y cultura incrementadas que los sapiens llevamos desarrollando también hemos modificado nuestro comportamiento y hasta nuestra propia fisiología para «autodomesticarnos».

Porque en Biología no hay nunca nada aislado, cuando se modifica alguna propiedad siempre aparecen balances y contrabalances evolutivos, de tal manera que nunca ninguna especie está aislada y si se altera alguna de ellas, eso mismo acaba influyendo en el resto de las que interaccionan con ella, aunque una supuestamente sea el culmen inalterado de la Creación.

Y así, al modificar animales y plantas para satisfacer nuestras necesidades ello ha implicado que nuestro ecosistema evolutivo también ha cambiado y con él, nosotros mismos. Y ese proceso ha supuesto que nuestro maravilloso cerebro, ese que nos ha traído hasta aquí y que ha ido aumentando su potencia de procesamiento en los últimos millones de años ahora, en un entorno cada vez más predecible y controlado ya es un poco menos necesario, se puede relajar y como cualquier otra función sujeta a la implacable selección natural esté reduciendo su capacidad, tal y como está ocurriendo con las especies con las que convivimos.

De tal manera que en la actualidad, de media, los humanos somos algo «menos» sapiens (si lo medimos por el tamaño del cerebro) que esos antepasados nuestros de hace cien o doscientos mil años que tenían que enfrentarse con sus limitadas fuerzas e intelecto, junto con la ayuda de un par de docenas de miembros de la escasa tropilla de primates a la que pertenecían, a los desafíos de un inmenso mundo casi inabarcable para sus limitados intelectos.

Porque la verdad es que al compararse con nosotros, nuestros antepasados del Paleolítico y más allá son casi superhombres, capaces de conocer docenas y docenas de especies animales y vegetales, saber cómo, cuándo y dónde cazar y pescar (aún cuando eso implicara largas caminatas por terrenos inhóspitos y temperaturas extremas), guerreando con los grupos vecinos y ese largo etcétera de habilidades complejas que hemos ido perdiendo tras varios milenios de civilización, mientras que nosotros ahora mismo como individuos no sabemos hacer casi nada (y ni falta que nos hace), todos nosotros vivimos dentro de una superespecialización en una sociedad a la que contribuimos con una o quizás dos habilidades y por ello dependemos del conocimiento adquirido (tanto en el espacio como en el tiempo) por nuestro inmenso grupo para sobrevivir en el día a día.

Si no imaginen que hubiera pasado si la famosa pandemia coronaviral que estamos empezando a superar se hubiera llevado en España en lugar de algunas decenas de miles de ciudadanos de provecta edad, a unos cuantos millones de adultos en edad laboral como cualquier otra pandemia que se preciara de nuestro pasado histórico. En esa terrible situación es más que probable que la filmografía hollywoodiense de pandemias hubiera acertado de pleno y hubiéramos terminado casi como en la Edad Media, matándonos unos a otros por las pocas latas de fabada «Litoral» que quedaran en los supermercados, porque siendo sinceros ¿quién narices sabe hoy en día plantar trigo, recolectarlo después para luego hornear pan?

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  1. 21 febrero, 2022 a las 23:27

