Ya sé que el 15-M está formado por una amalgama dispar de corrientes que le confiere a la vez su fortaleza (no hay un pensamiento único) y su debilidad (es muy complicado llegar a amplios consensos). Pero encontrarme con magufadas como la que muestra esta imagen excede de largo la capacidad de apertura de mi mente (pinchar en la imagen para ampliar).

Autor de la imagen: Manu Cabañas (Fotógrafo Inquieto)
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Agoreros de todas clases llevan unos años anunciando el fin del mundo (otro) para el 20 de diciembre de 2012. Esta fecha fue popularizada por el pseudo-investigador Fernando Malkum a mediados de los 90, en un documental titulado “Las 7 profecías mayas”, y tomaba el final de uno de los calendarios mesoamericanos denominado “Calendario de cuenta larga”, un calendario que comenzó a contar los días a partir del 11 de agosto de 3114 a.c. y que finalizaría el 20 de diciembre de 2012, según la correspondencia con el calendario gregoriano que utilizamos actualmente.
Sin duda alguna, de no tener todo el adorno mitológico y visionario que acompaña al mundo maya, nadie en su sano juicio pensaría que el último día de un calendario corresponde al fin del mundo. Sería como si el próximo 31 de diciembre fuéramos destruidos porque no quedan más hojas en nuestro calendario de pared.
Pero hay que explicar un poco a que se debe todo este jaleo y confusión con respecto a los calendarios y profecías mayas. Este pueblo mesoamericano, como cualquier otro, precisó de una manera de contar el tiempo para poder organizar las labores más elementales en cualquier civilización. Los mayas manejaban varios calendarios, obteniendo un sistema realmente complejo. El primero de ellos, o Tzolkin tenía una duración de 260 días, producto de la superposición de dos ciclos: uno de 13 días y otro de 20 unidades o “meses” con nombre propio. Posiblemente relacionado con algún evento cíclico como la gestación humana o la órbita de Venus, servía tanto para ceremonias religiosas como para asuntos más prácticos tales como las tareas agrícolas.
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Hace poco conversaba con un conocido sobre la vida después de la muerte. Yo argumentaba que, al ser incapaz de saber si existe algo después de la vida, no me atrevo a confiar en la realidad de un más allá. Por otro lado, no tengo prueba alguna de que no exista la trascendencia a la muerte, pero tampoco tengo ninguna de que pueda existir un paraíso post-infarto. Prefiero -le dije- disfrutar y trabajar por mejorar esta vida, que es la única de la que estoy seguro de su existencia.
«Tu problema es que eres un incrédulo», me espetó. «Tu mismo has dicho que no hay pruebas de que todo se acabe con la muerte, por lo tanto, es posible que sí haya una vida más allá. ¿Qué daño hace creer en ella?» Mi respuesta, a lo Tim Minchin, fue tajante: «porque no sirve para nada, de igual forma que no sirve para nada creer que el espíritu de Elvis está orbitando Beta Carinae, salvo para idiotizarte y destrozar tu vida».
Dado que le faltaba poco para montar en cólera y acusarme de quemar a Galileo, le aclaré un poco más mi postura intentando suavizar el tono.
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Ya estamos cerca de acabar los supuestos «44 hechos científicos corroborados por la Biblia» sin encontrar aún uno solo que pueda representar una verdadera sorpresa. Lejos de ello, lo que se asevera desde el libro sagrado no deja de ser lo esperable para el conocimiento vulgar de la época. Veamos que nos deparan las siguientes revelaciones:
34. Génesis 11:1-9 Diferentes Grupos Étnicos. Fue en la rebelión de Babel donde Dios cambió el lenguaje y los rasgos característicos de las personas esparciéndolos así sobre la faz de toda la tierra.
Razonamiento falaz donde los haya. El relato bíblico de la Torre de Babel no predice la existencia de distintas lenguas humanas. Al contrario, se trata de una descripción mitológica para tratar de explicar un hecho previamente conocido: la existencia de diversas lenguas. En los tiempos en los que fue escrito el Génesis (950 aC – 450 aC), la región de Israel conocía de sobra la existencia de otras lenguas; no solamente por sus vecinos y la mirada al Mediterráneo, sino directamente en sus carnes tras la invasión de Asiria en el 720 a.c.
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El herrerillo chivato
El acto central de la entrega de diplomas y distinciones a los mejores expedientes académicos de Ciencias de la Salud de la Universidad de Almería el pasado mes de marzo, tuvo como conferenciante a quien fue presentado como “profesor” y “doctor” Rafael López Guerrero, pero se da la circunstancia no es ni lo uno ni lo otro, y que sus títulos son falsos, según la información recabada por Noticias de Almería.
