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Holbach, el brillante filósofo inmerecidamente olvidado


Aunque el filósofo Paul Heinrich Dietrich von Holbach fue una de las figuras más prominentes de la Ilustración, base del actual mundo moderno, sin embargo es uno de esos grandes olvidados. Así, este pensador ateo hasta la médula, fue uno de los que a mediados de siglo XVIII desmontaron todo el pensamiento supersticioso del Antiguo Régimen y en sus escritos muestra una brillante clarividencia acerca de asuntos que en la actualidad está desentrañando la psicología o incluso la neurociencia. 

Así que para terminar el año, les dejo con unas reflexiones sacada de su más interesante libro, «Sistema de la Naturaleza«, el cual debería ser de lectura obligatoria en la enseñanza secundaria.

No juzgamos los objetos que ignoramos más que a partir de aquellos que podemos conocer. El hombre, según él mismo, atribuye voluntad, inteligencia, designio, proyectos, pasiones, en una palabra, cualidades análogas a las suyas a toda causa desconocida que siente actuar sobre él. En cuanto una causa visible o supuesta le afecta de un modo agradable o favorable a su ser, la juzga buena y bien intencionada hacia él: juzga por el contrario que toda causa que le hace experimentar sensaciones desagradables es mala por su naturaleza y tiene intención de dañarle. Atribuye finalidades, un plan, un sistema de comportamiento a todo lo que parece producir por sí efectos relacionados, actuar con orden y consecuencia, operar constantemente las mismas sensaciones sobre él. De acuerdo con estas ideas que el hombre toma siempre de sí mismo y de su propio modo de actuar, ama o teme los objetos que le han afectado, se aproxima a ellos con confianza o temor, los busca o los rehúye cuando cree poder sustraerse a su potencia. Pronto les habla, los invoca, les ruega que le concedan su ayuda o cesen de afligirle; intenta ganárselos por sumisiones, bajezas, presentes a los que él mismo es sensible; finalmente les ofrece hospitalidad, les da asilo, les construye una morada y les suministra las cosas que cree que les deben gustar más porque a él mismo le agradan mucho. Estas disposiciones sirven para dar cuenta de la formación de estos dioses tutelares que cada hombre se fabrica en las naciones salvajes y groseras. Vemos que hombres simples consideran como jueces de su suerte a animales, piedras, sustancias informes e inanimadas, fetiches a los que convierten en divinidades, atribuyéndoles inteligencia, deseos y voluntades.

Existe otra disposición que ha servido para engañar al hombre salvaje y que engañará a todos aquellos que la razón no haya desengañado respecto a las apariencias: es el concurso fortuito de ciertos efectos con causas que no los han producido, la coexistencia de estos efectos con ciertas causas que no tienen con ellos ninguna relación verdadera. De este modo, el salvaje atribuirá bondad o voluntad de hacerle el bien a algún objeto ya inanimado ya animado, como una piedra con una cierta forma, una roca, una montaña, un árbol, una serpiente, un animal, etc., si todas las veces que lo ha encontrado las circunstancias han hecho que tuviera éxito en la caza, la pesca o la guerra o en toda otra empresa. Ese mismo salvaje, de modo igualmente gratuito, enlazará la idea de malicia o de maldad a un objeto cualquiera que ha encontrado los días que ha padecido algún accidente desagradable; incapaz de razonar, no ve que estos efectos diversos se deben a causas naturales, a circunstancias necesarias; le parece más fácil atribuirlos a causas incapaces de influir sobre él o de desear su bien o su mal; por consiguiente, su ignorancia y la pereza de su espíritu los divinizan, es decir, les atribuyen inteligencia, pasiones, designios y les suponen un poder sobrenatural. El salvaje no es más que un niño; éste golpea el objeto que no le place, como el perro muerde la piedra que lo hiere, sin remontarse hasta la mano que se la tira.

P.D:

Y de regalo un poco de racionalismo en la Antiguedad:

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