    Tradicionalmente, la inteligencia es vista como una propiedad exclusiva de los individuos. Sin embargo, se sabe que también puede existir como una propiedad de colectivos y sistemas.
    Un estudio liderado el astrofísico Adam Frank y la Universidad de Rochester, en Estados Unidos, publicado recientemente en la revista International Journal of Astrobiology, postula el concepto de la inteligencia como una propiedad colectiva que podría extenderse a una escala planetaria.
    Como bien demostramos los humanos, formas de vida individuales concretan sus propios avances, pero al mismo tipo producen un fuerte impacto a nivel colectivo y a escala planetaria.
    La hipótesis de los investigadores incluye cuatro etapas a través de las cuales los planetas evolucionarían hasta alcanzar una “inteligencia planetaria”. Las dos primeras etapas presentan una biosfera inicialmente inmadura y posteriormente ya madura que permite pasar a la tercera etapa, que denominan Tecnosfera inmadura, que es la que atravesaría actualmente nuestro planeta.
    Esta etapa permite la actividad de una civilización supuestamente inteligente, pero aún no integrada en los sistemas del planeta, sino consumiendo recursos de una forma no sostenible incidiendo negativamente contra muchos de sus sistemas naturales.
    Los planetas desarrollan plenamente su “inteligencia planetaria” cuando alcanzan una cuarta etapa, que denominan Tecnosfera madura. Es la fase a la que debería llegar la Tierra en un futuro, si la humanidad es capaz de ello. Esto incluiría sistemas tecnológicos que beneficien a todo el planeta y no atenten contra las variables naturales del mismo. Una tecnosfera madura es aquella que ha coevolucionado con la biosfera, de una forma en la cual ambas pueden prosperar al mismo tiempo.
    Es de suponer, que la tecnosfera madura de una inteligencia planetaria, incluya también una capacidad de autosuficiencia en los individuos de la civilización tecnológica parecida a la del resto de las entidades biológicas del planeta.
    En realidad puede decirse que esto ya sucedió en el pasado, hasta que la llegada de la agricultura inició la deforestación y la especialización que dio lugar a las clases sociales y a la depredación colonizadora, iniciando así una nueva etapa de tecnosfera inmadura en la que nos encontramos actualmente.

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  2. Diego
    22 febrero, 2022 a las 14:23

    Buen artículo, me apasiona este tema…podrías darnos alguna especial recomendación de algún libro sobre esto? …en inglés o castellano.
    Gracias, sigue así! Saludos

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  3. 22 febrero, 2022 a las 19:25

    El autor se llama Bruce Hood y publicó este libro sobre el tema: https://www.amazon.com/Domesticated-Brain-Pelican-Introduction-Books-ebook/dp/B00I9PVKI4

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  4. 23 febrero, 2022 a las 12:02

    epicoach

    Leyendo el artículo que comentas he llegado a la conclusión de que lo que Adam Frank define como «inteligencia planetaria» es lo que otros denominamos simplemente como respeto por el resto de formas de vida y conservación del planeta.

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  5. 23 febrero, 2022 a las 17:43

    Ciertamente, ‘la inteligencia planetaria’ puede ser entendida simplemente como respeto, pero no solo frente a las demás formas de vida o biosfera, sino frente a todo el planeta y cosmos por el solo hecho de existir, esto es, por sus valores intrínsecos.
    Se trata de un respeto de tipo espiritual que solo conservan las culturas vernáculas o las campesinas que viven las estaciones y agradecen su sustento a la madre tierra, a Gaia. Quizás no disfrutan de internet pero saben cómo sobrevivir por sí mismo en su medio sin necesidad de consultarlo con google.
    Hay muchas inteligencias y puede haber muchos niveles de ‘tecnosferas maduras’, pero una civilización que se cree en la cúspide, es, por lo que sabemos, colonizadora e imperialista. Con esta mentalidad, difícilmente se puede llegar a un equilibrio planetario precisamente por su falta de respeto, por menospreciar el valor intrínseco de cualquier cosa, porque después de usar algo lo desecha para apropiarse de otra cosa y repetir el ciclo, pues cree que todo está a para su servicio y disfrute.

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  6. Diego
    23 febrero, 2022 a las 19:27

    Epicoach:
    Tal vez no es cuestión de respeto por el medio, sino más bien se trata de impacto. Cuando éramos poquitos, nuestro impacto era minúsculo, vivíamos acomodándonos al medio ambiente, y transformándolo también. No olvides que el hombre primitivo extinguió casi toda la megafauna allá donde fue. Ahora no somos poquitos, somos demasiados, y hagamos lo que hagamos, nuestro impacto será gigante…incluso si consumes cositas bio (que venga de Alemania o de Japón, ya es un chiste de mal gusto)
    Cuando éramos pocos, y no había mayor división del trabajo, uno estaba conectado a todas las esferas de su vida de modo directo (eso es lo que se llama normalmente espiritualidad). Por otro lado cuando somos tantos, que otra persona a 2000km cultive algo que yo voy a consumir, no tiene mayor significancia para uno, estamos demasiados desconectados de las tareas propias de un animal humano. Ir al súper es, desde mi perspectiva, menos significativo que cazar o recolectar alimentos…pero no veo claro que 8000 millones de personas puedan convertirse en recolectores…necesitaríamos varios planetas más.
    En resumen, creo que no es que no tengamos respeto por el medio ambiente, que también, sino que somos demasiados seres, y la mayoría consumistas…y ninguna sociedad basada en el consumo será capaz de hacer los sacrificios que requiere el cuidado del único planeta disponible.