El hecho es que el conferenciante sólo tiene de modo real el título de licenciado en Derecho desde 1993, y que aunque exhibe el títulos de “Doctor of Bussines Administrarion in e-Comerce”, el de “Bachelor of Science in Information Technology Engineering” y “Doctor of Sciencie in Information Technology Engineering” los tres de la inexistente Canterbury University. La que existe es la Universidad Cristiana de Canterbury, así como el University College of London, en tanto que la Universidad de Canterbury en realidad tiene su domicilio administrativo en la República de Seychelles, y el Departamento de Innovación, Universidades y Habilidades del Reino Unido no la tiene reconocida para expedir títulos universitarios, ni se trata de un organismo que figure acreditado por los Estados Unidos Departamento de Educación o el Consejo para la Acreditación de la Educación Superior.
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Hoy tenemos el honor de contar con la colaboración de Alex, un profesor de Ciencias que ejerce en pleno cinturón bíblico americano y que ha tenido la amabilidad de ofrecernos los relatos sobre su importantísima tarea en un ambiente tan difícil para la enseñanza del pensamiento crítico. Empezamos con “Dinosaurios en el Oeste”, e iremos ofreciendo sus colaboraciones de forma regular, esperando que os gusten tanto como a nosotros.
Las aventuras y desventuras de un españolito escéptico enseñando ciencia en el Medio Oeste americano.
Por: Alex Onôv
Probablemente haya algún profesor de ciencias de educación primaria entre los lectores de este post. Bien, tengo una pregunta para ellos. ¿Alguna vez, hablando de dinosaurios en el aula, han escuchado a algún estudiante decir que “no cree” en la existencia de los mismos?
Uno diría que va contra la mentalidad infantil negar la existencia de los seres más apasionantes que jamás caminaron sobre la Tierra. Si hay algo que fascina a los niños es saber que realmente existieron. Cierto, también les gustan los mundos fantásticos e imposibles pero, con un poco de suerte, su masa encefálica terminará por cuajar y todo eso se quedará en un gusto literario o evasivo. Lo que realmente atrae a los niños es que los monstruos con aspecto de dragón existieron alguna vez.
Excepto a Emily. Emily te dirá abiertamente que ella no cree en los dinosaurios. Niega su existencia pasada. En cuanto hablamos de ellos, ella sonríe y niega con la cabeza. Dice que nadie los ha visto y que, por lo tanto, nadie puede probar que existieron. ¿Qué puede hacer que Emily esté tan convencida de eso? ¿Qué puedo hacer yo para persuadirle de lo contrario?
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Hacía tiempo que no continuábamos nuestra particular crítica al panfleto “44 hechos científicos corroborados por la Biblia”, que se ha dispersado por la red y que comenzó teniendo el aspecto del típico bulo que sería citado miles de veces, originando un meme del tipo «la Biblia predijo muchos descubrimientos científicos del siglo XX y XXI». Nos lanzamos a la pesada labor de ir desmontando las supuestas pruebas del contenido profético del libro sagrado de los cristianos, y modestamente hemos conseguido algo: que al introducir “hechos científicos corroborados por la Biblia”, únicamente la quinta entrada corresponda a una copia del panfleto original. El resto de la primera página cita nuestros diferentes artículos críticos. Y todos sabemos lo que eso significa: tienen más visitas y son más citados los argumentos escépticos que la hoja parroquial original.
Así que, como nada anima más que comprobar que tus desvaríos epistolares sirven para algo, vamos con la sexta entrada de la serie, que nos reserva algunas jugosas fantasías.
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Por: G de Galleta
Ya hace tiempo que oí hablar de lo que llamaban economizadores de combustible. en esa ocasión se suponía que eran unos dispositivos magnéticos, si no recuerdo mal, que se colocaban en la manguera de entrada del carburador. El mecanismo consistía en que, según contaban, modificaba magnéticamente las propiedades del combustible, limpiándolo de campos electromagnéticos que hacían la combustión menos eficiente. En su momento se escribieron muchas líneas desmontando el fraude. Pero estas cosas vuelven.
Descubro por @silviaalcolado que existe el Ecocar, que también promete reducir el consumo de combustible de forma mágica.
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Tras el desenmascaramiento de la supuesta “ecobola de lavar”, cabría pensar que el negocio de los mecanismos para limpiar sin jabón se vería definitivamente frenado. Nada más lejos de la realidad; aunque con bastante menos furor, siguen vendíendose. Eso sí, acatando la orden de retirar la publicidad engañosa, al menos en parte.
También cabría esperar que los consumidores, alertados por un asunto como el de la ecobola, desconfiaran de otros productos mágicos que ofrecen soluciones idénticamente insostenibles. De nuevo, nada más lejos de la realidad.
Sin embargo, no puede sorprendernos que siga existiendo un terreno abonado para cualquier tipo de parafernalia pseudocientífica si pensamos que existe gente capaz de llevar a cabo razonamientos como el siguiente, extraido de un blog cualquiera, sobre la ecobola de marras y la resolución del Instituto Nacional de Consumo sobre su publicidad engañosa:
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