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  7. Anónimo
    23 febrero, 2022 a las 23:37

    Totalmente de acuerdo, es más bien una cuestión de impacto que de carga ecológica. Otros seres vivos también migran colonizando nuevos territorios, a la vez que, algunos como los lemmings reducen su población. El problema es que los humanos hacemos un uso desmesurado de la energía externa provocando con ello una rápida y gran entropía de desorden planetario.
    Podría decirse que no se trata exclusivamente de la cantidad de humanos, sino más bien de los algoritmos con los que funcionamos. Actualmente, hemos entrado en una etapa de reducción de la humanidad pues con la automatización, la robotización y la inteligencia artificial, los humanos somos prescindibles como fuerza de trabajo, ya que las máquinas son las que se encargan de entropizar la Tierra para colonizar y entropizar el cosmos.

    Pese a ser conscientes de que estamos mal domesticados y somos mal educados, seguimos funcionando y aplicando a las máquinas los mismos algoritmos que sabemos no son muy sostenibles.
    Quizás algún día logremos integrar nuestra domesticación al planeta, es posible que solo sea una cuestión de tiempo, pues todos los sistemas son procesos que giran en torno a precarios equilibrios; aunque también podría ser que una inteligencia, sea artificial o planetaria, decida que somos incorregibles y nos elimine o mantenga en una especie de cómodo zoológico como mera reserva genética.

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  8. Eduardo Baldu
    24 febrero, 2022 a las 19:08

    Soy escéptico en relación a la “espiritualidad”. La religión es una forma de espiritualidad, y solo nos ha traído desastres y quebraderos de cabeza.
    Es evidente que las formas de vida tienen un efecto sobre el entorno, a veces extremo (Hace 2400 millones de años, un ser vivo minúsculo –las cianobacterias- tuvieron un efecto totalmente extremo, radical, sobre el entorno: Pasamos de un mundo sin oxígeno a un mundo con oxígeno). Las consecuencias de nuestra presencia en la Tierra no son, ni remotamente, comparables con las de la presencia de las cianobacterias. El simple hecho de que exista una especie animal (o vegetal) tiene consecuencias para el entorno (En unos casos más, en otros menos).
    Así pues, la presencia del ser humano ha condicionado (y condiciona) el entorno del planeta, pero eso es aplicable a cualquier especie que haya existido, exista o pueda existir.
    La importancia de nuestra influencia estriba en el hecho de que tenemos la capacidad para influir de tal forma que podemos poner en cuestión las posibilidades de supervivencia de las formas de vida actuales (Incluida la nuestra), lo que no significa que no puedan aparecer nuevas formas de vida que sustituyan a las actuales. Recordemos que el episodio de extinción masiva del Cretácico-Paleógeno, que acabó con los grandes reptiles, permitió el desarrollo y extensión de los mamíferos. Así pues, y ante todo, lo que está en juego es nuestra propia extinción, y eso, por pura lógica, debería ser motivo suficiente para modificar nuestra conducta. Es una razón de lógica de supervivencia, simplemente, no de espiritualidad.
    Por otra parte, todas las especies utilizan los recursos disponibles. Forma parte de la vida, y en algunos casos los utilizan hasta el agotamiento de los mismos, con las consecuencias negativas que ello conlleva. En realidad, y referido a nuestra especie, demostraríamos ser una especie realmente inteligente (Y no una especie más como las demás) si, conscientes que los recursos no son infinitos, los utilizáramos de forma mesurada, eliminando todo peligro de agotarlos, y preservando las fuentes de los mismos, o recuperando y reutilizando todos aquellos en que tal proceso pueda darse.
    Pero todo eso es solo la aplicación de un pensamiento lógico, de puro razonamiento, algo que, desgraciadamente no está tan extendido como debiera. Si nuestra forma de actuar estuviera basado en la razón y la lógica, el volumen de población mundial no habría sobrepasado los 3000 millones de personas, y hoy no tendríamos los problemas que ahora ensombrecen el futuro de la humanidad.

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